Inesperados espectáculos litúrgicos

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Foto: El Hexágono

Por Gloria Magro.

Bien sabe Dios que no he sido llamada por el camino de la fe. Como creyente social, perteneciente a esa mayoría sociológica de españoles que solo pisan las iglesias con motivo de una BBC –boda, bautizo o comunión- y algún entierro, voy a misa “de Pascuas a Ramos”. Así que soy incapaz de seguir la homilía anticipando la liturgia, entonando los salmos o respondiendo a los requerimientos del oficiante con las consabidas y repetitivas respuestas que se esperan. Y claro, me aburro soberanamente cada vez que voy, abstraída en mis asuntos porque ya se sabe que pocas sorpresas se pueden esperar en una misa. O eso pensaba yo. Sigue leyendo

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Ciao, franciscanos majos

Los franciscanos José Luis de Cruz, Pedro Ruano y Severino Cervero, en el jardín del convento El Carmen. // Foto: Eduardo de Sanbernardo (Diario ABC)

Los franciscanos José Luis de Cruz, Pedro Ruano y Severino Cervero, en el jardín del convento El Carmen. // Foto: Eduardo de San Bernardo (Diario ABC)

Por Patricia Biosca

Si callejeas por el centro histórico de Guadalajara, paralelo a la bulliciosa (a ratos) Calle Mayor, y escondido en una esquina por la que se pasa con el coche sin más opción de girar a la derecha, te topas con una de esas joyas escondidas de la ciudad, el Convento del Carmen. Es imposible no preguntarse qué es lo que esconden sus vetustos muros del siglo XVII (aunque comparando con otros edificios similares, fue uno de los últimos en construirse) y admirar cómo no encaja con el moderno urbanismo que le rodea. Sus bancos de piedra animan a sentarse en las noches de verano y los setos que adornan cada lado de la puerta siempre están perfectamente cortados. Pero no suele haber nadie. O, por lo menos, las veces que he paseado por delante haciéndome todas estas preguntas, vi pasar a todo el mundo de largo, sin reparar en lo extraño de este remanso de paz anclado en el tiempo al lado de una calle que ve subir y bajar gente todos los días. Mucho menos conocía que, en su interior, habitaban José Luis de Cruz, Pedro Ruano y Severino Cervero, los hermanos franciscanos José Luis, Pedro y Severino, junto a otros tres monjes más. Sigue leyendo

La gente quiere ser generosa, pero tiene miedo

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El autor del artículo, rodeado de un grupo de niños inmigrantes // Foto: BCB

Por Braulio Carlés Barriopedro*

En menos de cincuenta años nuestra sociedad ha dado un giro copernicano. En los años cincuenta y sesenta muchos españoles salieron hacia Europa en ocasiones con una maleta sin tener muy clara la dirección y por supuesto sin un contrato de trabajo, en otros casos iban a un trabajo más o menos determinado.

En los años 90 España pasó de ser un país de emigración a convertirse en un país de inmigración. Empezaron a llegar inmigrantes y refugiados procedentes de lugares de conflicto y dónde la gente se moría de hambre. Con el paso del tiempo llegaron diferentes leyes y momentos en los que no sabíamos si había que cerrar fronteras o teníamos que legalizar a todos. En función de los momentos y de los gobiernos fueron adoptando posturas y actitudes diferentes.

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Candy Semana Santa Crush

Uno de los pasos de la Semana Santa alcarreña. // Foto: Guadanews

Uno de los pasos de la Semana Santa alcarreña. // Foto: Guadanews

Por Patricia Biosca

Camino por la calle Virgen de la Amparo y veo al final dos camiones de bomberos y personal de Protección Civil y Policía Nacional que cortan la calle y me acuerdo de los encierros de Ferias. Bajo hasta San Ginés observando las vallas de la calle y las personas que se asoman detrás, niños y ancianos sobre todo. Una comitiva de nazarenos toma rumbo calle Mayor a paso lento, muy lento. Me parece una señal que en ese momento en los auriculares que llevo puestos suene “Just like heaven”, de The Cure, cuyo ritmillo alegre (a pesar de ser una canción de abandono) contrasta con la sobriedad del acto que no presenciaba desde hacía años, pero que dos décadas después me sigue encogiendo por dentro de alguna manera. Es Semana Santa y, por varios motivos y al contrario que años anteriores, me he quedado en Guadalajara. Así que aprovecho para poner cara a cara los recuerdos ideales de la infancia en la que me ilusionaban estas fechas frente a lo que ahora estoy a punto de observar con la mirada más cercana a un científico o un sociólogo, acercándose de forma aséptica a algo tan subjetivo como las razones de fe. Comencemos el experimento. Sigue leyendo

Feminismo de lavadero

Programa de actos por el Día de la Mujer en Illana. //Foto: Ayuntamiento de Illana

Programa de actos por el Día de la Mujer en Illana. //Foto: Ayuntamiento de Illana

Por Patricia Biosca

La semana pasada se celebró el Día de la Mujer entre una atención mediática inusitada por la repercusión en otros países de actos parecidos reivindicando la igualdad de género. Se pedía a la sociedad que se vistiera de negro para dar visibilidad al problema, las redes sociales se inundaban de mensajes de apoyo a esta causa (estaría bien tener las estadísticas de este tipo de mensajes este año comparadas con la misma fecha de años pasados) y los móviles bullían con memes, imágenes y parrafadas de la importancia de la mujer en la sociedad y lo feminista que se vuelve esta masa cuando hay algo que celebrar (aunque se olvide al día siguiente). Incluso las tiendas más famosas sacaron camisetas para tal efeméride. Mientras, en el pueblo guadalajareño de Illana, como si fuese la aldea irreductible de galos de Astérix y Obélix que van a su bola, como si viviese una realidad paralela, se festejaba el Día de la Mujer con una misa, la santificación de la restauración del lavadero y un baile-vermú en honor a todas ellas. Tal como leen: misa, bendición del lavadero, vermú e incluso bingo. En honor a la mujer. Mezcla “La casa de la pradera” con “Girls” y aún así no tendrás un engendro ni parecido. Sigue leyendo

La cofradía y el club

Procesión de la Virgen de la Peña, en Brihuega. // Foto: http://www.virgendebrihuega.net/

Procesión de la Virgen de la Peña, en Brihuega. // Foto: http://www.virgendebrihuega.net/

Por Concha Balenzategui

Pongamos el caso de un club de un determinado deporte que tiene entre las normas de sus miembros unos horarios de entrenamientos, llevar un régimen de comidas o vestir la equipación adecuada. Pongamos que uno de los integrantes del club no tiene intención de cumplir con alguna o varias de estas exigencias, y de hecho, no lo hace. Cualquiera entendería que fuera expulsado.

Pongamos que en lugar de un club hablamos de una cofradía, una asociación católica, vinculada a una determinada parroquia, en la que una persona homosexual, integrante de la hermandad, quiere ser miembro de su junta directiva. Y no se le permite, dado que su conducta no es acorde con la moral cristiana. Es la razón esgrimida por el párroco de Brihuega, Mariano Marco Escolano, para impedir a un joven de Brihuega la posibilidad de pasar al órgano de mando en la cofradía de la Virgen de la Peña. Y el del club deportivo es el ejemplo puesto por el vicario general de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, Agustín Bugeda, para explicar el veto impuesto.

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Por la vereda del medio

Ermita de los Remedios

Imagen de la Ermita de los Remedios, antes de su demolición // Foto: Pastrana Villa Ducal

Por Óscar Cuevas

La historia que ayer por la tardé salió a la luz pública es uno de esos caramelos periodísticos que se dan muy de cuando en vez; una auténtica bicoca informativa que combina lo insólito con lo sentimental, ungido todo ello de gotas de esperpento y actitud contestataria. No sé si les ha dado tiempo de informarse, pero la cosa se resume en que un vecino de Pastrana que tenía licencia de obra para arreglarse una vieja vivienda en ruinas de la calle de la Castellana, ha ido un “pelín” más allá de lo esperado, y no ha dudado en demoler por su cuenta y riesgo una pequeña ermita, erigida en los años 50, que tenía adosada a su casa. Un pequeño edificio de culto que, colocado junto a su pared, y en medio de la calle, se ve que le molestaba un poco bastante. Se llama Jacinto Vereda, el señor en cuestión, y la verdad es que acaba de liarla parda. Pardísima.

O mucho me falla el olfato, o esta será una de esas noticias que se pueden convertir en “virales” -como dicen los modernos- en las próximas horas. No me extrañaría que este viernes, o a lo largo del fin de semana, las calles de Pastrana se llenaran de cadenas nacionales de televisión para contar la historia de un hombre que destruye ermitas, y que visto lo visto, parece que “los tiene cuadraos”.

En el Ayuntamiento de Pastrana están que no se lo creen, claro. Y en un comunicado emitido desde el consistorio han anunciado que se decreta la paralización de las obras de la vivienda del señor en cuestión; que se le abre un expediente sancionador, y se anuncia una batalla en los tribunales a la que también parece que se sumará el Obispado, propietario a la sazón de la Ermita de los Remedios, que ese es -era- su nombre.

El caso es que el señor Vereda no dudó. Y al tiempo que derribaba las ruinas de la vieja casa que heredaba, encargaba a una empresa especializada tirar también el pequeño templo. Así, a lo bestia. Todo sucedió a primera hora de la mañana de ayer, y tan repentina fue la cosa, que cuando al lugar llegaron los del Ayuntamiento y la propia Guardia Civil, de la ermita no quedaba ni el amén. “Lo hizo de forma alevosa”, clama el alcalde pastranero, Ignacio Ranera, que tacha lo ocurrido de “atentado al patrimonio histórico, cultural y religioso de la villa”, y que ha recordado que la citada ermita es -era- un “Bien Especialmente Protegido”.

De lo sucedido inicialmente y de la versión municipal han dado cuenta casi todos los medios de comunicación de la provincia. Pero les aseguro que lo más interesante de lo publicado ayer es lo que escribía la periodista cabanillera Patricia Biosca en la sección provincial de ABC: La justificación del “vecino demoledor”.

Y es que el señor Vereda dice, y no se corta un pelo, que lo que tendría que hacer el alcalde, lejos de denunciarle, es “darle las gracias”. Afirma de hecho que él ha procedido conforme a la Ley, y cita el Artículo 68 de la Ley de Bases de Régimen Local, que contempla la posibilidad de ejercer una cosa que se llama “acción vecinal sustitutoria”, y que viene a ser algo así como que los ciudadanos pueden defender por sus medios el bien común, si las administraciones no lo hacen por su cuenta.

Les transcribo el citado artículo, porque Vereda no da puntada sin hilo:

Artículo 68

1.- Las entidades locales tienen la obligación de ejercer las acciones necesarias para la defensa de sus bienes y derechos.

2.- Cualquier vecino que se hallare en pleno goce de sus derechos civiles y políticos podrá requerir su ejercicio a la Entidad interesada Este requerimiento, del que se dará conocimiento a quienes pudiese resultar afectados por las correspondientes acciones, suspenderá e plazo para el ejercicio de las mismas por un término de treinta días hábiles.

3.- Si en el plazo de esos treinta días la entidad no acordara el ejercicio de las acciones solicitadas, los vecinos podrán ejercitar dicha acción en nombre e interés de la entidad local.

4.- De prosperar la acción, el actor tendrá derecho a ser reembolsado por la Entidad de las costas procesales y a la indemnización de cuantos daños y perjuicios se le hubieran seguido.

La tesis del protagonista de nuestra historia es que fue el Obispado el que ya construyó en los años 50 la ermita de modo ilegal, al colocarla en medio de la calle, ocupando un dominio público por el que debería pelear el Ayuntamiento, y además, tapando las luces de la fachada de la vivienda que él pretende rehabilitar.

También asegura este señor que lleva remitiendo escritos al consistorio, reclamando por la situación, desde hace años; y que el pasado 4 de abril avisó de su intención de derribar la ermita. Y afirma que está amparado para actuar ante el silencio administrativo. Niega además haber actuado ayer de forma alevosa, porque anunció de nuevo su decisión el día anterior. Y finalmente completa su explicación asegurando que la ermita carece de valor arquitectónico, que no hay informes que lo sustenten, y que la protección municipal a la que se alude es arbitraria.

Nos encontramos pues ante un curioso conflicto donde, como les decía, los tribunales van a tener que dirimir entre los derechos que asegura este hombre que le estaban siendo conculcados, el valor patrimonial del inmueble, y aspectos más sentimentales, como el lícito dolor que tienen los miembros de esa Hermandad que velaba por la ermita y sus imágenes (que afortunadamente fueron sacadas del edificio antes de destruirlo). Un dolor que no le ha importado mucho a don Jacinto, porque asegura que los fieles son apenas una quincena de hermanos que van allí “un día al año”, mientras que él padecería la presencia del edificio frente a sus narices los otros 364.

Y dicho todo lo anterior, caben algunas reflexiones. La primera es que la actitud del vecino se me antoja poco justificable, por cuanto se toma la justicia por su mano. No creo que pueda haber tribunal que avale su actuación. Y aunque no dudo de que quizá tenga algún fondo de razón legal en su argumentación, en todo caso el camino que debió haber recorrido es el contrario: Pleitear en los tribunales primero, y si le dan la razón, demoler después. Nunca al revés.

La segunda consideración que quiero hacer es que esta historia tiene más de llamativo que de grave, al menos en términos patrimoniales. Vistas las fotos del edificio, cualquiera puede juzgar que no se ha destruido un inmueble de valor precisamente incalculable. Sí es irreparable, por contra, el daño moral que ha infringido el señor Vereda a muchos de sus convecinos.

Una tercera consideración que me viene a la cabeza es respecto al alcalde. Si el “vecino demoledor” dice la verdad respecto a los anuncios, avisos y plazos que advirtió, se me antoja que Ignacio Ranera -y quizá también el obispo, no lo sé- han cometido una imperdonable dejación de funciones. Debieron haber actuado antes, debieron haber negociado, o al menos instado a un juez a que parase los pies y bajase los humos al señor de la piqueta.

Acudir al Juzgado ahora no está de más, porque allí se verán todos las caras y se solventará el asunto. Pero lo único cierto es que los “remedios” había que haberlos puesto a tiempo. Antes de que Jacinto tirara por la vereda del medio. ¿No les parece?