Por Gloria Magro.
Los términos dispuestos en vida por aquellos que legaron sus bienes a la ciudad de Guadalajara no siempre se cumplen como debieran. En muchos casos acaban siendo una china en el zapato de las distintas corporaciones municipales, regalos envenenados que el paso del tiempo convierte en auténticos quebraderos de cabeza por la dificultad de ejecutar la voluntad de los benefactores. Así, mientras que la herencia del comandante de Infantería Eduardo Guitián Revuelta (1842-1884) ha llegado hasta nuestros días y la venta de sus propiedades, más de cien años después de su muerte, ha revertido en la ciudad en forma de obras sociales -tal y como éste militar decimonónico dejó estipulado-, otras últimas voluntades están resultado más difíciles de administrar. La del pintor Carlos Santiesteban (1927-2015) es una de ellas.