Un verano con mascarilla

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Calle Mayor de Guadalajara. // Foto: La Crónica

Por Patricia Biosca

El pasado sábado a las 23.44 horas entramos oficialmente en ese periodo de reblandecimiento cerebral, de brebajes de vino malo y gaseosa a todas horas, del “no me voy a privar de nada, que ya vendrá el invierno”, de la rutina amable entre el calor pegajoso y viajes esporádicos como espejismo de haber vivido grandes aventuras. Pensábamos que esta alternancia entre trabajo y vacaciones de verano sería para siempre, inalterable, inamovible, inapelable. Y con este tinglado mental instalado en nuestras cabezas, llega una pandemia y borra nuestra seguridad estival de un plumazo. Y ya no los grandes viajes, sino  el simple hecho de ir a pasar el día en la piscina con la tartera, está en peligro. Los pilares veraniegos se derrumban ante nuestros ojos, mientras nosotros, con cara de tontos, sombrero de playa, flotador hinchado y olor a crema para el sol, miramos el desastre como el niño que no se puede meter en el agua porque aún no ha hecho la digestión.  Sigue leyendo