Mercadona, más cerca de abrir en Santo Domingo

Por Gloria Magro

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Foto: Cadena SER Guadalajara.

Más de un año después de que se hiciera público que Mercadona había puesto sus ojos en el emblemático local del Edificio España, en la plaza de Santo Domingo, los vecinos del inmueble y la principal empresa española de distribución ultiman el acuerdo que permitirá la apertura de un nuevo establecimiento en Guadalajara. Si todo va bien, en las próximas semanas podrían cerrarse las negociaciones y si no hay más imprevistos, los bajos de este inmueble volverán a acoger una gran superficie comercial. Se trata, sin duda, de nueva oportunidad para que lo que se considera el kilómetro cero de la ciudad recobre el empuje que tuvo en su día, aunque de momento no haya fecha de apertura, ni la enseña valenciana quiera dar más datos.

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Mercadona en Santo Domingo, dudas y certezas

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La apertura de un establecimiento de estas características en el corazón de Guadalajara marcará un nuevo renacer para una plaza que languidece desde hace lustros. Foto: El Heraldo de Aragón.


Por Gloria Magro. 

La noticia saltaba a los medios la semana pasada: un nuevo supermercado Mercadona abrirá sus puertas a finales de 2020 en el mítico emplazamiento de Galeprix –lo que después fue Simago- en la plaza de Santo Domingo de Guadalajara. Fuentes de la cadena de alimentación han confirmado a El Hexágono que el proyecto se halla muy avanzado y que el nuevo emplazamiento sustituirá al de la calle Capitán Arenas. Hasta que llegue ese momento aún quedan muchos cabos sueltos por atar.

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Una fuente, una pastelería y dos Simagos

Fuente y quiosco del parque de la Concordia. // Foto: spaincenter.org

Fuente y quiosco del parque de la Concordia. // Foto: spaincenter.org

Por Concha Balenzategui

Guadalajara, finales julio de 1984. No sé la fecha exacta, pero fue hace ahora treinta años cuando pisé por primera vez esta tierra. Me van a permitir que cuente hoy una historia personal, aprovechando la efemérides, día arriba día abajo, y recuerde mis primeras impresiones sobre la ciudad.

Claro, el calor. Ese es el recuerdo más intenso. Guadalajara a finales de julio es un horno, y más para una familia llegada del Norte, y nada acostumbrada a estas temperaturas. Era un viaje de pocos días, para familiarizarnos con la ciudad, buscar casa y colegio de cara a septiembre, que era cuando finalmente nos instalaríamos.

Así que la primera impresión fue la de un bochorno insoportable mientras dábamos vueltas, incapaces de orientarnos, hasta que el coche quedó varado en ese tramo de calle que marca el principìo de la calle Mayor o el final de Miguel Fluiters. Digo “varado” porque se topó de pronto con unas obras no señalizadas, que supongo correspondían a algún remate de la peatonalización de la calle Mayor. Mientras mi padre daba explicaciones al policía local y pedía a su vez indicaciones para llegar al hotel España, el resto de la familia nos volcamos en el mostrador de Campoamor atraídos por las tolvas de granizados. Así que su camarera, Feli, y un agente municipal, fueron las primeras personas que conocimos, los encargados de darnos la bienvenida a Guadalajara.

Del guardia no recuerdo más, pero la pastelera ejerció como perfecta anfitriona aquellos días. Porque tras este encuentro casual y accidentado, tomamos la costumbre de recalar en su mostrador cada vez que salíamos del hotel a patearnos la ciudad, y solo la cuesta de Miguel Fluiters, precisamente ahora también en obras, era capaz de agotarnos. Era un momento dulce, no solo por la horchata y el granizado, sino por el cariño con que Feli nos contaba cosas de Guadalajara y nos daba la información práctica que necesitábamos cada día.

“Seguid subiendo por esta calle y contáis una, dos y tres plazas. A la izquierda sale un parque, con una fuente grande muy bonita, y una terraza”, fue su recomendación para mi primera noche arriacense, en un paseo después de cenar. Planazo, me dirán ustedes. Yo supongo que en aquellos años había poco mejor que hacer para unos forasteros que sentarse en la terraza de la Concordia a ver cómo los chorrillos de la fuente subían y bajaban mientras cambiaban de color. Me encantó.

Tengo que confesar hubo muchos sinsabores en aquellos días. Sobre todo el intenso calor, un dolor de oídos que me dejó fuera de combate, además del hecho cierto de que no me hacía ni puñetera gracia vivir en Guadalajara. Nada comparable a la faena que nos jugó la agencia inmobiliaria con la que habíamos apalabrado el alquiler de un piso en la calle Mayor. El día de nuestra llegada definitiva, con el camión de la mudanza cargado, nos dijeron que se lo habían alquilado a otras personas. Eso sí que fue una entrada gloriosa que nos hizo preguntarnos qué tipo de gente eran estos alcarreños.

Por eso casi prefiero recordar los refrescantes ratitos en la barra de Campoamor y la fuente de la Concordia, como dos oasis en una ciudad abrasadora y hostil. Muchos años después, sería en ese mismo mostrador de la pastelería el que me sirvió los cafés de media mañana, cuando trabajaba en El Decano, justo en la planta superior de ese precioso edificio. También durante años, fue ese mismo parque el que vería cada día por la ventana, pues allí está la casa donde viví. Hoy la Concordia sigue siendo uno de mis lugares favoritos de la ciudad, aunque su fuente sea ya monocolor.

Edificio de la plaza de Santo Domingo donde se encontraba Simago.

Edificio de la plaza de Santo Domingo donde se encontraba Simago.

Pero una de las mayores sorpresas que me llevé en aquellas primeras andanzas arriacences fue la de comprobar que en Guadalajara había un Simago. No me refiero a que me deslumbrara el centro comercial al que aún muchos llamaban Galeprix, no. Es que durante varias semanas estuve convencida de que en la ciudad había dos: uno al final de la calle Mayor, y otro al principio del paseo Fernández Iparraguirre. El día que descubrí que eran el mismo, y que los dos pedazos de la ciudad que controlaba estaban unidos por ese descomunal edificio, Guadalajara se me volvió pequeñita y manejable. Hasta hoy. Y ya van treinta años.