“¿Pero en tu pueblo hay semáforos?”

Uno de los semáforos instalados en la CM-9100 a la altura de Cabanillas del Campo. // Foto: P. B.

Uno de los semáforos instalados en la CM-9100 a la altura de Cabanillas del Campo. // Foto: P. B.

Por Patricia Biosca

Si son gente de pueblo (me valen tanto nacidos como residentes y un combo de ambos), seguramente les suene esta situación. En una gran urbe, de esas que coleccionan coches, asfalto, hormigón, gente cosmopolita y moderna y muchas lucecitas que tintinean, a alguien se le ocurre decir que pertenece a una localidad de menos de 10.000 habitantes y sin título oficial de ciudad. Al aclarar el nombre de su municipio, apunta a que pertenece a tal provincia, pongamos, Guadalajara. “Pero allí las ovejas van por medio de la calle ¿no?”, responde la otra persona que, se supone, escucha. El interlocutor -ya identificado como persona de pueblo y, por lo tanto, un “paleto”- responde un “no”, acompañado de la explicación de por qué la Edad Media dejó de llevarse en su pueblo hace siglos. “¿Pero tenéis médico?” “¿Y agua potable?” “¿No os laváis en el río?” “¿Tiráis cabras desde el campanario en las fiestas?”. El entrevistador intenta encontrar, como si fuese un arqueólogo, las huellas del pasado en el pueblo del presente. Yo, que soy de pueblo de toda la vida, siempre conseguía sortear entre indignada y divertida todos los embites de las gentes de la capital por hacerme sentir de los años en los que el charlestón triunfaba en los 40 Principales. Hasta que llegaba la pregunta: “¿Y semáforos?”. Entonces mis defensas caían como la Armada Invencible a manos del ejército inglés, porque la civilización no es tal si no tiene semáforos. Sigue leyendo

Aventura hasta el cole

Por David Sierra

Las mochilas preparadas, bien abrigados hasta el cuello. Que no falten la bufanda y los guantes que el frío en Guadalajara es más frío. Ya en la calle, comienza la ruta. Son apenas doce minutos andando, aunque ellos siempre exigen tomar el vehículo. Es normal, van sentados y la calefacción, aunque tarde, siempre apaña algo el cuerpo. Pero no hay concesiones y la negativa rotunda, tras unos sollozos, les hace entrar en razón. No tienen elección. Han de lanzarse a la aventura.

Las prisas son malas compañeras, pero la campana manda y desde donde están aún no se oye. Quedan dos cuadras y, poco a poco mientras se aproximan al centro escolar el peligro se hace más evidente. Aquellos que vienen de más lejos y que, bien por distancia, bien por tiempo o bien por comodidad eligen los habitáculos de cuatro ruedas para desplazarse son los que mandan en los alrededores del colegio.

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El riesgo se huele y se palpa en el ambiente. Los pasos de cebra no cumplen su cometido porque dejan de ser atendidos. La ley del más fuerte se impone. Se ven de todo tipo, grandes todoterrenos, pequeños utilitarios, familiares e incluso alguna que otra furgoneta. En las proximidades, las disputas de siempre, entre padres apresurados y residentes particulares que ven invadidas las entradas de sus garajes a pesar de las reclamaciones, que no van a ningún puerto y caen en saco roto. Deben vivir con ello. Es lo que tiene comprarse una vivienda al lado de un centro educativo donde los escolares no residen en el barrio. Como sucedía antes.

Aquellas vías con anchura suficiente para varios carriles de dirección se convierten durante ese intervalo de entradas y salidas estudiantiles en estrechos pasillos repletos de dificultades que aprovechan las autoescuelas para probar la habilidad de sus aprendices. La doble fila no acaba nunca y se extiende a lo largo de las dimensiones del edificio escolar. Y le supera. Están en su derecho. Los intermitentes parpadean sin descanso mientras sus dueños charlan frente al portón de entrada observando a sus vástagos partir a una nueva jornada de aleccionamiento. No existe la consideración.

En esas otras calles ya de por sí ajustadas, las aceras se convierten en aparcamientos. No importa si los peatones no pueden pasar. Las carteras, los abrigos, la ropa se restriegan por la pared, dejando la huella del caminante. Cuando llueve, los paraguas chocan. Las puertas de los vehículos se abren y ralentizan la marcha de los viandantes. Hay que ser cortés y paciente. Hay que dejarles bajar para que puedan llegar también a su hora. Sin miramientos. Sin perdones. La preferencia del coche también la tiene sobre el pavimento peatonal.

Suenan bocinazos, y algún que otro insulto que se puede leer entre los labios. El rugir de los motores. Acelerones, el humo y las ansias por llegar convierten el clima en hostil. Por eso, una vez que traspasan las puertas del destino, respiran aliviados. Los niños. Ese alivio que, sin embargo, sólo consigue el conductor del autobús urbano cuando sale del embrollo. O cuando le cambian la ruta; o el turno. “Siempre la misma historia” dice. Y un vehículo subido al bordillo le impide cumplir con los horarios y le mantiene paralizado. No pasa nada. Los intermitentes mandan.

En algunos centros escolares, los más respetados, las fuerzas del orden hacen la vista gorda. O mejor, se convierten en guardianes de esa vorágine automovilística. No es cuestión de sancionar y de llamar a la grúa porque el sentido común aquí indica que hay que ser laxo. Entonces se afanan en que el jaleo esté regulado, al menos. Para actuar ya existen otros emplazamientos donde la norma ha de seguirse a rajatabla y la libreta funciona mejor que bien.

No es extraño que a tan solo unos días de cerrar el año la capital haya registrado ya casi medio centenar de atropellos con especial relevancia a que en muchos de ellos han estado involucrados niños. Desde el fallecimiento en octubre de la joven en Cuatro Caminos, atropellada por un camión justo cuando salía del instituto, la reclamación de medidas más estrictas por parte de la oposición y los anuncios de nuevos planes e inversiones concernientes a la seguridad vial y la movilidad del equipo de Gobierno –el último de 800.000 euros para el próximo año- no han dejado de sucederse. Limitar o reducir la velocidad, mejorar la visibilidad de los pasos de peatones, el cierre o vallado de pasos indebidos utilizados por los peatones o las campañas de sensibilización están ahora sobre la mesa. Más alejadas de traducirse en realidad son esas que se refieren al fomento del transporte público.

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El PSOE pide el cumplimiento del Plan de Seguridad Vial

Sin embargo, de todas ellas quizá la más importante y sobre la que menos hincapié se ha hecho es la de la implementación del camino escolar seguro que, si bien Román quiere restringir únicamente a varios centros, el PSOE considera necesario que se aplique a todos los centros escolares de la ciudad porque ahora son “incompatibles con la aglomeración de coches que todos los días se ve en los alrededores de los colegios durante las horas de entrada y salida de los alumnos” argumentaba el portavoz socialista Daniel Jiménez. No obstante, cualquier medida adoptada carecerá de validez si quienes tienen que regular la movilidad y el tráfico dentro de la ciudad responden a otro tipo de órdenes más cercanas a la permisividad con los infractores. Menos mal que llega la Navidad y, al menos, en unos días el camino al cole será seguro.

 

El práctico

Por David Sierra

Llevaba tiempo esperando esa oportunidad que le abriera las puertas de la independencia económica. Aún dependía de un examen. De tres cuartos de hora al volante, callejeando por las calles de la capital con una breve salida por la autopista. Durante las semanas previas, había ensayado ya tantas veces los posibles trayectos que el fracaso no formaba parte del resultado final. Su maestro contaba con informaciones extraoficiales, de primera mano, que le permitían intuir que esta vez no habría cancelación.

Se presentó a primera hora de un martes. Repetía esta misma rutina por cuarta vez desde que a finales de julio le dieran el visto bueno para hacer la prueba práctica. En la teórica no había tenido problemas, superando casi todas las cuestiones con una mezcla de sapiencia y azar. Los tres fallos existentes no le impedían continuar. Con agosto de por medio y la actividad paralizada, más aún en ciudades como Guadalajara, lo tenía todo planeado para que septiembre fuera su mes.

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Alejandro había estado trabajando durante casi un año como cajero de supermercado con el único propósito de obtener el carnet de conducir. Eso y también el acceso a la enseñanza universitaria y a la ingeniería mediante la que quería ganarse la vida. Emplearse para formarse es la única solución, a día de hoy, para aquellos jóvenes que no tienen mecenas familiares. Septiembre era su mes.

Con todo a punto y los nervios a flor de piel, testimonio de esa primera vez en la que alguien es calificado en la manera en la que dirige los mandos, acudió a su primera cita. Con la mosca detrás de la oreja. Ya en su autoescuela le habían advertido de que el colectivo examinador estaba en confrontación laboral con quienes deben retribuir su trabajo. Y la amenaza de paros en días consecutivos venía haciéndose realidad desde el día 2 de junio.

La confianza en que los servicios mínimos sacarían el trabajo adelante, como ya había sucedido en otras ocasiones de protestas funcionariales, motivaron que su espera se prolongase más de la cuenta. Hasta regresar con la desolación de tener que aguardar una nueva fecha. Por segunda ocasión lo intentó, pero septiembre dejó de ser su mes.

Con octubre iniciado, más clases prácticas en su haber y en las cuentas de la autoescuela una luz se abría en el túnel. Los examinadores lanzaban una propuesta a la Dirección General de Tráfico para acercar posturas en favor de consensuar sus reivindicaciones, a saber, una subida salarial de acuerdo con el compromiso adquirido en 2015. Para esas fechas, la cifras de damnificados ya superaba el millar en Guadalajara, entre ellos Alejandro. Y para las propias autoescuelas que, a causa de los paros habían visto reducida su actividad de manera drásticas a medida que el conflicto se eternizaba.

El acuerdo no llegó. Desde Asextra, la Asociación de Examinadores de Tráfico, tacharon además la respuesta dada por el director general de la DGT de “ser un cúmulo de falsedades, inexactitudes y medias verdades con el único fin de confundir a la opinión pública y a las empresas que viven del sector y esconder así su propia ineptitud a la hora de solucionar un problema que como gestores están obligados a resolver y es que además cobran por ello y muy bien”. Sin dialogo a la vista – la última reunión data del 20 de agosto – y sin la voluntad por haberlo, los examinadores ya han anunciado que seguirán con la huelga durante los meses de noviembre y diciembre.

Y las cifras de perjudicados en toda España comienzan a ser preocupantes con unas 200.000 pruebas suspendidas, unas pérdidas por parte de las autoescuelas de en torno al 40% de su facturación y una ausencia de ingresos para el Estado en forma de tasas cifrados ya en 1,5 millones de euros, tal y como revela el diario El Mundo en una información reciente.

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Y es que aunque gran parte del conflicto esté centrado en la retribución salarial y en los incentivos para los examinadores, en el trasfondo se advierte una déficit de profesionales decididos a llevar a cabo esta labor, con la existencia de denuncias de establecimiento de cupos entre la Administración y las autoescuelas como medida para solventar el problema en varias provincias españolas. Las reticencias del Gobierno del Partido Popular a incrementar las plantillas de examinadores han comenzado a generar un clima de incertidumbre en el que las teorías basadas en el deterioro del sistema para justificar su posterior privatización comienzan a calar hondo a pesar de los compromisos del director general de Tráfico y el ministro de Interior en la Comisión de Seguridad Vial, de no hacerlo.

Que prácticamente todos los grupos de la oposición e incluso el Defensor del Pueblo hayan tirado de las orejas al Gobierno por su inacción no ha sido suficiente para mediar en una solución.  El talante inmovilista del Ejecutivo de Mariano Rajoy se ha instalado en todos los ámbitos institucionales siendo la premisa, por encima del diálogo, la espera hasta que el devenir de los acontecimientos requieran medidas excepcionales. Cataluña es el mayor de los ejemplos.

Se presentó a primera hora de un martes. Hace unos días, Alejandro había recibido la respuesta que llevaba varias semanas esperando. Por fin, una conocida empresa del Corredor se interesaba en su aún incipiente perfil profesional y proponía una oferta de empleo que se adaptaba a sus horarios de estudio, permitiéndole combinar ambas actividades. El carnet de conducir era obligatorio.

Un nuevo futuro para la seguridad vial

Por Juan José Cabrera *

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Juan José Cabrera, ingeniero y miembro fundador de INSPIDE. / Foto: J.C

Cuando nos hablan de Seguridad Vial, en seguida se nos vienen a la cabeza los controles de velocidad y de alcoholemia, el uso del cinturón o las distracciones al volante. Llevamos años escuchando el mismo discurso, un discurso basado en el miedo y en las terribles consecuencias que supone tener un accidente de tráfico.

Los miembros de INSPIDE, una pequeña-pequeñísima empresa alcarreña, pensamos que en una sociedad donde la tecnología está al alcance de todos, ese discurso se había quedado obsoleto.

Es cierto que la industria del automóvil se ha puesto las pilas en lo que a “seguridad tecnológica” se refiere. Todos trabajan en la creación del famoso coche conectado, capaz de “hablar” con otros coches, motos y demás actores, y de detectar todo lo que está pasando a su alrededor para actuar en consecuencia. Pero mientras los fabricantes continúan elaborando sofisticados sistemas para hacernos sentir más seguros -y subir el precio de los vehículos o cobrarnos por suscribirnos a ciertos servicios- los ciudadanos de a pie seguimos utilizando métodos analógicos que no nos aseguran una protección 100% eficaz. ¿Se siente seguro un conductor cuando tiene un incidente y debe salir a colocar los triángulos en plena autovía? ¿Se siente seguro un ciclista por llevar un chaleco reflectante? Está claro que no.

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Porque todos somos peatones

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Una campaña especial para control de peatones velará por el cumplimiento de las normas de tráfico durante estos días. / FOTO: M.P.

Por Míriam Pindado

Tengo unos amigos que cada vez que vienen a visitarme a Guadalajara me recuerdan lo raros que somos en esta ciudad. “Conductores raros y viandantes raros”, me dicen. Y he de reconocer que, en parte, tienen razón. Entre sus argumentos destacan los siguientes. Primero, que a las ya habituales rotondas se suman unas “extrañas raquetas” que los foráneos no llegan a entender. Segundo, que unos cruces “invisibles” regulan algunas de las intersecciones más importantes de la ciudad, y cuando se dejan ver lo hacen en forma de “falsa rotonda”, como ellos llaman a la que hay en medio del paseo de Las Cruces. Y tercero,  que los peatones de Guadalajara tienen la manía de pasear por la calzada en vez de por las aceras.  “Qué exagerada y tendenciosa es esta gente con Guadalajara”, pensé en un primer momento. “Eso es normal y pasa en todas las ciudades”, les respondí. “Guadalajara rules”, me vacilaron ellos.

El caso es que a raíz de dicho comentario me he estado fijando en cómo actuamos los conductores y viandantes en esta ciudad y cuáles son las peculiaridades del tráfico en Guadalajara. Y sí, desde aquí aprovecho para dar la razón a mis amigos. Sigue leyendo