Gloria y los beatniks que visitaron el Ocejón

El grupo expedicionario con el pico Ocejón al fondo. //Foto: S. Nieto

El grupo expedicionario con el pico Ocejón al fondo. //Foto: S. N.

Por Patricia Biosca
Ese lugar común de “año nuevo, propósitos nuevos” nos llega a todos. Con más fuerza a los herederos sin drogas ilegales de la Generación Beat, los que compartimos el gusto por la juerga más o menos legal y la letra más o menos bien escrita, aunque sin trabajos que nos lleven a la gloria (de momento, que confiamos en nuestro ego). Así que un nutrido grupo de cuatro periodistas de diferentes pertenencias se embarcaron en la arriesgada empresa de subir el Ocejón el pasado domingo. Su objetivo: cambiar las resacas por actividades de provecho al aire libre, como promesa de la nueva etapa que se abría después de Navidad. Pero, por supuesto, todo no iba a salir según lo planeado y una tal Gloria también se quiso añadir al plan…

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La fascinante encuesta de Ferias

Mensaje que aparece tras completar la encuesta sobre el modelo de Ferias y Fiestas // Foto: Ayto Guadalajara

Mensaje que aparece tras completar la encuesta sobre el modelo de Ferias y Fiestas // Foto: Ayto Guadalajara

Por Patricia Biosca
Recibo un WhatsApp. Y otro. Y un tercero. Llega un cuarto. En todos, el mismo enlace: el del Ayuntamiento de Guadalajara para que el gentío, los que participan y los que se quejan, los que aman y los que odian, los que viven y los que huyen, opinen sobre el modelo de Ferias y Fiestas de la capital alcarreña. Esa encuesta tan esperada desde que el PSOE lo prometiera antes de erigirse como ganador de las elecciones municipales y más aún desde que dejara escapar el Festival Gigante -porque sí, aunque se trate de música, del tema se encarga la Concejalía de Festejos-. Nada más abrirlo, una sonriente concejala Sara Simón en el palco durante el chupinazo nos da las instrucciones para que se oiga la voz del pueblo. Pero no demasiado, que no es vinculante. Me arremango la bata, sorbo el té y me digo un “adelante”. Empieza la tarea.

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¿Qué es? ¡Hay 665.000 bombillas de color!

Caja de regalo de la plaza Mayor. // Foto: Guadaqué

Caja de regalo de la plaza Mayor. // Foto: Guadaqué

Por Patricia Biosca
Ya saben de mi gusto por el “chumeteo” en redes sociales. Paso más tiempo del que reconozco y debería haciendo scroll arriba y abajo y disfruto sobremanera de los comentarios de las entradas, sobre todo de las noticias de Guadalajara. A pesar de ello, he conseguido mantenerme “virgen” ante las noticias sobre el alumbrado de la capital alcarreña. Incluso con el jugoso vídeo con caras tremendamente sonrientes del alcalde, Alberto Rojo; el primer teniente alcalde, el “ciudadano” Rafael Pérez Borda; la responsable municipal de festejos, Sara Simón; y el portavoz del PP en el Ayuntamiento, Jaime Carnicero -con un gesto mucho más serio que sus compañeros de tarima- haciendo una cuenta atrás un tanto descoordinada y casi cantando bajo la lluvia. Sin embargo, la fortuna -o mi amigo Diego, al que le debía un décimo de Lotería, que es la ilusión navideña de los pobres adultos- me ha llevado hasta la calle Mayor y ese despliegue de luz y color del que alardeaba el primer edil sin yo aún saberlo. Y ha sido una revelación.

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Pedro Solís, Guinness de La Alcarria

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Pedro Solís mostrando la cuerda tras ganar el Goya al mejor corto de animación. // Foto: EFE

Por Patricia Biosca

Podría mirarte por encima del hombro porque su palmarés le da para eso. Y para vivir en lugares donde se respira cultura, donde convergen los artistas, donde de un simple saludo sale una película con premio. Pero él no. Él decide seguir viviendo en Guadalajara, esa ciudad muchas veces ingrata en ocio y pasatiempos, esa que es eclipsada por otras demasiado a menudo, esa en la que el transporte público funciona regular o en la que se reparten los solares de viejas glorias de edificios venidos a menos abandonados a su suerte. Y mientras él va a comprar el pan, coge el autobús, se presta para cualquier proyecto para el que le llaman sin poner pegas, sin sufrir de “estrellitis”. Vive y respira un lugar que le sirve de inspiración cuando a pocos les ocurre, en un alarde de generosidad que pocos tienen. Él es Pedro Solís, productor, guionista y director de animación al que un día corriendo por la Ruta del Colesterol se le ocurrió el corto más premiado del mundo certificado por un Record Guinness: “Cuerdas”. Sigue leyendo

Guadalajara ya no es tan Gigante

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Uno de los escenarios del festival Gigante // Foto: Festival Gigante/Alba García

Por Patricia Biosca

La noticia se extendía como la pólvora desde el viernes: el Ayuntamiento confirmaba el desencuentro con la empresa que organiza el festival Gigante y en el pleno, de soslayo y a una pregunta de Aike, soltaba la bomba: se iban de la ciudad. En ese momento, mi móvil empezó a dar señales de explosión por la proliferación de mensajes. Indignados en su mayor parte, incrédulos por otra, ávidos de información exigiendo a la presente radio patio más noticias acerca de este jarro de agua fría o enterados de la intrahistoria más allá del tuit. Todos opinábamos acerca de lo que todos coincidíamos: es algo malo para la ciudad. El fin de semana aún quedaba un hilo de esperanza porque todo fuera un órdago, un “a ver quién puede más”, un “por mis cojones Mariloli”, que finalmente se truncaba con el anuncio de la empresa a través de su página web. El Gigante se escapa definitivamente de la capital alcarreña en 2020. Guadalajara es un poco más pequeña ahora y la resaca del fin de semana se alarga más de lo esperado.  Sigue leyendo

Cuando los nietos juegan a las tragaperras

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Máquina tragaperra típica de los 90. // Imagen: El Independiente

Por Patricia Biosca

No me acuerdo de su nombre, solo de su figura delgada vestida de negro, encorvada, coronada por un moño blanco muy apretado. Su cara, con múltiples pliegues provocados por el paso del tiempo, se iluminaba de amarillo, rojo, azul, verde… Mientras sus ojos se clavaban en aquellas cerezas, peras, campanas y símbolos del dólar que subían y bajaban al ritmo de una musiquilla infernal. No le hacía falta mirar hacia ningún lado más, pues se sabía con memoria mecánica dónde estaban cada uno de los botones, la rendija en la que metía la gasolina para una partida más, la trampa en la que caía el botín e incluso el lugar exacto donde había posado el café o el coñac -dependiendo del día- durante un momento para volver a llevárselo a los labios. Yo la miraba obnubilada, sentada desde el alféizar de la ventana del bar, sin comprender nada. No entendía cómo aquella anciana podía estar horas y horas allí, sin apenas mover los brazos, solo esforzándose por accionar una palanca. Cuando aprendí que hay una enfermedad relacionada con el juego, la personalicé en ella. Y hasta hace muy poco la ludopatía tenía su cara. Pero ahora el juego compulsivo se ha puesto gorra, zapatillas y bótox. Ya no es cosa de la tercera edad, sino que la primera también quiere su ficha.  Sigue leyendo

Lo que nos queda de aquellos bizarros años

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Ramón García con una concursante de “El grand prix”, el programa de los noventa en los que participaban diferentes pueblos de España. // Foto: RTVE.es

Por Patricia Biosca

Siempre digo -no sin producir alboroto a mi alrededor- que parte de mi educación -o falta de ella- se la debo a la televisión de los 90. Y si algún tipo de programa era el rey de aquella fanfarria de cardados, hombreras y lentejuelas esos eran los concursos. Los había de todo tipo y género. Aún recuerdo cómo “El Fleki” rapaba sin miramiento a los concursantes de “El Gran juego de la Oca”; cómo los pueblos desfilaban vestidos de sumo por una cinta transportadora en “El grand prix”; las bofetadas de las bailarinas del inefable “Uno para todas”; o cómo los esposos recién casados accedían a tirarse a una piscina con el traje de novios, el velo y el cancán por un viaje de bodas en “Luna de Miel” a la voz de Mayra Gómez Kemp. Quizá por ello un mariposeo -aún no sé si bueno o malo- se instala en mis vísceras cuando descubro que aquella esencia bizarra aún permanece en lo más profundo de nuestro ADN, en forma de concursos de pueblo que intentan aferrarse con más o menos acierto a lo que llaman “tradición”. Y esta ha debido ser mi semana de suerte, porque esa sensación de placer culpable no me ha ocurrido una vez, sino dos.  Sigue leyendo