Debate por la fe

Por David Sierra

Era un hombre bueno. Eso consideraban la mayor parte de los vecinos del pueblo. Quizá un poco tragón, gustaba atracarse de bollos caseros con bota de vino en mano. Siempre le escurría el último chorretazo por la barbilla dejando constancia de la fiesta a modo de lámpara. La camisa siempre era gris, a tono con el pantalón negro y lo único que rompía la estética lúgubre era el alzacuellos. Su aspecto, barrigón sin llegar al extremo, junto con una voz sosegada y limpia que le ayudaba en la oratoria, correspondía con su personalidad bonachona.

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Obispado de Sigüenza – Guadalajara / Fuente: http://www.siguenza-guadalajara.org

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Tierra de acogida

2017.06.30 ACCEM

Responsables de ACCEM presentando una campaña en Guadalajara. // Foto: ABC

Por Álvaro Nuño.

Coincidiendo con el Día Mundial del Refugiado, el pasado 20 de junio, ACCEM (Asociación Comisión Católica Española de Migraciones) celebraba sus 25 años de existencia en Guadalajara, un cuarto de siglo durante el que esta organización dependiente de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara ha acogido a seres humanos llegados a nuestra provincia de otros lugares del mundo huyendo de las guerras, el hambre y la falta de oportunidades y con el único objetivo de encontrar una vida con un nivel mínimo de dignidad y seguridad. 6.000 han sido los refugiados que ACCEM ha tratado desde su fundación en 1991, la mayoría de ellos en su casa de acogida de Sigüenza, abierta en junio de 1992 e impulsado por el entonces obispo José Sánchez, responsable de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española.

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Por la vereda del medio

Ermita de los Remedios

Imagen de la Ermita de los Remedios, antes de su demolición // Foto: Pastrana Villa Ducal

Por Óscar Cuevas

La historia que ayer por la tardé salió a la luz pública es uno de esos caramelos periodísticos que se dan muy de cuando en vez; una auténtica bicoca informativa que combina lo insólito con lo sentimental, ungido todo ello de gotas de esperpento y actitud contestataria. No sé si les ha dado tiempo de informarse, pero la cosa se resume en que un vecino de Pastrana que tenía licencia de obra para arreglarse una vieja vivienda en ruinas de la calle de la Castellana, ha ido un “pelín” más allá de lo esperado, y no ha dudado en demoler por su cuenta y riesgo una pequeña ermita, erigida en los años 50, que tenía adosada a su casa. Un pequeño edificio de culto que, colocado junto a su pared, y en medio de la calle, se ve que le molestaba un poco bastante. Se llama Jacinto Vereda, el señor en cuestión, y la verdad es que acaba de liarla parda. Pardísima.

O mucho me falla el olfato, o esta será una de esas noticias que se pueden convertir en “virales” -como dicen los modernos- en las próximas horas. No me extrañaría que este viernes, o a lo largo del fin de semana, las calles de Pastrana se llenaran de cadenas nacionales de televisión para contar la historia de un hombre que destruye ermitas, y que visto lo visto, parece que “los tiene cuadraos”.

En el Ayuntamiento de Pastrana están que no se lo creen, claro. Y en un comunicado emitido desde el consistorio han anunciado que se decreta la paralización de las obras de la vivienda del señor en cuestión; que se le abre un expediente sancionador, y se anuncia una batalla en los tribunales a la que también parece que se sumará el Obispado, propietario a la sazón de la Ermita de los Remedios, que ese es -era- su nombre.

El caso es que el señor Vereda no dudó. Y al tiempo que derribaba las ruinas de la vieja casa que heredaba, encargaba a una empresa especializada tirar también el pequeño templo. Así, a lo bestia. Todo sucedió a primera hora de la mañana de ayer, y tan repentina fue la cosa, que cuando al lugar llegaron los del Ayuntamiento y la propia Guardia Civil, de la ermita no quedaba ni el amén. “Lo hizo de forma alevosa”, clama el alcalde pastranero, Ignacio Ranera, que tacha lo ocurrido de “atentado al patrimonio histórico, cultural y religioso de la villa”, y que ha recordado que la citada ermita es -era- un “Bien Especialmente Protegido”.

De lo sucedido inicialmente y de la versión municipal han dado cuenta casi todos los medios de comunicación de la provincia. Pero les aseguro que lo más interesante de lo publicado ayer es lo que escribía la periodista cabanillera Patricia Biosca en la sección provincial de ABC: La justificación del “vecino demoledor”.

Y es que el señor Vereda dice, y no se corta un pelo, que lo que tendría que hacer el alcalde, lejos de denunciarle, es “darle las gracias”. Afirma de hecho que él ha procedido conforme a la Ley, y cita el Artículo 68 de la Ley de Bases de Régimen Local, que contempla la posibilidad de ejercer una cosa que se llama “acción vecinal sustitutoria”, y que viene a ser algo así como que los ciudadanos pueden defender por sus medios el bien común, si las administraciones no lo hacen por su cuenta.

Les transcribo el citado artículo, porque Vereda no da puntada sin hilo:

Artículo 68

1.- Las entidades locales tienen la obligación de ejercer las acciones necesarias para la defensa de sus bienes y derechos.

2.- Cualquier vecino que se hallare en pleno goce de sus derechos civiles y políticos podrá requerir su ejercicio a la Entidad interesada Este requerimiento, del que se dará conocimiento a quienes pudiese resultar afectados por las correspondientes acciones, suspenderá e plazo para el ejercicio de las mismas por un término de treinta días hábiles.

3.- Si en el plazo de esos treinta días la entidad no acordara el ejercicio de las acciones solicitadas, los vecinos podrán ejercitar dicha acción en nombre e interés de la entidad local.

4.- De prosperar la acción, el actor tendrá derecho a ser reembolsado por la Entidad de las costas procesales y a la indemnización de cuantos daños y perjuicios se le hubieran seguido.

La tesis del protagonista de nuestra historia es que fue el Obispado el que ya construyó en los años 50 la ermita de modo ilegal, al colocarla en medio de la calle, ocupando un dominio público por el que debería pelear el Ayuntamiento, y además, tapando las luces de la fachada de la vivienda que él pretende rehabilitar.

También asegura este señor que lleva remitiendo escritos al consistorio, reclamando por la situación, desde hace años; y que el pasado 4 de abril avisó de su intención de derribar la ermita. Y afirma que está amparado para actuar ante el silencio administrativo. Niega además haber actuado ayer de forma alevosa, porque anunció de nuevo su decisión el día anterior. Y finalmente completa su explicación asegurando que la ermita carece de valor arquitectónico, que no hay informes que lo sustenten, y que la protección municipal a la que se alude es arbitraria.

Nos encontramos pues ante un curioso conflicto donde, como les decía, los tribunales van a tener que dirimir entre los derechos que asegura este hombre que le estaban siendo conculcados, el valor patrimonial del inmueble, y aspectos más sentimentales, como el lícito dolor que tienen los miembros de esa Hermandad que velaba por la ermita y sus imágenes (que afortunadamente fueron sacadas del edificio antes de destruirlo). Un dolor que no le ha importado mucho a don Jacinto, porque asegura que los fieles son apenas una quincena de hermanos que van allí “un día al año”, mientras que él padecería la presencia del edificio frente a sus narices los otros 364.

Y dicho todo lo anterior, caben algunas reflexiones. La primera es que la actitud del vecino se me antoja poco justificable, por cuanto se toma la justicia por su mano. No creo que pueda haber tribunal que avale su actuación. Y aunque no dudo de que quizá tenga algún fondo de razón legal en su argumentación, en todo caso el camino que debió haber recorrido es el contrario: Pleitear en los tribunales primero, y si le dan la razón, demoler después. Nunca al revés.

La segunda consideración que quiero hacer es que esta historia tiene más de llamativo que de grave, al menos en términos patrimoniales. Vistas las fotos del edificio, cualquiera puede juzgar que no se ha destruido un inmueble de valor precisamente incalculable. Sí es irreparable, por contra, el daño moral que ha infringido el señor Vereda a muchos de sus convecinos.

Una tercera consideración que me viene a la cabeza es respecto al alcalde. Si el “vecino demoledor” dice la verdad respecto a los anuncios, avisos y plazos que advirtió, se me antoja que Ignacio Ranera -y quizá también el obispo, no lo sé- han cometido una imperdonable dejación de funciones. Debieron haber actuado antes, debieron haber negociado, o al menos instado a un juez a que parase los pies y bajase los humos al señor de la piqueta.

Acudir al Juzgado ahora no está de más, porque allí se verán todos las caras y se solventará el asunto. Pero lo único cierto es que los “remedios” había que haberlos puesto a tiempo. Antes de que Jacinto tirara por la vereda del medio. ¿No les parece?