El mariquita del pueblo

Una pareja en el campo de lavandas de Brihuega. // Foto: Javier Hernández

Una pareja en el campo de lavandas de Brihuega. // Foto: Javier Hernández

Por Patricia Biosca

«En los pueblos siempre ha habido un mariquita. Junto con el borracho y el tontico han formado parte imprescindible de la cultura rural, ¡hombre!”. Así describe el programa de humor “La hora chanante” uno de los roles que se repiten casi tanto como el ajo en los pueblos. Siempre hay uno, aunque no sea cierto. Y siempre se califica como un insulto, incluso dentro de ese cajón difuso que abarcan frases como “con cariño”, “no me molesta, pero que no se me arrime mucho” o “yo tengo muchos amigos gays”. A modo de tradición, o por costumbre de tribu, los homosexuales han estado en el punto de mira como el negro Sam de “Casablanca”: solo servía para tocar el piano, como los mariquitas para aguantar las mofas. Independientemente de su orientación sexual, la mayoría pasó un infierno y tuvo que emigrar a otros lugares, que no tenían por qué ser más tolerantes, pero sí más anónimos. Eso o la resignación. Sigue leyendo