El arte de tomar el fresco

Señoras y señor que toman el fresco. // Foto: CLM24

Señoras y señor que toman el fresco. // Foto: CLM24

Por Patricia Biosca

Cae la noche en un pueblo cualquiera de apenas un millar de habitantes en el que el calor da un poco de tregua con una leve brisa. La abuela recoge los platos de las salchichas regadas con ketchup que les ha preparado a los nietos para la cena, que llevan de vacaciones de verano una semana y le piden caprichos mientras los padres no están presentes -que suelen portar azúcar y/o estar envueltos en plástico-. “Yaya, ¿vamos a salir al fresco?”, le preguntan los chicos apurando la raja de melón que la anciana les ha dado de postre. “Sí, ahora cuando veamos que saca la Antonia las sillas”, les responde solícita la abuela. El ritual empieza con el levantamiento del fuerte por parte de la Antonia, al que se le van uniendo todos los vecinos del “barrio”, siendo “barrio” un concepto tan amplio que puede suponer desde dos calles a la equivalencia de una manzana de Nueva York. Las señoras, en su mayoría viudas, están deseando salir a comentar lo que ha dado de sí el día, lo que han visto en “el parte” -informativo de la televisión- o en “los santos” -las revistas- o lo que han escuchado en la tienda. Los nietos están deseando salir salvajes y sin restricciones a jugar hasta la madrugada por todas las calles aledañas, su hábitat estival. Y así transcurrían los veranos. Calurosos. Repetitivos. Felices. Sigue leyendo

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