Teatro Mendocino, popular y entrañable

José Lus Matienzo, actor y director de la Escuela Municipal de Teatro

José Lus Matienzo, actor y director de la Escuela Municipal de Teatro

Por José Luis Matienzo*

En el año 1998 interpretaba el Tenorio Joven en el Mendocino mi primera vez, y mi suegra pidió a mi mujer venir a verlo. No me había visto representar en teatro nunca hasta esa noche. Al preguntarle qué le había parecido, con la mirada perdida en el recuerdo y un amago de sonrisa, me dijo: “Entrañable, muy entrañable”. Atrás quedaban las elucubraciones sobre el recitado del verso, la conveniencia del libro y del escudo, sobre si empezar en Lucena o en la concatedral… Se había conseguido el objetivo: llegar al espectador. Habíamos conseguido llegar al corazón. Aunque técnicamente fuera perfeccionable, y artísticamente mejorable, logramos transmitir, comunicar.

Sigue leyendo

La magia del Tenorio

Una escena del Tenorio de la pasada edición // Foto: guadaque.com

Por Alvaro Nuño.

Me declaró un ferviente admirador del Tenorio Mendocino. Cuando llega el último fin de semana de noviembre, se me pone una cara muy parecida a la del tercer fin de semana de junio en que se celebra el otro gran acto cultural “de masas” (digamos que reúne a más de mil personas) que tiene lugar en Guadalajara, el Maratón de los Cuentos. Y es que ambos tienen muchas características comunes: surgen de la sociedad civil, de gente que tiene ganas de hacer cosas por los demás y con los demás sólo por el placer de hacerlas. Y creo que ahí está la magia de su éxito, el de atraer a muchos de sus convecinos y que a nuestra ciudad le cambie esa cara, muchas veces demasiado mustia, al menos dos fines de semana al año. Sigue leyendo

Aniversarios

Logotipo creado por Gentes de Guadalajara para conmemorar el 25 aniversario del Tenorio Mendocino // Infografía: Fernando Toquero

Logotipo creado por Gentes de Guadalajara para conmemorar el 25 aniversario del Tenorio Mendocino // Infografía: Fernando Toquero

Por Óscar Cuevas

Es una muletilla, muy tópica entre los organizadores de eventos que se celebran anualmente, esa de decir, según se acaba una edición, que ya se está “trabajando para la siguiente”. Probablemente es un tic exagerado, pero seguro que encierra también su parte de verdad, por cuanto, según se desarrollan unas Fiestas, una Feria Apícola, un Fescigu o un Maratón de Cuentos -qué sé yo- quien lo vive desde dentro ya le está dando vueltas al magín sobre cómo corregir tal cosa, potenciar tal otra, o recuperar aquella que se hacía años atrás y que un día dejamos aparcada.

Sigue leyendo

La ocurrencia de Nogueroles

Esteban y Nogueroles

Nogueroles presentó la iniciativa acompañada del edil de Hacienda, Alfonso Esteban // Foto: Jesús Ropero (Ayto.Guadalajara)

Por Óscar Cuevas

Isabel Nogureoles tiene estas cosas. De vez en cuando se le enciende una bombillita, así de repente, y pare una idea. Y si nadie la frena (que no suele ocurrir, menuda es) pues la lleva a cabo. Porque ella lo vale. ¿Que por el camino tiene que convencer a Román? Lo hace. Y mira, a veces la cosa le sale bien; a veces, hasta muy bien. Pero en otras no pasa de ocurrencia. Y lo de esta semana es eso: una ocurrencia carísima.

Tan costosa, como 120.000 euros. Son los que apoquinaremos los guadalajareños por su decisión de erigir tres estatuas de bronce, dedicadas a otros tantos acontecimientos del calendario sociocultural de la capital. A saber: La Semana Santa, el Tenorio Mendocino y el Maratón de Cuentos. La fácil división nos da el cociente de 40.000 lereles por estatua. Curiosa cifra, pardiez, que debe ser tarifa habitual, porque coincide con el precio de la famosa efigie que los populares se empecinaron en levantar para mayor gloria de Juan Pablo II. Esa que los vecinos de la zona tienen rebautizada como “la de Batman”.

Estatua Juan Pablo II

Inauguración de la estatua de Juan Pablo II, en diciembre de 2011. // Foto: http://www.guadaque.com

Cardenal Mendoza

La estatua del Cardenal Mendoza fue otro intento de “embellecer” el entorno, que debemos a Bris // Foto: Herrera Casado

“Se trata de embellecer la ciudad”, ha dicho Nogueroles. Échense a temblar. Cada vez que un edil de esta ciudad ha decidido “embellecernos”, ya saben lo que ha venido ocurriendo. Bien es cierto que lo del arte urbano es muy subjetivo, y a unos agrada lo que a otros espanta. Servidor, en su particular museo de los horrores, tiene en un pedestal esa bicicleta gigantesca y amórfica de allá por Los Valles; las gotas con forma de peonza de Aguas Vivas, la peladura de monda de naranja que nos cascaron frente al Escartín; ese Cardenal Mendoza que parece un picador en tarde de toros… Y, sobre todo, esa “galería del terror” en que convirtió el viejo Bris al paseo de Las Cruces, cascando un decapitado cada 50 metros. Escalofríos me entran cada vez que pienso en ellos.

Dice Nogueroles que su nueva ingeniosidad goza del consenso del resto de partidos del Ayuntamiento. Supondremos, por tanto, que en el Pleno que hoy se celebra allí habrá unanimidad para aprobar la modificación presupuestaria que va a habilitar la partida para estas nuevas “estatuas noguerolianas”. En estos días no he leído reacción alguna de la oposición ni a favor ni en contra. Pero dando por cierto lo que dice la edil, si es verdad que hay consenso, repártanse los capones equitativamente, según nivel de representatividad, PP, PSOE e IU. Porque una ocurrencia compartida no es menos ocurrencia. Aunque si Nogueroles fue capaz de embaucar al siempre sensato Alfonso Esteban para que presentara con ella esta memez, la creo capaz de seducir hacia la locura de bronce al mismísimo Maximiliano. Que todo es ponerse.

Me pregunto de dónde habrá sacado la idea, doña Isabel. ¿Acaso han visto ustedes a algún representante de los colectivos a los que se pretende homenajear reclamar semejante asunto? Yo sí les he visto -a esos y a otros muchos ciudadanos con inquietudes culturales- pedir dinero, pero para muchas otras cosas. Para estatuas, nunca. Y se me antoja aberrante pulirse 120.000 del ala en estos muertos, en lugar de destinarlos a la financiación las verdaderas necesidades de la Cultura local. Que no son pocas, precisamente. ¿No es tremenda contradicción anunciar este dispendio la misma semana que conocemos que las asociaciones tienen que abandonar su cuchitril del Centro Cívico, y que varias se van a quedar sin un mísero localito, a falta de Casa de la Cultura? ¿No es tremenda contradicción que la partida prevista para estas efigies sea similar al gasto de la ñapa que le están haciendo al Teatro Moderno?

Les voy a contar una hipótesis. Alguno dirá que esta es ocurrencia de mi cosecha. Pero yo pongo la mano en el fuego. Estoy convencido de que el PP lo que de verdad quería era tan solo levantar la estatua de los nazarenos “semanasanteros”. Pero el único modo que ha tenido de presentarla con ese “consenso” del que presume es metiéndola en un paquete, digamos, “ideológicamente más amplio”. Faltan 5 meses para las Municipales, y los populares no podían someterse a otra catarata de críticas como las que recibieron con la estatua de Wojtyla. Ha habido ya demasiados gestos, demasiadas transferencias de dinero a la Iglesia (y no hablo de ayudar a su labor social, precisamente) como para permitirse otro aluvión de reproches. Por eso han tenido la ocurrencia para con el Tenorio y sobre todo la del Maratón. Vamos, que no es más que un ejercicio de “a ver si cuela”. Y colará, claro. Para eso mandan.

Imagen de la Semana Santa de Guadalajara // Foto: Enrique Mata http://enriquematag.blogspot.com.es/

Imagen de la Semana Santa de Guadalajara // Foto: Enrique Mata http://enriquematag.blogspot.com.es/

Pero lo cierto es que a la Semana Santa de Guadalajara no le hace falta ninguna estatua. Lo que necesita es un interés cultural y un respaldo social mayor; que no tiene, desafortunadamente para sus devotos. Porque esto no es Zamora, Murcia, Cuenca, ni siquiera Toledo. Y eso me temo que no hay estatua que lo remedie. Es más. Digo yo que puestos a poner una escultura a un acontecimiento religioso de peculiar valor de la capital, la mirada tendría que haberse ido hacia el Corpus, no hacia la Pasión. Y digo también que, puestos a ayudar al realce de la Semana Santa local, era bastante mejor idea aquella que sugirió la socialista Magdalena Valerio, en la última campaña electoral, sobre crear un centro de interpretación o un museo alusivo.

Tenorio Mendocino

Don Juan y doña Inés, en el último Tenorio Mendocino // Foto: Elena Clemente

Al Tenorio Mendocino, por su parte, tampoco le hace falta más escultura que las que figuradamente componen los actores, en esas tétricas escenas finales a la entrada de un Convento de la Piedad reconvertido en camposanto. El Tenorio precisa, si acaso, de más soporte económico. Y seguramente, de más cariño institucional. Y no tanto por parte del Ayuntamiento como de una Junta y de un consejero de Cultura que lo desprecia reiteradamente, hasta el punto de no conocerlo siquiera (como tampoco ha pisado en 4 años el Maratón de Cuentos). Y en cualquier caso. Puestos a poner una estatua a nuestro Tenorio, ¿por qué no decidieron representar las figuras principales de don Juan o doña Inés? Es fácil: El PP quiere la de Don Gonzalo porque es el papel que encarnaba el entrañable y nunca suficientemente bien ponderado Javier Borobia. Que es una eminencia adorable, pero que tampoco necesita estatuas.

Finalmente, el fantástico Maratón de Cuentos de Guadalajara no necesita de ninguna Bella Durmiente perenne y bronceada. Ya tiene su propia Blancanieves, de carne y hueso, que lo ha convertido -junto a cientos de manos voluntarias- en una maravilla. Pero desde el calor, no desde el frío metal. El Maratón, como el Tenorio, necesita de contadores y escuchadores, y de fondos que garanticen su superviviencia. Y sobre todo de mucho cariño social e institucional, de cosas tan sencillas como que el consejero de Cultura, ese compañero de partido de Román y Nogueroles, no demuestre su inmensa idiocia cada vez que se refiere a él.

Claro, que ahora que lo menciono, se me ocurre que, en lugar de la rueca de Aurora, la estatua alusiva al Maratón podría ser algo así como un perol gigante, colocado a la puerta del Infantado, donde hacernos una queimada comunal y bolivariana. Nos la beberemos a la salud de Marín, Nogueroles, y de sus ocurrencias.

Abrir las puertas

Patio de los Leones, todavía con el escenario utilizado el fin de semana para el Tenorio Mendocino. // Foto: R.M.

Patio de los Leones, todavía con el escenario utilizado el fin de semana para el Tenorio Mendocino. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

Ayer abrí las puertas del Infantado. Fue todo un gustazo.

No me malinterpreten: no es que abriesen las puertas del palacio sólo para mí, como ocurrió con el guateque del PP, ni que yo solito, con cuatro líneas escritas, haya obrado el milagro de devolver para todos la gratuidad de acceso al Infantado: para atribuirse estos méritos ya hay otras plumas que vuelan mucho más alto.

Lo que me ocurrió ayer fue algo mucho más prosaico, pero a la vez muy emotivo. Porque, rebotando entre callejuelas durante un paseo matutino, fui a parar a los pies del palacio y me sorprendió de pronto que su enorme portón siguiese cerrado, como en los últimos meses, cuando acaba de instaurarse una nueva regulación que, además de ampliar el horario de acceso libre, devuelve el gozo de poder entrar a través de la preciosa estampa que dibujan el zaguán y el Patio de los Leones al fondo. Como uno ya no gana para sustos, alertado por que tal vez se hubiese producido una marcha atrás en la marcha atrás, entré por la otra puerta, la que corresponde al Museo Provincial, y comenté el asunto a los trabajadores allí apostados, que me respondieron que, en realidad, todo era fruto de un descuido. Lo hicieron, eso sí, después de preguntarme si formaba parte de algún colectivo protestón.

Tras idenficarme como periodista -que en otros tiempos era signo de pertenencia a un colectivo protestón-, pasé al patio con el guardia de seguridad, que se dirigió a su vez hasta la puerta y, ya allí y desde dentro, descorrió los cerrojos. Ante mi atónita mirada se abrieron de par en par las puertas del Infantado dejando entrar un haz de luz.

El modo en que quedó restituido el paso libre tuvo no poco de ceremonia de liberación, de logro conseguido y compartido. Porque, aunque ayer por una razón coyuntural esa puerta se abrió únicamente por mi pequeña reclamación, lo cierto es que estas puertas han vuelto a estar abiertas gracias a la iniciativa de muchos de nosotros. Hemos sido muchos los ciudadanos que, cada uno desde su pequeña atalaya, hemos dicho que no, que las puertas tienen que estar abiertas. Tal vez por eso la maniobra para la apertura de las puertas me produjo una extraña emoción. Y quisiera pensar que no estoy exagerando al dotar al sencillo y anecdótico acontecimiento personal de un significado que no tiene.

Gentes de Guadalajara. Una vez en el patio, aproveché para pasear entre las columnas y admirar, más que nunca, esos grifos y leones que, como la libertad y los domingos por la tarde, sólo valoramos verdaderamente cuando nos los han arrebatado.

El Infantado no es para los vecinos de la ciudad un palacio desconocido, como otras joyas, y se me ocurre todo el conjunto de Adoratrices que levantó Ricardo Velázquez Bosco, con algunos rincones maravillosos. Durante años, muchos de nosotros hemos estudiado, leído, reído, fumado y escuchado y contado cuentos en estos claustros. O remachado los versos más conocidos que le susurra don Juan a doña Inés. Ayer todavía estaban amontonadas en el patio las sillas y el escenario vacío del Tenorio Mendocino, que tiene en esta misma arquitectura el escenario de dos de sus siete escenas. Es su marco incomparable, que dirían los clásicos.

La coincidencia en el escenario, no sólo en su dimensión más física, sino incluso simbólica (cultura popular en el palacio) es una de las más destacables entre este Tenorio Mendocino que lleva ya camino de los 25 años y un Maratón de los Cuentos que los cumple al siguiente. Pero no es la única. Partiendo de puntos de inicio tan diversos aparentemente, tienen las dos actividades más populosas y probablemente interesantes de nuestro calendario cultural muchos lugares comunes, además de que el Infantado lo es en sentido literal.

El Don Juan Tenorio de Zorrilla, libreto con muchos de cuyos mensajes -preferentemente el machista y el religioso- no comulgo, me atrapa en su versión itinerante mendocina, a propósito de la noche de difuntos, por su componente de ceremonia de la cultura popular, de transformación de los monumentos de la ciudad en que vivimos y por su capacidad para hacer ciudad, que conecta perfectamente con el espíritu del Maratón de los Cuentos, en un sentido que nos supo explicar muy bien en un artículo el profesor de antropología Jesús Sanz.

Coinciden ambas experiencias en modernizar dos largas tradiciones de la cultura española, como son el teatro clásico en verso y la narración oral; en ser espectáculos irrepetibles por la magia del directo aunque se repitan como formato edición tras edición; incluso en disponer de algo así como unos simpáticos mitos fundacionales que ensalzan lo impulsivo que hay en todos nosotros, con esas maneras tan descaradas de tirar para adelante entre amigos que tuvieron los Borobia, Suárez de Puga y compañía, por un lado, y las Blanca Calvo, Estrella Ortiz y demás, por el otro.

Todos los actores y figurantes de la última edición del Tenorio Mendocino. // Foto: Carmen Ibáñez (Comunicación Tenorio Mendocino).

Todos los actores y figurantes de la última edición del Tenorio Mendocino. // Foto: Carmen Ibáñez (Comunicación Tenorio Mendocino).

Pero por encima de tantas similitudes está el carácter popular. Y ambos son eventos hechos por las gentes de Guadalajara. Así se llama, de hecho, la asociación que organiza el Tenorio Mendocino y que ha vuelto a arrastrar nada menos que 140 voluntarios que cada año encienden la magia del evento, del mismo modo que otros 200 cada junio dan cuerda al carrusel de los cuentos en el Maratón. Resulta admirable el trasiego de conciudadanos caracterizados de época (ese enfermero que es don Juan, ese funcionario que hace de don Luis Mejía, esa aldeana que es fotógrafa profesional… y así, todo el elenco) como resulta emocionante la forma en que el escenario principal del Infantado convierte a niños y mayores, individuos sueltos, en pareja o en grupo, en narradores de turno y, por tanto, protagonistas de un acontecimiento que nos envidian en medio mundo.

Ambas citas, una en otoño, la otra en primavera, extienden su capacidad creadora más allá de las organizaciones que las han amamantado durante años, porque reclaman cada vez más la participación de otras asociaciones (coros, artistas, fotógrafos, etc) y las lanzan incluso fuera de las murallas de la ciudad. Porque si los cuentos tienen su particular Maratón Viajero, el Tenorio ha recuperado aquella vieja costumbre que tuvo de representarse en los pueblos, con un primer pase este año en Sigüenza que, con todas las mejoras técnicas y de búsqueda de escenarios que se puedan admitir, resultó una delicia. La ambición (altruista y cultural, nada lucrativa) que demuestran ambos eventos cada año está fuera de dudas.

Blanca Calvo, presidenta de la asociación organizadora del Maratón de Cuentos, con otros voluntarios al final de la pasada edición. // Foto: Juan Carlos Aragones - AGFU.

Blanca Calvo, presidenta de la asociación organizadora del Maratón de Cuentos, con otros voluntarios al final de la pasada edición. // Foto: Juan Carlos Aragonés – AGFU.

Subrayo todavía más estas conexiones entre el fin de semana de cuento y el fin de semana de teatro porque en algunas voces, incluso en algunas de autoridades políticas, he intuido cierta necesidad de rivalidad, como si conviniese tomar partido por un evento frente a otro. Aunque el origen de unos fuese algo tan ‘perrofláutico’ como contar cuentos y el de la otra surgiese en cenas de señores y señoras ataviados con capa, la evolución ha rebasado cualquier expectativa. En cada Maratón hay gentes de toda procedencia, como ocurre en el reparto de cada Tenorio, con una mezcla de identidades, filosofías de vida y orígenes sociales que sólo refleja la propia diversidad que tiene la calle, que es el lugar donde se desenvuelven ambas actividades.

Se equivoca quien, desde uno u otro lado, sugiera una elección entre el Maratón y el Tenorio, como se han equivocado en esta ciudad durante muchos años quienes han levantado una disyuntiva absurda entre Buero y Cela. La cultura, y más la que hacemos entre tantos, debe ser superadora de barreras e integradora, no exclusiva y obstaculizadora.

Políticas y políticos. Aquí la única lectura política, y de nuevo es compartida por el Maratón y el Tenorio, radica en la actitud de un consejero de Cultura, Marcial Marín, que ha ignorado o despreciado ambos eventos durante los cuatro años en que ha tenido oportunidad de disfrutar de ellos y respaldarlos con su presencia. Creo que los gestos están dotados de significados, aunque no sean lo más importante, y que la ausencia del titular regional de Cultura es reseñable y reprochable.

Pero es que, además, la Consejería de Cultura ha incumplido tanto en el fondo como en las formas: no hay ninguna partida regional para respaldar ninguno de estos dos eventos, a pesar de arrastrar más participación y más público que ningún otro al cabo del año y de que cumplen una triple función cultural, turística y social. Hemos advertido muchas veces de que no es de recibo que la narración oral no sea en nuestra región bien de interés cultural inmaterial (como sí lo son ya los toros o la cetrería) o que el Maratón aún no sea Fiesta de Interés Regional, como tampoco se entiende que el Tenorio de Gentes de Guadalajara, que sí goza de esta declaración, no reciba ni un duro desde Toledo.

Estos absurdos inexplicables resultan, por acción u omisión, decisión de nuestros políticos. A la Junta de los castellanos y los manchegos, a la que tan bien le sentaría hacer región con estos recelosos guadalajareños, le importan un bledo sus dos principales eventos culturales, que tanto tendrían que decir en esa tarea. ¿Cuál es la única aportación en ellos? Nos dirán que dejarnos entrar gratis al Infantado.

Entrar al Infantado. Todos los pasos conducen últimamente a este palacio. El mismo que el propio dirigente Marín nos cerró a los ciudadanos y mantendría cerrado de no ser por la airada reacción colectiva. Una vez me dijo un muy importante intelectual de la ciudad, nada sospechoso por cierto de bolchevismo, que no hay que buscar indicios de maldad, sino de ignorancia, en estas políticas de Marín. No hay más tonto que el que no reconoce su tontería. Lo del consejero habría tenido cura si hubiese asistido alguna vez a una edición del Tenorio o del Maratón de los Cuentos en el Infantado. Comprendemos así que ande perdido en un bucle de estupidez infinita.

El respaldo a las actividades culturales es también una cuestión política, que no es lo mismo que tener que supeditar los apoyos a las afinidades partidistas. Uno de los principales retos que tiene cualquier nueva candidatura en el ámbito municipal pasa por recuperar precisamente estos espacios públicos donde entre todos hacemos ciudad, ante el retroceso que sobre todo las políticas de instituciones como la Junta o el Patronato de Cultura han impulsado en esta legislatura. En esta tarea tan noble, el Infantado es un estandarte. No ha sido, por tanto, mal comienzo lograr que la Junta dé un paso atrás en el pago por acceder al Patio de los Leones. Pero este pequeño rescate debe ser sólo el principio: démonos el gustazo de seguir abriendo las puertas de los palacios.