Contradicciones naturales y aullantes del Alto Tajo

Los retenes apagando las hogueras de la Familia Arcoiris en el Alto Tajo. // Foto: Nueva Alcarria

Los retenes apagando las hogueras de la Familia Arcoiris en el Alto Tajo. // Foto: Nueva Alcarria

Por Patricia Biosca

Cuando la tierra sea devastada y los animales agonicen, llegará una nueva tribu de muchos colores, clases y credos, y con sus actos lograrán que la tierra vuelva a ser verde. Se les conocerá como los guerreros del arcoíris. Se dejarán el pelo largo y hablarán del amor como la fuerza sanadora de los Niños de la Tierra. Buscarán nuevas formas de entenderse a sí mismos y a los demás. Lucirán plumas y cuentas y la cara pintada… Aprenderán a caminar por la Madre Tierra restaurando el equilibrio y reformularán la idea del jefe blanco…“. Esta es la supuesta profecía de los nativos americanos sobre la que se asientan las bases de la Familia Arcoíris, una “tribu” que reunió a más de un centenar de personas (incluidos niños) desde hace un mes y hasta la semana pasada en el corazón del Parque Natural del Alto Tajo, entre la provincia de Cuenca y Guadalajara, un lugar perteneciente al municipio de Checa, para celebrar su conexión con la naturaleza. Este grupo, nacido al calor de los movimientos alternativos de los años 60 y 70 de Estados Unidos trastocaba la paz de la zona (al menos la paz mediática) y saltaba a los medios de comunicación generando el debate: ¿qué hacer con un grupo de personas que proclaman su amor y respeto a la naturaleza pero que se asientan en un lugar prohibido llevando a cabo prácticas penadas por la ley? Sigue leyendo

Dos años del Geoparque molinés

geoparque

El Geoparque Comarca de Molina-Alto Tajo fue incluido en 2014 en la Red Europea y la Red Global de Geoparques de la Unesco. // Foto: Efeverde

Por Raquel Gamo

En septiembre de 2014, el Geoparque de la Comarca de Molina-Alto Tajo fue aceptado como miembro de la Red Europea y de Red Global de Geoparques de la Unesco. Una distinción perseguida por la comarca durante años que reconocía internacionalmente el rico patrimonio geológico y natural que atesoran estas históricas tierras. Esta catalogación va ligada al cumplimiento de unos objetivos sociales y económicos, como la preservación del patrimonio natural o el impulso de medidas de crecimiento local. El objetivo es que sirva como motor de desarrollo de esta denostada comarca a largo plazo. Es un propósito que merece la pena, aunque nadie espere resultados a corto plazo.

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Los Centros de Interpretación y el refranero

El Parque Natural del Alto Tajo cuenta con cuatro centros de interpretación. // Foto: M.P.

El Parque Natural del Alto Tajo cuenta con cuatro centros de interpretación. // Foto: M.P.

Por Marta Perruca

A estas alturas de la vida, una va asumiendo que aunque el refranero popular sí tiene todas las respuestas, no necesariamente tiene por qué llevar razón. Por ejemplo, existen dichos perversos como: “menos da una piedra”, “menos es nada” o “a falta de pan, buenas son tortas”,  que nos explotan en la cara  en muchos de nuestros empeños y empresas. Se trata de esa última frase lapidaria que casi nos obliga a conformarnos con algo que no llega, ni de lejos, a lo que necesitaríamos o consideraríamos óptimo, pero “es lo que hay” y “menos es nada”.

Y el caso es que, aunque a todas luces algo siempre va a ser más que nada, si necesitamos pan y nos dan tortas, esas tortas serán más que nada, pero no nos sirven.

Me quedé estupefacta cuando llegó a mis manos el calendario de apertura de los Centros de Interpretación del Parque Natural del Alto Tajo, de este verano. Probablemente, muchos se preguntarán, ¿pero han estado abiertos? Y la respuesta podrá ser afirmativa, pero abrir seis días al año y nada, para mí, es lo mismo, y más si no se realiza una campaña de información efectiva para que, al menos, los visitantes que se encontraban en nuestro territorio durante esas fechas pudieran haber disfrutado de una visita que tienen vedada los turistas que se acercan aquí durante el resto del año.

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La reminiscencia del Parador de Molina

La presidenta de Castilla-La Mancha, María Dolores Cospedal, junto al ministro de Industria, energía y Turismo, José Manuel Soria , la presidente provincial, Ana Guarinos y el alcalde de Molina, Jesús Herranz. // Foto: www.castillalamancha.e

La presidenta de Castilla-La Mancha, María Dolores Cospedal, junto al ministro de Industria, energía y Turismo, José Manuel Soria , la presidente provincial, Ana Guarinos y el alcalde de Molina, Jesús Herranz. // Foto: http://www.castillalamancha.e

Por Marta Perruca

Me lo había prometido y, sin embargo, ya iba camino de año y medio desde que mi sobrino volvió de la India y había dejado pasar de largo el verano, el puente de la Inmaculada y la Navidad sin prodigarse por esta tierra que le vio nacer y sin dignarse a venir a ver a su tía preferida. Estaba a punto de apropiarme del dicho “si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma” y escaparme unos días a Málaga, donde vive desde que mi hermana y mi cuñado decidieran ponerse el mundo por montera y marcharse allí a buscarse la vida, cuando yo tenía seis años. Entonces, recibí aquella llamada de teléfono en la que me anunciaba que venía a Molina un par de días con su novia, pero antes, habían decidido pasar por Sigüenza, porque a pesar de estar a tiro de piedra, todavía no había tenido la oportunidad de conocer esta preciosa ciudad medieval. No lo pensé dos veces. Reservé habitación en el mismo hotel y puse rumbo a Sigüenza  para apurar esos pocos días en los que mi sobrino, con el que sólo me llevo tres años y con el comparto una infancia en la que solíamos ser uña y carne, se decidía a cumplir una promesa que ya se advertía lejana.

Sigüenza es una localidad que conozco bien, pero lo cierto es que siempre que he estado allí ha sido por motivos de trabajo y nunca había tenido la oportunidad de pasear por sus calles sin prisa, dejando que el objetivo de la cámara se pierda por los detalles de sus calles, plazas, puertas y fachadas. Decidí adelantarme a mi sobrino, que llegaba a la hora de comer, y aprovechar la mañana para deambular tranquilamente por sus calles y perderme en los juegos de luces de su la catedral, sin ahogarme en el reloj.

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Orgullosos de un patrimonio escondido

Por Luis Carcavilla

Luis Carcavilla, en el glaciar de Fox (Nueva Zelanda).

Luis Carcavilla, en el glaciar de Fox (Nueva Zelanda).

Recuerdo que un día, en el colegio, el profesor de inglés nos estaba explicando algunas diferencias entre la forma de vivir de los españoles y los anglosajones. Para mostrarnos la movilidad que ellos tienen, nos preguntó: ¿Cuántos de vosotros habéis vivido en más de un pueblo o ciudad? Levantaron la mano 5 ó 6 compañeros. ¿Y cuantos en más de dos? Y entonces, sólo yo levanté la mano. ¡Vaya!, dijo, ¿en cuántos exactamente? En seis, le respondí. Pues eso sí que es raro para un español -dijo- ¡Incluso para un norteamericano!

Quizá haya sido esa movilidad de mi infancia la que haya provocado que no tenga mucho arraigo por ningún lugar en concreto. Aunque como decía Serrat, nací en el Mediterráneo, en Aragón tenía un pueblecito (esto también lo decía Serrat), aunque reconozco que últimamente sólo lo visito para acudir a funerales y entierros. Puede parecer triste eso de no tener un pueblo o una casa familiar: un lugar de referencia al que siempre se puede acudir y que sirve de “kilómetro cero” en nuestras vidas, pero de pequeño me enseñaron a intentar hacer de las debilidades, fortalezas.  También cuando era niño mi madre me inculcó su pasión por viajar y conocer otros lugares, otras gentes y otras culturas. Así que, quizá como un mecanismo de supervivencia, o porque no me quedaba más remedio, me pareció que eso de mudarme de una ciudad a otra era una manera de poner en práctica mi afición.

Con los años, viajar y conocer otros territorios se convirtió en parte importante de mi trabajo como geólogo y en una constante en mi afición por escalar montañas. De manera que, pensándolo bien, se podría decir que he estado toda mi vida moviéndome de un sitio a otro, ya sea por obligación, por placer o por trabajo. Pero también veo que, casi sin darme cuenta, a lo largo del tiempo he ido arraigándome a diversos territorios con los que no me une un vínculo familiar, sino sólo emocional y uno de ellos es la Comarca de Molina de Aragón y el Alto Tajo.

Castillo de Alpetea (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Castillo de Alpetea (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Soy consciente de que mi formación como geólogo no sólo marca mi profesión, sino también mi forma de ver el mundo. Es verdad, los paisajes del Alto Tajo me inspiran sentimientos de admiración, pero hay un aspecto natural de este territorio con el que tengo especial conexión. Estos bellos paisajes se configuran sobre un sustrato geológico que, a veces de manera evidente y otras mucho más sutilmente, esconden un valioso patrimonio. Al igual que un resto arqueológico puede aportar información suficiente como para revelar el modo de vida de aquellos que lo crearon, las rocas nos proporcionan información sobre cómo era el planeta cuando se formaron.

Hay lugares en los que las rocas nos cuentan, de manera excepcional, historias sorprendentes del pasado de la Tierra. Gracias a este tipo de espacios podemos saber que en su día, lo que hoy es la provincia de Guadalajara, estuvo sumergida bajo un gélido mar en el que flotaban icebergs o que, por el contrario, en otra época estuvo cubierta por un cálido mar tropical lleno de vida y plagado de corales; que terribles oleadas ardientes provenientes de erupciones volcánicas abrasaron su superficie; que los dinosaurios caminaron por estas tierras o que la tranquila sedimentación en un profundo mar generó considerables cantidades de petróleo. También nos desvelan que hubo un tiempo en el que Guadalajara era una gran salina natural, o que formó parte de una enorme cordillera, de la que hoy sólo se conservan sus cimientos, aunque fue tan alta como el Himalaya.

Lo cierto es que muchos de estos lugares sólo se comprenden si un especialista nos los explica: si algún experto en este tema nos revela su valor. Pero lo mismo ocurre, por ejemplo, con las pinturas y grabados rupestres, de los que precisamente la Comarca de Molina y el Alto Tajo tiene excepcionales ejemplos, incluso declarados Patrimonio de la Humanidad: el verdadero valor se lo damos cuando entendemos lo que significaba para nuestros remotos antepasados grabar, hace decenas de miles de años, la silueta de un animal, por muy tosco que nos parezca el trazo visto desde nuestra perspectiva artística actual. Su valor no reside sólo en el grabado en sí, sino también en lo que nos cuenta y revela.

Árbol en posición de vida del Bosque Fósil de la Sierra de Aragoncillo. // Foto: M.P.

Árbol en posición de vida del Bosque Fósil de la Sierra de Aragoncillo. // Foto: M.P.

Leer sobre las rocas y poder descifrar esta información me parece apasionante y es una parte importante de lo que me conecta con este territorio. Por ello pienso que, al igual que yo puedo “arraigarme” a un territorio por la admiración de su patrimonio geológico, los “ya arraigados” pueden encontrar en la geología un argumento más para sentirse orgullosos de su tierra y, desde luego, la provincia de Guadalajara tiene argumentos geológicos para sentirse orgullosa.

¿Sabíais que se han encontrado en Guadalajara minerales que se formaron hace más de 2.000 millones de años? Basta con pararse un momento a pensar lo que son 2.000 millones de años… ¿Y que hay manuales técnicos leídos por geólogos de todo el mundo que tienen en su portada la Sierra de Caldereros? ¿Sabíais que existen ejemplares de minerales procedentes de Hiendelancina en los mejores museos del mundo; que cerca de Checa está uno de los yacimientos más importantes del planeta de fósiles de unos organismos hoy extinguidos llamados graptolitos o que se descubrieron en Guadalajara dos nuevos minerales y que, por error a la hora de ubicar su origen, llevan el nombre de andalucita y aragonito y así se les llama en todo el mundo?

Casi con toda seguridad, la mayor parte de los lectores responderían a estas preguntas de manera negativa y la verdad es que no se les puede culpar de falta de interés o desconocimiento. El problema está en que, probablemente, nadie se lo había contado hasta ahora.

El estratotipo de Fuentelsaz es el mejor ejemplo y referencia a nivel mundial para conocer el tránsito del Jurásico inferior, al medio. // Foto: José Antonio Martínez

El estratotipo de Fuentelsaz es el mejor ejemplo y referencia a nivel mundial para conocer el tránsito del Jurásico inferior, al medio. // Foto: José Antonio Martínez

En Fuentelsaz se encuentra uno de los principales hitos de la geología de España. Cualquier geólogo del mundo que trabaje con rocas del Jurásico medio tiene que hacer mención a este municipio, porque allí está la referencia mundial para ese periodo. Fueron necesarios más de 20 años para que los geólogos determinaran que ese era el mejor lugar del mundo, pero permanece en el olvido de las administraciones. Hasta hace unos años era el único lugar de España que tenía esta categoría, por lo que, desde hace más de 15 años, estamos intentado que se proteja, que se divulgue y que se haga a la población partícipe de ese tesoro. En los últimos años se han identificado en España otros tres lugares con esta característica: ser el referente mundial para un determinado periodo de tiempo, demostrando la enorme riqueza geológica de España. En cada uno de ellos su descubrimiento fue portada de todos los periódicos autonómicos y su declaración fue anunciada por las más altas instituciones políticas. Pero Fuentelsaz sigue en el olvido. Sus habitantes podrían estar orgullosos de saber que, a escasos metros de sus casas, hay un lugar único: un patrimonio de valor mundial que hace que citar el nombre de su pueblo sea habitual en determinados círculos científicos y que, paradójicamente, investigadores de todo el mundo sepan dónde está, mientras que muchos de los vecinos de su provincia no serían capaces de ubicarlo en un mapa.

Cascada del Campillo (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Cascada del Campillo (Parque Natural del Alto Tajo). // Foto: M.P.

Volviendo a la reflexión del principio, sí, reconozco que mi falta de referencia geográfico-emotiva es una carencia importante. Por eso siempre he mirado con cierta envidia y con mucha admiración a las personas que tienen una fuerte implicación con su territorio, que se identifican con él y que luchan por hacerlo cada vez mejor. Tan cierto como que Guadalajara posee un patrimonio geológico excepcional, y tan cierto como que este sufre un importante abandono por parte de las administraciones, es que en los últimos años ha surgido un rayo de luz que hace que también esta provincia pueda ser ejemplo de cómo aprovechar esta riqueza. La declaración del Geoparque de la Comarca de Molina-Alto Tajo, uno de los diez existentes en España bajo los auspicios de la UNESCO, hace que la conservación y utilización del patrimonio geológico como recurso turístico, didáctico y cultural tenga una oportunidad. Y esto lo ha logrado gente orgullosa de su tierra. Gente que, en muchos casos, no llega a entender totalmente el significado geológico de estos afloramientos, pero que sabe valorar que son importantes y que, en parte, les representan. Personas para las que conocer la riqueza natural de su tierra es tan importante como conservarla;  que en una época como en la que vivimos, en la que se valora lo común, pero también lo que nos hace distintos y singulares, han entendido que el patrimonio geológico es uno más de los argumentos y han convencido a las administraciones para que vuelquen en el proyecto del Geoparque sus esfuerzos (humanos y económicos), como ellos hacen altruistamente y por convicción propia.  Personas normales y corrientes, pero capaces de contagiar el amor por su tierra a sus vecinos, o incluso a desarraigados como yo.

Por todo ello esta tierra es para mí un lugar especial y por eso tengo aquí uno de mis “kilómetros cero”. Quizá por sus paisajes, quizá por su geología, quizá por las miles de horas de campo que he pasado en esta comarca pero, con toda seguridad, porque aquí he conocido personas orgullosas de un patrimonio escondido, dispuestas a darlo a conocer como una parte más de su propia identidad.

* Luis Carcavilla Urquí (Castellón de la Plana, 1973) es Doctor en Geología y Científico Titular del Instituto Geológico y Minero de España (IGME). Sus líneas de trabajo son la geoconservación y la divulgación de la geología. En estas materias es autor de seis libros y ha participado en otros 15. Ha mantenido una intensa actividad profesional en la provincia de Guadalajara, participando en la redacción de los informes geológicos para la declaración de muchos de sus espacios naturales protegidos. Hace diez años inició sus trabajos en el Parque Natural del Alto Tajo, donde diseñó la red de geo-rutas y escribió la guía geológica, galardonada con el Premio Ciencia en Acción como la mejor publicación iberoamericana de divulgación científica del año 2009. Actualmente está implicado en el proyecto del Geoparque de la Comarca de Molina-Alto Tajo, del que es Coordinador de su Comité científico.

 

A propósito del verano

José María Barreda durante la inauguración del Centro de Interpretación de Zaorejas. // Foto: www.lacerca.com

José María Barreda durante la inauguración del Centro de Interpretación de Zaorejas. // Foto: http://www.lacerca.com

Por Marta Perruca

Siempre he tenido la sensación de que el tiempo pasa más deprisa en primavera y verano. Son meses que discurren raudos en el calendario, quizá porque se configuran las circunstancias idóneas para que nos detengamos un buen puñado de instantes a disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Parece como si el sol, por una especie de embrujo, hiciera que nos afanemos con mayor ahínco en diseñar momentos agradables. Pensamos, por ejemplo, en planear nuestras vacaciones a la playa o a cualquier otro destino, pero después la cosa no se queda ahí y entonces buscamos nuevos días de sol para seguir disfrutando.

La llegada del verano nos recuerda que los hermosos parajes naturales de nuestra provincia están ahí. Llevan esperando todo el año a que vayamos a visitarlos, a que nos bañemos en las aguas de nuestros ríos y pantanos y disfrutemos de sus paisajes con la tartera de tortilla de patata en la mochila o cargando en el maletero con la nevera y la mesa y las sillas plegables de campo, cuando nos ponemos el atuendo de domingueros. No es que el resto del año desaparezcan. Puede, incluso, que nos decidiéramos a salir una mañana de otoño a recolectar setas o, simplemente, a dar un paseo, pero no fue más que un tímido pensamiento que cierto día nos animó a ser intrépidos. En verano escuchamos alta y clara su llamada, casi como un mandato categórico, que nos obliga a disfrutarlos al máximo antes de que el frío establezca sus límites y la pereza nos aconseje quedarnos en casa.

Y cada año, cuando el verano pone en la hoja de ruta estos rincones, no puedo evitar acordarme de que los centros de interpretación, para los que se desembolsaron millones a mansalva en época de bonanza, continúan cerrados. Aquellos eran tiempos en los que la inversión más importante parecía no ser la más útil y mejor pensada, sino la que llevaba adosada un presupuesto de mayor cuantía, como si la preocupación de los dirigentes por los ciudadanos a los que gobernaban se midiera, entonces, en millones de euros, en lugar de en medidas eficaces. Y claro, entre todas las infraestructuras que vieron la luz se encontraban estos centros de interpretación que, con excepciones, podría decirse que  competían en ver cuál tenía el diseño más ostentoso y menos sostenible, en el que encajaran bien los políticos el día de la inauguración, para hacerse la foto.

Lo cierto es que casi fue esa su única función, porque poco después de concluirse los seis centros de la provincia  (cuatro en el Parque Natural del Alto Tajo y dos en el del Río Dulce) –dejaremos al margen el de la Riba de Saelices, al que ya ni se le ve, ni se le espera-, llegó ese mandato de austeridad a cerrar sus puertas. La austeridad y la intención velada o claramente manifiesta, según se mire, de la Junta de Comunidades de privatizarlos. Pero el Gobierno regional no contó con que esta oferta no resultara interesante para la empresa privada, primero porque el criterio, o la falta del mismo, con el que fueron diseñados hace muy costoso su mantenimiento y después, porque tal y como están planteados, no son rentables.

Las distintas administraciones han mostrado cierta voluntad de volver a abrir sus puertas. Sin ir más lejos, hace apenas unos días conocíamos el acuerdo que ha alcanzado el Gobierno regional con Geacam para que la empresa pública se haga cargo de su mantenimiento y gestión durante los años 2014 y 2015, aunque los centros permanecen a día de hoy cerrados y no se concreta una fecha, ni calendario de apertura. También hay que tener en cuenta que se ha dejado pasar el tren de la Semana Santa y de la primavera e, imagino, que habrán sido muchos los visitantes que se marcharían decepcionados al encontrar sus puertas cerradas a cal y canto.

También el año pasado se anunciaba de manera somera su apertura y los centros abrieron sus puertas sin pena ni gloria durante algunos fines de semana. La medida no contó con la publicidad necesaria y si alguien se enteró fue de casualidad. De esa manera me encontré abierto el Centro de Interpretación de Pelegrina, dedicado al Barranco del Río Dulce y a la figura de Felix Rodríguez de la Fuente, cierto fin de semana de otoño, justo el último domingo antes de volver a cerrar sus puertas.

Imagen del interior del centro de  interpretación de Pelegrina. // Foto: M.P.

Imagen del interior del centro de interpretación de Pelegrina. // Foto: M.P.

Por otra parte, existen iniciativas municipales como la de Checa, que propone un catálogo de medidas, como ubicar allí una modesta tienda, con el fin de lograr hacer su apertura económicamente más viable. La propuesta ha sido bien acogida por los órganos gestores del Parque Natural, pero el Ayuntamiento todavía no tiene noticias al respecto.

Y es cierto que si nos ponemos a echar números y sopesamos en la balanza las prioridades de gasto que impone la crisis, está claro que la apertura de estos centros retrocedería posiciones hasta ocupar los últimos puestos de la lista. Es evidente que la gestión de estos centros nunca podría ser rentable para una empresa privada, por mucha entrada que pretendiera cobrar por su visita. Desde luego, no es necesario tener  dos dedos de frente para darse cuenta de que dos y dos son cuatro. Pero que estas infraestructuras no sean apetecibles para una empresa privada no quiere decir que no sean rentables.

¿Cuántas veces nos lamentamos de que el turismo de esta provincia, a pesar de su importante riqueza patrimonial y natural, no acaba de despegar? Tenemos extensas zonas rurales que hoy por hoy malviven prácticamente del turismo, porque apenas cuentan con otro recurso que explotar.

Desde mi punto de vista, el problema está claro. Si el turismo de esta provincia no ha terminado de arrancar es porque carece de una apuesta firme y, en consecuencia, la oferta turística no termina de llegar de una manera clara al visitante potencial.

Para lograr un despegue real se deberían dar muchos pasos previos, tanto en la promoción de este territorio, como en la rehabilitación, mantenimiento y dinamización de los recursos y establecimientos turísticos. Pero en ese puzzle, los centros de interpretación podrían cumplir un papel muy importante, como puntos estratégicos de información que fueran auténticos escaparates de la oferta turística, desde donde centralizar y distribuir las visitas por todo el territorio. Lugares donde, más allá de mostrar los caprichos de un arquitecto o de una empresa de diseño de interiores, que en su día se llenaron los bolsillos con aquellas adjudicaciones millonarias, se mostrase no solo el valor natural del entorno, sino también el resto de  la oferta turística de los alrededores. Y ya de paso, además se podría facilitar información sobre los alojamientos y establecimientos hosteleros existentes, que por cierto, no son demasiado abundantes en estas zonas, y estoy convencida de que, como a mí me ha pasado en más de una ocasión, trae de cabeza a los excursionistas que improvisaron convencidos de que podrán llevarse algo a la boca en alguno de los pueblos de la zona.

No es casualidad que, cada año, cuando el verano hace todavía más visibles los rincones naturales de nuestra provincia, me acuerde de los centros de interpretación, cuya construcción supuso un desembolso importante de dinero, que en lugar de una inversión pareció ser un gasto. Y lo que me resulta más paradójico es que, a pesar de ello, no logro  considerarlos como uno de esos proyectos baldíos que consiguieron ver la luz con las vacas gordas. Muy al contrario, creo que eran necesarios. Lo que puede que resultara oportunista fue su planteamiento y desarrollo. Quizá ahora que la crisis nos ha vuelto más audaces, en lugar de esperar que la solución llueva del cielo, se podría apostar por una vuelta de tuerca, para que además de bonitos y ostentosos, fueran útiles y rentables.

Pero quizá todo esto solo sea una de mis divagaciones, a propósito del verano.