Cuando la tragedia acecha

Por David Sierra

Una fiesta más que pudo virar en tragedia. Fue en Atanzón. Durante su feria chica donde, de nuevo, se dieron tres elementos que sumados son un coctel mortífero. Los toros a su libre albedrío, la edad y la inconsciencia de algunas personas en la medición del peligro. Hace unas semanas, en Horche un toro soltado al campo apagó la vida de un anciano a base de embestidas y cornadas. En Atanzón sucedió algo parecido. Aunque esta vez la suerte se alió con la víctima que, a pesar de la aparatosidad de la cogida, vio la luz y se recupera en la UCI donde fue ingresada en estado crítico. La mujer andaba entre los participantes del festejo sin que nadie se percatara del peligro que corría. Ni tan siquiera ella misma.

Y, sin embargo, a pesar de estos dos ejemplos no ocurren más tragedias porque como dicen los devotos “Dios no quiere”. Los festejos taurinos populares continúan albergando un cúmulo de irregularidades en materia de seguridad difícilmente atajables, que los convierten en especialmente peligrosos para el público y donde es habitual que se produzcan situaciones de riesgo constante para el público general.

Si bien es cierto que la legislación taurina se ha endurecido de manera considerable en aras de mejorar la seguridad de los participantes y espectadores con normativa específica que se ha prolongado incluso en el refuerzo de la asistencia sanitaria, el control sobre este tipo de espectáculos continua siendo insuficiente y, por tanto, proclives a sucesos fruto del desconocimiento de las normas.

El hecho de que estos acontecimientos vayan acompañados del adjetivo de ‘populares’ los convierten en especialmente peligrosos en la medida en que la línea que separa al público que acude a presenciarlos y los participantes que se involucran en ellos es tan tenue que permite a unos y otros traspasarla sin apenas ningún tipo de impedimento legal salvo la edad, dificultando en su caso la labor de quienes deben garantizar la seguridad dentro y fuera del recorrido del festejo en cuestión. Y tampoco ayuda el intercambio constante de responsabilidades que los agentes del orden público y los organizadores de este tipo de festejos tienen. Es habitual encontrar escenas donde la autoridad policial insta al máximo responsable del evento a llevar a cabo esa tarea de control del espectáculo al mismo tiempo que éste le recuerda que es su deber sancionar a quien incumple la normativa. Y unos por otros, la casa sin barrer y en el peor de los casos la ambulancia sonando.

Es curioso como en la celebración de otros tipos de acontecimientos populares, tal como las carreras a pie o ciclistas, la acotación de la figura del espectador y del participante es más evidente, de manera que unos y otros cumplen con el papel que han adoptado previamente. Esa identificación que se lleva a cabo a través de numeraciones en los participantes u otros distintivos permite no sólo a ambos ocupar el espacio previamente determinado para cada uno, sino distinguirse y respetarlo de acuerdo con unas responsabilidades y garantías previamente establecidas para cada caso. Quizá vaya siendo el momento también para que en los espectáculos taurinos populares se lleve a cabo una distinción previa de aquellos que acuden con intención de participar y, al mismo tiempo, separarlos del público presente. Eso ayudaría a garantizar la seguridad tanto por parte de las fuerzas del orden como por los propios organizadores del festejo a la hora de establecer las pautas necesarias requeridas para evitar cualquier incidente.

En suma con lo anterior, otro tipo de medidas como la inscripción previa de los participantes al festejo en cuestión o su limitación a un número determinado en función de las características del festejo podrían ayudar a tomar conciencia del papel que adoptan cuando acuden a este tipo de acontecimientos y sus posibles consecuencias.

Sin duda alguna, el reto es complicado en tanto que iniciativas como las planteadas chocan frontalmente con una tradición en el modo de desarrollarse de este tipo de espectáculos que suele ser poco propensa a aceptar de buen grado los cambios. Y ante la que el único argumento que vale es el de no hay nada más bonito que, después de un día de toros, llegar a casa sano y salvo.

Al mal tiempo, ¡buenas fiestas!

lluvia ferias

Previsión de la Agencia Estatal de Meteorología para estos próximas días. // Aemet.es

Por Álvaro Nuño.

Aunque a los de Guadalajara nos parezca mentira tras un día de fiesta total y ya inmersos en el viernes de la Semana Grande, el mundo sigue girando y el resto del país  parece que corre a otro ritmo que el de los habitantes de la capital, que parecemos pensar sólo en estos días en con quién vamos a quedar y dónde para pasárnoslo lo mejor posible. La oferta esta semana es amplia y variada y hasta hoy el tiempo ha acompañado con las salvedades de un viento un poco fresco y alguna noche más fría de lo normal. No en vano, entre el vestuario de las peñas, aquí nunca ha faltado la bata o la sudadera -ambas prendas de manga larga-, conscientes de que en este mes de septiembre, a partir de cierta hora la manga corta se queda demasiado corta. También no son pocos los que piensan que el primer cohete del primer encierro del jueves rasga el cielo de Guadalajara y eso llama a la lluvia.

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La cultura del tortazo

Por David Sierra

1555324831_782580_1555324969_noticia_normal_recorte1El tendido estaba a rebosar. También todo el pasillo del anillo que rodeaba el coso. La expectación máxima. Chavales, algunos veinteañeros, otros expertos, esperaban apoyados con los brazos cruzados sobre las tablas. En los burladeros sobresalía algún capote. Tampoco hay huecos. Y cuando se aproxima la hora señalada la impaciencia se hace más evidente. Los cohetes, lanzados en trío de uno en uno, entronizan el cielo armando un revuelo. La puerta de toriles se abre con rapidez. Tira el torilero de cerrojos, ese que se asigna el cargo por afición, y con varias palmadas sobre la superficie de chapa, llama la atención de animal que brota desde la oscuridad, emergiendo con los pitones en alto.

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Por un beso en un clavel

Por David Sierra

Hubo un tiempo en el que los pueblos, nuestros pueblos, contaban con dos aficiones que estaban estrechamente ligadas a su esencia. Una de ellas era la caza. La otra, la tauromaquia. Manifestarse en contra de cualquiera de ellas suponía una grave ofensa a todo un conjunto de valores socialmente enraizados, que implicaba incluso llegar a la marginación y exclusión social dependiendo del entorno y el lugar.

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Niñas pedorras que añoran las Ferias (parte II)

Toros de Fuego en Guadalajara. // Imagen: Facebook (Amigos del Ayuntamiento de Guadalajara)

Toros de Fuego en Guadalajara. // Imagen: Facebook (Amigos del Ayuntamiento de Guadalajara)

Por Patricia Biosca

Ya está, ya es oficial: feliz año nuevo, alcarreños. Esta frase tan manida a la par que tan cierta se escucha (o se lee. De nada. Un saludo) como un mantra el lunes postferias, ese día en el que se hace balance con números y años de lo bien que nos lo hemos pasado esta edición de la semana grande de Guadalajara. Si han echado un ojo a los principales titulares de la prensa sobre el balance que ha dado el Ayuntamiento de los actos, habrán leído varios “ausencia de incidentes destacables”. Yo, que como treintañera que aún no asume su edad, he salido como de costumbre -aunque menos jornadas, eso sí, que el cuerpo no aguanta los envites de la misma forma-, opino igual que el Gobierno local: no ha habido sucesos destacables. Y ese es el problema. Sigue leyendo

Tarde de toros

Por David Sierra

Hacía años que no presenciaba un acontecimiento como el vivido este verano. Acudí invitado, casi por compromiso, con tal de machacar una de esas tardes veraniegas sin planes con las tareas cotidianas ya liberadas. El pueblo, en fiestas, es de los pocos que aún defiende los toros en el ruedo; la lidia pura, con todos sus tercios en consonancia con la categoría de la plaza. Hay cosas que no cambian y otras que sí, a garrotazo de artículo de normativa. Una de esas que siguen vigentes es la de los ‘descamisaos’, personajes cuyas camisas apenas se sostienen gracias a un botón abrochado a la altura del ombligo, con un bolsillo a la derecha sobre el que recae el peso de una billetera y una cajetilla de tabaco con encendedor incluido. Revolotean entre el chiringuito y la arena del ruedo con el único afán de inmiscuirse en algún burladero. Entendidos de gorrilla y callejón, que con apenas dos vistazos ya le encuentran el defecto al astado de saldo.

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Tarde de toros en uno de los pueblos de nuestra provincia. / Fuente: David Sierra.

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OTorero, el concurso definitivo

José Manuel Latre, presidente de la Diputación de Guadalajara, en la presentación de "Guadalajara busca torero". // Foto: La Crónica

José Manuel Latre, presidente de la Diputación de Guadalajara, en la presentación de “Guadalajara busca torero”. // Foto: La Crónica

Por Patricia Biosca

Buceando por los diarios digitales locales a veces una se encuentra joyas que parece haber puesto el destino a sus pies, como el encuentro de un determinado astado con un determinante matador en una plaza de toros en la que la suerte se echa con la primera verónica. Y el símil taurino no es casualidad, como comprenderán. La III edición de “Guadalajara busca torero” me pareció en la lectura una joya en todos sus sentidos: fondo, forma y padrino protector. Para los que como yo no supieran de su existencia (a pesar de que no se trata de la primera cita) les contaré que se trata de un concurso donde jóvenes de entre 16 y 21 años, cuya máxima aspiración es convertirse en una figura del toreo, dan clases prácticas ante los becerros y novillos para demostrar su pericia y arrojo, pasando por la valoración de un jurado popular y otro profesional que les otorgarán el pase a hombros hasta la final, que se celebrará en Yunquera de Henares a finales de septiembre. Todo esto, repartido en un periplo por once pueblos de Guadalajara y bajo la atenta mirada de su padrino: José Ortega Cano, que se erige como ejemplo para los chavales. Ahí es nada. Pero desgranemos por tercios. Sigue leyendo