La compañía del coronavirus

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Fosas en el cementerio de Manaos (Brasil) // Foto: AFP

Por Patricia Biosca
Entre las múltiples recomendaciones para pasar el rato durante estos días apareció “Compañía”, de Samuel Beckett. A pesar de lo que pueda parecer por su título, es un compendio de pequeñas narraciones en las que es palpable el desasosiego humano por tener a alguien al lado, aunque en realidad ese “otro” sea el eco de uno mismo. Es decir, que al final la compañía es una ilusión que crece en nuestra cabeza y que aquello de que “nacemos solos, morimos solos” es extrapolable no solo al inicio y desenlace, sino también a todo el nudo (nudos) de nuestra vida. Y esto se pone de manifiesto cuando se crea una suerte de “laboratorio doméstico” en cada casa debido a algo que nos era tan ajeno como la ciudad de Wuhan o los coronavirus: el Covid-19.

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Recuerdos del Postismo

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Zacarías Almoguera, Pepita Antón, Antonio Fernández Molina y José Luis Aguado. 1952

 

El Postismo era a mediados del siglo XX un movimiento artístico e intelectual de carácter marginal, según los críticos, que no llegó a erigirse en grupo. Su nombre provenía de la contracción de postsurrealismo (como puede leerse en el Segundo manifiesto, aparecido en La Estafeta Literaria (1946) firmado por Eduardo Chicharro Briones, Carlos Edmundo de Ory y Silvano Sernesi. Hacía referencia “al ismo que viene tras todos los ismos”, un movimiento que venía a ser la síntesis de todas las vanguardias literarias precedentes. Los centros de difusión del Postismo se localizaron fundamentalmente en Madrid y Ciudad Real, muchos poetas manchegos se adhirieron al movimiento. En Guadalajara, el Postismo tuvo su base de actuaciones en las tertulias literarias del extinto Bar Soria. Y también en la trastienda de una pequeña fábrica familiar de bolsos, entorno a unos hermanos que pese a su invalidez y su temprana desaparición, supieron cultivar sus facultades intelectuales y poner un foco de luz en una pequeña ciudad de provincias. Esta es su historia y su recuerdo, para que no se pierda su memoria.

 

Por Purificación Antón (*).

En aquel tiempo, mi hermana Pepita recibía en casa. No iba al Bar Soria, ni a ninguna otra parte. Ella era una intelectual, yo no. Pepita sabía francés y tocaba el piano y todos venían a verla. No salía porque estaba inválida. Teníamos una tienda -Novoplex, en la calle Benito Chávarri, número 10- y mi hermana estaba en una habitación y allí era donde se reunían. En 1952 ella tenía 22 años y yo 20. Sigue leyendo