La vitamina M

Una ilustradora, en el Infantado durante el maratón. // Foto: Dossier de prensa del maratón de Cuentos 2013.

Una ilustradora, en el Infantado durante el maratón. // Foto: Dossier de prensa del maratón de Cuentos 2013.

Por Rubén Madrid

El Maratón de Cuentos ya está a la vuelta de la esquina. Llega, como cada año, con su vitamina M, el particular reconstituyente en nuestras vidas arriacenses que nos aporta una dosis extraordinaria de fabulación y la cantidad necesaria de ilusión en sangre para recibir el verano. Porque lo que este acontecimiento ha logrado en poco más de veinte años se escapa al entendimiento por su originalidad, su participación, su  seguimiento, su beneficio para el turismo o su propia capacidad para poner patas arriba la ciudad…

Tal vez por eso llame tanto la atención la falta de apoyos, que tantas veces hemos denunciado. Que se repartan al por mayor declaraciones de interés turístico provincial sin que el maratón todavía lo tenga, que el señor consejero Marcial Marín vaya a completar su mandato –y quizás abandone el cargo: tanta paz lleve como descanso deje– sin haber contado un solo cuento en Guadalajara, que los toros y la cetrería sean bien cultural inmaterial mientras la narrativa oral pasa de largo, que Nogueroles no reserve plaza fija en primera fila durante todo el fin de semana en el Infantado… El desprecio se vuelve sobre quienes precisamente intentan observar con tanta indiferencia un evento que les sobrepasa en altura y que les sobrevivirá como concejales o como consejeros. Los verdaderos apoyos se ven después: Bris continúa acudiendo cada año a la cita.

Pero no vengo aquí a hablar únicamente del Maratón –que tendrá quien le escriba estos días en este mismo espacio–, sino de su vitamina. Y esa vitamina no es exclusiva de este evento que, sin embargo, nos la dosifica desde hace ya más de veinte años. La vitamina del Maratón, su carácter alegre y revitalizador, su capacidad para anunciarnos el solsticio con la palabra… conecta con una forma de vivir en comunidad que tiene la virtud de identificarnos plenamente con el lugar en el que vivimos porque hace de nuestro pequeño mundo un lugar mejor. Pocas veces como estos días muchos sentimos la ciudad tan acogedora y tan propia, tan habitable, como durante este fin de semana de junio.

Última sesión de Amigos del Moderno a las puertas del teatro. // Foto: R.M.

Última sesión de Amigos del Moderno a las puertas del teatro. // Foto: R.M.

Y este espíritu que premia la cooperación y que sitúa a cada vecino en su verdadero contexto, la comunidad, se descubre cada vez más en otros ambientes y en más momentos del año, con gentes dispuestas a hacer causa común, con gentes a las que les encanta “hacer la calle”. Y quisiera ver en eso un cambio de mentalidad precisamente en mitad de esta tormenta en que se nos ha convertido la crisis. Y así, frente al paso que marcan los cabestros hacia un destino tozudo, hay quienes entienden la vida en comunidad como una oportunidad única –eso es la vida– de compartir y cooperar –y eso es vivir en comunidad– con un objetivo compartido más allá de un balance de resultados. Frente a quienes elevan a los altares de la excepcionalidad política a tecnócratas de la Transición o a príncipes de ocasión están quienes devuelven al ciudadano al centro de la plaza pública, que es donde le pusieron los griegos, aunque ahora hayan dejado de ser clásicos para resultarnos arcaicos.

También en Guadalajara están quienes abren círculos en vez de cerrar filas, quienes fundan nuevas formas de pensamiento y actuación –el Rincón Lento, quién lo diría, ha cumplido ya cinco años–, quienes se ganan los aplausos a pulso en un escenario callejero (bien, siempre, por Amigos del Moderno), quienes defienden el suministro de la vacuna de la hepatitis C en esta España que ha gastado ya más de 100.000 millones de euros en rescates bancarios… y quienes ríen por no llorar al ser blanco de la pataleta de los hombres del Ibex en la tierra que les ametrallan con aquello de terroristas, violentos, antisistema y bolivarianos, precisamente contra quienes devuelven la política de las alfombras a las aceras nada más recoger al mendigo de las puertas de la que fue su casa.

El morado está de moda. La vitamina M es también la vitamina de un color morado que se ha puesto de moda, de quienes se mueven por una causa que consideran digna en vez de esperar a que venga Dios y lo vea: quienes tuitean #justiciaparaelguadalajara con humor, indignación o resignación, pero con el sentido de la responsabilidad que da sentirse llamado a defender a un equipo que es mucho más que un proyecto presidencialista; y quienes hacen política en asamblea o quienes añaden un color más a la bandera para pedir tan elemental quimera como un referéndum. También en Guadalajara, por partida triple y más que nunca, el morado está de moda.

Seguramente son muchas las causas de que esta mentalidad abierta a la cooperación y proclive a la participación eche raíces en Guadalajara, pero a buen seguro que el Maratón de Cuentos, que ha ido haciendo cantera, tiene su parte de culpa. Porque hay una generación de jóvenes que ha crecido cada mes de junio en esta ciudad compartiendo veladas en el Infantado, contando y escuchando cuentos, dibujándolos en el maratón de la ilustración, haciendo fotos, viviendo el ambiente de las calles que ellos mismos han decorado y mostrando con orgullo a los foráneos ese milagro de los prodigios que es esta cita en la que se comparte amor al arte durante 46 horas ininterrumpidas, en un evento generoso en beneficios inmateriales que les permite presumir de cooperación y de sentido colectivo. De ser alguien no sólo por cuanto tienen sino por cuanto valen al sumar entre sí.

Estos días volveremos a creernos por derecho propio que Guadalajara es el centro del universo y quien más -implicándose de lleno- y quien menos -paseando las calles o escuchando en silencio- se acercará hasta el Infantado: para recibir, pero sobre todo para aportar, su dosis de vitamina M.