Una piedra en el zapato

Por David Sierra

A medida que la situación sanitaria mejora gracias a la celeridad en la vacunación, que en las últimas semanas ha cogido velocidad de crucero con el objetivo de alcanzar la tan ansiada inmunidad de grupo, los distintos colectivos de los diferentes sectores cuya actividad se ha visto restringida en los últimos meses para impedir la propagación del virus, comienzan a demandar una vuelta a sus negociados, tal y como fueron dejados antes de la aparición de la situación pandémica.

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La soledad del estudiante universitario

Por Sonsoles Fernández Day

Son tiempos en que lo normal no es como era, hasta las tormentas ahora parecen tropicales, y la pandemia o la crisis sanitaria, como prefieran, ha transformado casi todas nuestras rutinas. Nada tiene que ver la vida de un estudiante universitario que se pasa horas encerrado en su habitación sentado frente al ordenador con la de vivir la experiencia junto a los compañeros en una clase llena, en la biblioteca de la Uni o en el bar de la Facultad. Aunque la mayoría de los chavales de dieciocho años no conocerán la letra, diremos ‘triste y sola, queda la Universidad’ este año más que nunca. La Universidad, y los universitarios.

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Un aplauso para los “profes”

Por Sonia Jodra

Profesores, profesionales y profesantes de una vocación a prueba de pandemias. El colectivo docente de este país ha superado, y con nota, el difícil reto que dejamos en sus manos al inicio de este curso escolar. España es de los pocos países que ha mantenido abiertos los colegios en lo que llevamos de curso. Y el segundo trimestre se cerró con el 99,6% de las aulas de centros educativos abiertas y solo dos centros completamente cerrados, según datos del Ministerio de Educación con información de las comunidades autónomas. La tasa de contagio entre el profesorado y el alumnado ha estado en torno al 0,15%-0,20%.

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¿Por qué nos castigan otra vez?

Por Sonsoles Fernández Day

La noticia de que la ciudad de Guadalajara pasa a estar durante diez días, posiblemente prorrogables, en situación de nivel 3 reforzado debido al imparable incremento de casos de coronavirus ha causado algo más que indignación. Cabreo generalizado sería más apropiado para definirlo. Llueve sobre mojado. Cierre total de la hostelería, dentro y fuera, cierre de centros comerciales, gimnasios, centros de ocio, hogares de jubilados, cines, teatros, bibliotecas, y parques y jardines durante la noche. Volvemos a la vida en gris y la economía local se lleva otro estacazo.

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Ese extraño espejismo, “que la pandemia está llenando los pueblos”

Por Sonia Jodra

Comienzan a difuminarse los mantras pandémicos. “De esta saldremos mejores”, “a partir de ahora sabremos valorar lo que de verdad importa”, “comienza el nuevo éxodo de la ciudad a los pueblos”. Mentira. La pandemia ha sacado lo peor de cada una de nosotras. Lo que más echamos de menos son las compras, salir de marcha y los viajes de ocio. Y los pueblos siguen tan vacíos o más que antes.

Que haya pueblos de 50 habitantes a los que ha llegado a vivir una familia de 5 personas, incrementando el padrón un 10 por ciento, no significa que se invierta la tendencia urbanita que nos acompaña desde hace más de medio siglo. Y es absurdo identificar el incremento en la demanda de vivienda en los pueblos del extrarradio de Madrid con la solución a la despoblación al medio rural. Hay pueblos y pueblos. El Casar es un pueblo y Campillo de Ranas es un pueblo. Pero no tienen nada más en común. La despoblación afecta sólo al segundo.

El espejismo fue bonito mientras duró. Pensar que iniciábamos cambio de ciclo y nos disponíamos a volver a nuestros orígenes resultaba gratificante para quienes presumimos con “ser de pueblo”. Pero hasta en eso nos engañamos, porque la mayoría de los que nos creemos “de pueblo”, realmente somos “gente de barrio”. Crecimos en esos barrios que llenaba la gente llegada de los pueblos y es ese espíritu “de barrio” el que realmente ha marcado nuestras trayectorias vitales.

Somos domingueros y veraneantes “de pueblo”. Igual que los que se afanan en hacer la penúltima ley contra la despoblación desde las diferentes administraciones. Resulta irónico luchar contra la despoblación de los pequeños pueblos desde las grandes ciudades. Es como defender la sanidad pública con un seguro privado o hablar de la lucha contra el cambio climático con una bolsa de plástico en la mano y bebiendo con una pajita. Para defender algo hay que creérselo, hay que tener pasión por ello, hay que vivirlo.

Así que propongo que en el “Anteproyecto de Ley de Medidas Económicas, Sociales y Tributarias frente a la Despoblación y para el Desarrollo del Medio Rural en Castilla-La Mancha” se dé más voz a los territorios y, sobre todo, a sus gentes. Ellas y ellos saben lo que sus pueblos necesitan para no desaparecer del mapa y conocen la dureza que impone vivir en el medio rural una vida que actualmente está diseñada para ser vivida en las grandes ciudades.

Me gustaría reflexionar también en torno a los perfiles de nuevos pobladores del medio rural que se están registrando en estos tiempos. Puesto que considero desacertado pretender que los pueblos sean cómodas oficinas para freelancers de profesiones diversas. Es justo pedir wifi de alta velocidad para poder teletrabajar, pero estamos llevando lo más absurdo de la vida urbanita a los pueblos. Comprar por Amazon a diario, esperar a un repartidor que acaba de recorrer 60 kilómetros para entregarnos una funda de móvil que vale 3 euros y vino de China en barco, comprar embutido y vino online… Eso no es “vivir en un pueblo”. Eso no frena la despoblación, no reabre escuelas, ni impide que se reduzca el número de trenes que paran en nuestro municipio.

“Viendo las nubes y escuchando a Los Panchos, digo que quiero licenciarme en paisajes, ser inspector de nubes”, me dijo una vez el maestro de periodistas Manu Leguineche en una entrevista. Cuando una persona que ha recorrido el mundo viviendo en primera línea los principales acontecimientos informativos del siglo XX habla así de su vida en el pueblo, es que hay otra mirada para poder vivir acompañado por el canto del cuco o el aroma de la lluvia.

Como diría Rosendo, hay muchas “maneras de vivir”. Y todas ellas persiguen lo mismo, hacernos tan felices como seamos capaces de soñar. Desde el espíritu de la chica de barrio que presume con ser de pueblo, os invito a volver al pueblo sin Netflix, a disfrutar del mejor grupo de whatsapp, el que toma el fresco en la plaza en las noches agostinas. Delibes dijo que “si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo”. En el pueblo se mira el cielo más que en las ciudades. A ver si hay suerte y los que desde las grandes ciudades se afanan en salvar a los pequeños pueblos tienen la altura de miras que esto necesita.

Hagan gasto en la tierra, que no todo es Amazon y Glovo

Por Sonia Jodra

No es la Semana Santa soñada, pero si pensamos en la que tuvimos hace un año, la actual nos puede parecer idílica. Hacer torrijas con un tutorial de Youtube fue el año pasado lo único con lo que pudimos celebrar la época de Pascua. Así que este año tenemos muchas cosas que celebrar. Celebremos la vida, el buen tiempo, los atardeceres y las vacunas que están llegando. Y ya que nos ponemos, hagámoslo con generosidad.

No podemos ir a la playa, a recorrer un país europeo en tres días ni a esquiar. Y aunque ver a los turistas franceses disfrutando de Madrid como nosotros no podemos hacer nos abre las carnes, hay motivos para disfrutar de este cierre perimetral regional que nos proporciona el placer de descubrir que, a veces, nos vamos muy lejos a buscar lo que tenemos muy cerca.

El turisteo por la provincia es tan ideal como el que nos obliga a pegarnos palizas de seis horas de coche con parada en Área de Servicio cutre. El Alto Tajo, el Barranco del Dulce y la Arquitectura Negra están espléndidos, en ese momento del año en el que todo brota. Las lluvias y la nieve del invierno han ido escurriendo poco a poco entre la tierra, generando ahora un espectáculo de colores y aromas inigualable.

Pero además de la vista y el olfato, esta primera Semana Santa de la era pandémica precisa de nuestra generosidad en el gasto. Gastemos con alegría. Cuando vayamos al pueblo, cuando visitemos la provincia, hagámoslo sin tacañería. No esperemos a que nos dejen ir a los centros comerciales de Madrid para gastar lo que tan bien le vendrá a nuestros hosteleros, comerciantes y restauradores en estos días.

Resulta irónico que prefiramos gastar en gasolina para irnos lejos a hacer la compra. No hombre, no. Compremos en los supermercados de los pueblos, echemos gasolina en las áreas de servicio del medio más rural, aunque sea más caro, y compremos todo lo que necesitemos en estos días en las tiendas de los pueblos. Si hay que salir, salgamos, con precaución, pero salgamos, a comer, a cenar, a tomar café, a merendar… Y cuando nos traigan la cuenta seamos sensatos a la hora de hacer comparaciones. En el tique que nos dan en el pequeño autoservicio de pueblo están incluidas muchas cosas que no tienen precio. No podemos pretender que los pueblos sigan siendo generadores de vida a coste cero. No sirve lamentarnos de que los pueblos se mueren y llegar con el coche lleno de todo lo que necesitamos cada vez que los visitamos. No sirve decir que nos encanta el senderismo de bocata y a la vez sentir que solo encontramos pueblos fantasmas en pleno invierno.

La vida urbana nos ha llevado a adquirir extraños hábitos que ya ni nos replanteamos. Pedimos cena barata a domicilio y obligamos a alguien a cruzarse la ciudad en bici, coche o moto para buscar nuestra cena y llevárnosla al otro punto de la ciudad. Damos por buenos este tipo de empleos precarios, fomentamos el empobrecimiento de los trabajadores y cuando vamos a un pueblo nos parece caro que nos pidan dos euros por un refresco y probablemente exijamos tapa, que el aseo tenga jabón de manos y que les den vasos de agua fresquita a los niños.

Estamos a tiempo, pero si nos aplicamos esa frase tan nuestra que desde pequeños nos han repetido; “no te estés”. Pues eso, no nos estemos a tonterías, seamos justos con nuestra tierra. Contratemos una visita guiada en Sigüenza o Guadalajara, igual que hacemos cuando vamos a Toledo, compremos regalos para los amigos, aunque nos parezcan caros y si hay que quedarse a dormir en Brihuega, mejor que mejor. Que, aunque esté cerca de casa, siempre es agradable despertarse en un sitio nuevo, con sonidos diferentes y aromas especiales.

Los pueblos se mueren, pero no lo hacen solos. Lo hacen con nuestra ayuda, nuestra indiferencia y nuestra distinta vara de medir. Pagamos 3 euros para que Amazon nos traiga a casa un boli que vale 4. Esperamos un mes para que nos lleguen de China unas zapatillas. Nos comemos la cena fría después de que haya hecho un absurdo viaje en moto. Pero cuando vamos al pueblo, pensamos que todo es caro, imperfecto y falto de sofisticación.

De verdad, celebremos que este año vivimos la Semana Santa en la calle, no como hace un año que estábamos encerrados. Con todas las precauciones, pero con todas las emociones que precisa una situación como esta. Hagan gasto, señoras y señores, que la tierra nos necesita. Compren, coman, beban, pernocten, alquilen, contraten… Porque tenemos motivos para celebrar y queremos seguir haciéndolo. ¡Feliz Semana Santa!

La vida en códigos QR

Por Sonsoles Fernández Day

Para la mayoría de nosotros no era algo habitual hace unos meses estar escaneando códigos QR con el móvil. Ha sido por la pandemia que lo hemos incorporado a nuestras costumbres y al paisaje, como las mascarillas y el gel hidroalcohólico. Los códigos QR se han convertido en aliados de la hostelería y otros muchos servicios, ayudando a minimizar los contactos y mantener la distancia social. Han supuesto una solución a cartas menú, programas de espectáculos o instrucciones de cualquier tipo. Pobre de aquel que prefiere lo tradicional o quien se haya quedado sin batería en el móvil. El miedo al contagio nos hace tocar lo menos posible y, gracias al código QR, no tocas, escaneas. Frío, pero práctico.

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Al calor del amor en un bar

Por Sonsoles Fernández Day

En España somos de bares. Acudimos solos, acompañados y en pandilla. Bien a por un simple café que nos despierte, bien a por café, tostada y una buena charla que nos ponga al día. En los bares quedamos a tomar el aperitivo buscando unas risas, a hacer negocios, a contar secretos, a desahogarnos, a vernos y a reencontrarnos. A disfrutar y a llorar, a recordar y a hacer planes. A leer el periódico, a echar la tarde y a compartir los nervios de un partido de fútbol. A los bares vamos a ligar, a una primera cita y a celebrar un aniversario. A emborracharnos y a pasar la resaca. Los bares forman parte de la cultura española. Para quedar decimos: ‘A ver cuándo nos tomamos algo’. Y eso significa que nos veremos en un bar. Son nuestro lugar de reunión, nuestro centro social.

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En otro mundo

Por David Sierra

Uno de los atributos que debe tener siempre cualquier político que se precie de serlo es el de saber guardar los tiempos a la hora de proceder a realizar cualquier intervención pública. De lo contrario, puede dar la apariencia de estar “en otro mundo”, si sus declaraciones no se ajustan a la realidad o a la situación sobre la que trata de disertar. Eso mismo le ha pasado al presidente del Partido Popular de Castilla La Mancha, Francisco Núñez, durante su reciente visita a un conocido gimnasio de la capital guadalajareña.

El presidente regional del PP durante la visita a un gimnasio de Guadalajara. / Foto: Partido Popular.
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Concienciar a la juventud es otra cosa

Por Sonsoles Fernández Day

El Ayuntamiento de Guadalajara ha grabado un spot dirigido a los jóvenes. La presentación del vídeo el pasado lunes en los distintos medios locales se hacía con estas palabras: ‘Un anuncio concienciará a la juventud de Guadalajara sobre la importancia de respetar las medidas anti COVID’. Después, amplían la información diciendo que el objetivo es sensibilizarles sobre la importancia de cumplir las medidas de seguridad e higiene frente al coronavirus y evitar su propagación.

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