Cuando los nietos juegan a las tragaperras

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Máquina tragaperra típica de los 90. // Imagen: El Independiente

Por Patricia Biosca

No me acuerdo de su nombre, solo de su figura delgada vestida de negro, encorvada, coronada por un moño blanco muy apretado. Su cara, con múltiples pliegues provocados por el paso del tiempo, se iluminaba de amarillo, rojo, azul, verde… Mientras sus ojos se clavaban en aquellas cerezas, peras, campanas y símbolos del dólar que subían y bajaban al ritmo de una musiquilla infernal. No le hacía falta mirar hacia ningún lado más, pues se sabía con memoria mecánica dónde estaban cada uno de los botones, la rendija en la que metía la gasolina para una partida más, la trampa en la que caía el botín e incluso el lugar exacto donde había posado el café o el coñac -dependiendo del día- durante un momento para volver a llevárselo a los labios. Yo la miraba obnubilada, sentada desde el alféizar de la ventana del bar, sin comprender nada. No entendía cómo aquella anciana podía estar horas y horas allí, sin apenas mover los brazos, solo esforzándose por accionar una palanca. Cuando aprendí que hay una enfermedad relacionada con el juego, la personalicé en ella. Y hasta hace muy poco la ludopatía tenía su cara. Pero ahora el juego compulsivo se ha puesto gorra, zapatillas y bótox. Ya no es cosa de la tercera edad, sino que la primera también quiere su ficha.  Sigue leyendo