Crónicas (incívicas) de un pueblo

 

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Arcenes sembrados de desperdicios en un entorno idílico, la subida a Villanueva de Argecilla.

Por Gloria Magro.

El perro es un ejemplar magnífico de pastor alemán o tal vez de pastor alsaciano. Me acerco confiada, su dueño conversa con un paisano mientras el animal, firmemente amarrado a su lado, nos mira amigable con sus profundos ojos oscuros. El perro olisquea mi mano y en un gesto mil veces repetido, hago amago de acariciarle la cabeza. En ese momento, retrocede, lanza un ladrido y se abalanza, llevándose mi mano izquierda entre las fauces. Por un momento pienso que la he perdido. El dueño deja la conversación y lo aparta. “No le gusta que le toquen”, me dice mientras yo recupero mi extremidad que sorprendentemente está entera aunque el dedo índice muestra la marca de los dientes. “¿Estás bien, guapa?” Me ha mordido, le digo aún incrédula por lo sucedido y con el corazón a cien por hora. “Está vacunado”, me dice mientras examina los exiguos daños. Al parecer he sido una imprudente por tocarle sin preguntar antes y pese a ello he tenido mucha suerte. Y más hubiera tenido si el espléndido animal que su dueño lleva tan alegremente este verano por el pueblo porque es muy manso y no hace nada, según dice, hubiera llevado bozal. ¿Lo paseará también sin bozal cuando regrese a la ciudad? En los pueblos todo vale, o al menos eso parece. Sigue leyendo