La cantina

Por David Sierra

Abrió la puerta. Tenía llaves, como casi todos los vecinos del pueblo. El funcionamiento del servicio depende de la confianza de cada uno en los demás. Y aunque nunca es plena, solventa el problema que supone no contar con ningún bar. El local, chiquitito y coqueto, desprende un halo de espacio familiar a pesar de que el olor a humedad por haber estado cerrado varios días estaba presente. Dos mesitas de aglomerado con cuatro sillas en cada una ofrecen ese aspecto a cantina que les hace suponer que allí podrán aliviar la sed. Una pequeña barra al fondo con unos botellines vacíos daban fe de que los últimos que estuvieron tomando algo salieron con prisa. Al lado, dos pilas de cajones de cerveza atestiguaban que ese lugar era el centro de reunión habitual.

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