Esclavos con contrato

Por David Sierra

Entró por la puerta del establecimiento con el alma por delante, sin esconder su acento rumano. La cara destrozada por el cansancio. Ojeroso, blanquecino, despeinado, casi con el ánimo a punto de desplomarse. Se acercó al encargado con paso fúnebre. Arrastrando los pies calzados en unos deportivos necesitados de una jubilación anticipada. El riesgo en las extremidades rara vez se mide. Con el pulso justo, le hizo entrega de la factura y el precinto del camión. Ese que debía volver a colocar tras la enésima descarga y carga en el día. La rutina de la explotación del siglo XXI.

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Procedía del almacén central, situado a las afueras de la capital de España. Donde las empresas que tienen por objeto proveer algo han fijado sus bases de operaciones para almacenar y mover la mercancía, atendiendo a los máximos criterios de eficiencia. Donde almaceneros, repartidores y transportistas combaten a diario para no salirse de los márgenes que marca el beneficio empresarial, en términos de objetivos.

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