Balcones y ventanas

 

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Salir al balcón es una de las pocas maneras de realicionarse con el exterior. // Foto: Guillermo Mestre (heraldo.es)

Por Álvaro Nuño.

Apenas llevamos una semana enclaustrados en nuestras casas por orden gubernativa y ya estamos que nos tiramos de los pelos. La lucha contra la pandemia nos ha obligado a encerrarnos en nuestras casas y ha cambiado por completo nuestras rutinas. Ahora resulta que echamos de menos que el despertador nos levantara temprano todos los días  y ver la cara al jefe desde por la mañana, o a ese compañero de oficina que siempre contaba el último meme que había visto por ahí y del que tú no te habías ni enterado. Labores tan ingratas como bajar a por el pan, hacer la compra, tirar la basura o sacar al perro a hacer sus necesidades se han tenido que racionar entre los miembros de la unidad familiar para que todos chupemos calle por igual. Y es que a muchos se les cae la casa encima, más que por el simple hecho de estar metido en su habitación -algo habitual sobre todo entre los más jóvenes-, porque no tenemos la libertad de hacerlo cuando nos apetezca. Y ahora sí que nos apetece.

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Lo que nos queda de aquellos bizarros años

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Ramón García con una concursante de “El grand prix”, el programa de los noventa en los que participaban diferentes pueblos de España. // Foto: RTVE.es

Por Patricia Biosca

Siempre digo -no sin producir alboroto a mi alrededor- que parte de mi educación -o falta de ella- se la debo a la televisión de los 90. Y si algún tipo de programa era el rey de aquella fanfarria de cardados, hombreras y lentejuelas esos eran los concursos. Los había de todo tipo y género. Aún recuerdo cómo “El Fleki” rapaba sin miramiento a los concursantes de “El Gran juego de la Oca”; cómo los pueblos desfilaban vestidos de sumo por una cinta transportadora en “El grand prix”; las bofetadas de las bailarinas del inefable “Uno para todas”; o cómo los esposos recién casados accedían a tirarse a una piscina con el traje de novios, el velo y el cancán por un viaje de bodas en “Luna de Miel” a la voz de Mayra Gómez Kemp. Quizá por ello un mariposeo -aún no sé si bueno o malo- se instala en mis vísceras cuando descubro que aquella esencia bizarra aún permanece en lo más profundo de nuestro ADN, en forma de concursos de pueblo que intentan aferrarse con más o menos acierto a lo que llaman “tradición”. Y esta ha debido ser mi semana de suerte, porque esa sensación de placer culpable no me ha ocurrido una vez, sino dos.  Sigue leyendo

De “bakalas” y feministas

Rubén (Paco León) y la Jessy (Yolanda Ramos), el paradigma pokero de Homo Zapping. // Imagen: Antena 3

Rubén (Paco León) y la Jessy (Yolanda Ramos), el paradigma pokero de Homo Zapping. // Imagen: Antena 3

Por Patricia Biosca

Allá por los tardíos noventas, época de mi edad del pavo particular, entre mis coetáneos utilizábamos la palabra “bakala” para referirnos a aquella tribu urbana que disfrutaba con los ritmos machacones tipo “Pont Aeri”, llevaba chándal con corchetes y/o los colores de la bandera de España en un lateral y entre los chicos un peinado que reconocíamos como “tipo cenicero” y entre las chicas una coleta alta y apretada solo despeinada por dos mechones finos delanteros que eran rubios en el caso de las más atrevidas. De repente, no se sabe muy bien cómo, la palabra para definir al mismo grupo cambió y pasaron a llamarse “pokeros” y “chonis”. En aquel momento, yo me quedé perpleja. ¿Acaso había algún matiz en el significado que había cambiado y yo no había notado? ¿Los pokeros llevaban el cenicero y la coleta más alta y yo no me había percatado? Me resistí todo lo que pude para seguir con la tradición “bakala”. Nadé a contracorriente para hacer ver que la palabra no estaba hueca, que aún tenía tanta vida como Dj Nano a los platos de “Música Sí”. Luché por hacer ver que eran nuestros “bakalas” y no sus “pokeros” quienes tenían preferencia. Y luego pasó con los góticos y los emos. Los rokeros y los “guarros”. Los litros de toda la vida, que pasaron a llamarse “catxis” y “minis”, como si fuésemos vascos o madrileños de toda la vida. ¿Pero quién había decidido cambiar el nombre a cosas que todo el mundo aceptábamos antes? Sigue leyendo

Superman con burbujas

Por Patricia Biosca

Gabinete Caligari cantaba aquello de “Bares, ¡qué lugares! tan gratos para conversar…”, y al “calor de este amor”, pero con tintes rurales, la marca de refrescos Coca-Cola ha ideado su nuevo anuncio publicitario, que tiene como protagonistas los locales habilitados para este fin (barra centro social, barra centro cultural, barra pseudoayuntamiento) en los municipios guadalajareños de Fuencemillán, Montarrón y Puebla de Vallés. Utilizando de pretexto la despoblación de la Serranía Celtibérica, bautizada por los medios como la “Laponia del sur de Europa”, pone al bar del pueblo como el último reducto de vida, su “alma”, como si fuese el único nexo que le ata a su existencia. El chato de vino como revitalizante de un lugar que agoniza (o perdón, el misterioso líquido que contiene la archiconocida botella de vidrio con tonos verdosos, aunque en el imaginario social no encaja tan bien como el primer referente. Coca-Cola, un poco traído de los pelos, perdona…). Sigue leyendo

Juego de Tronos

Imagen de la Sierra de Caldereros con el Castillo de Zafra al fondo. // M.P.

Imagen de la Sierra de Caldereros con el Castillo de Zafra al fondo. // M.P.

Por Marta Perruca

A estas alturas, todavía me sorprendo de lo rápido que avanza todo y los cambios que ha experimentado nuestra vida cotidiana, casi de un día para otro. Cómo las nuevas tecnologías han llegado, revolucionándolo todo: nuestra manera de relacionarnos con los demás, de buscar información, consumir productos e, incluso, de garantizarnos nuestro entretenimiento.

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