Hagan gasto en la tierra, que no todo es Amazon y Glovo

Por Sonia Jodra

No es la Semana Santa soñada, pero si pensamos en la que tuvimos hace un año, la actual nos puede parecer idílica. Hacer torrijas con un tutorial de Youtube fue el año pasado lo único con lo que pudimos celebrar la época de Pascua. Así que este año tenemos muchas cosas que celebrar. Celebremos la vida, el buen tiempo, los atardeceres y las vacunas que están llegando. Y ya que nos ponemos, hagámoslo con generosidad.

No podemos ir a la playa, a recorrer un país europeo en tres días ni a esquiar. Y aunque ver a los turistas franceses disfrutando de Madrid como nosotros no podemos hacer nos abre las carnes, hay motivos para disfrutar de este cierre perimetral regional que nos proporciona el placer de descubrir que, a veces, nos vamos muy lejos a buscar lo que tenemos muy cerca.

El turisteo por la provincia es tan ideal como el que nos obliga a pegarnos palizas de seis horas de coche con parada en Área de Servicio cutre. El Alto Tajo, el Barranco del Dulce y la Arquitectura Negra están espléndidos, en ese momento del año en el que todo brota. Las lluvias y la nieve del invierno han ido escurriendo poco a poco entre la tierra, generando ahora un espectáculo de colores y aromas inigualable.

Pero además de la vista y el olfato, esta primera Semana Santa de la era pandémica precisa de nuestra generosidad en el gasto. Gastemos con alegría. Cuando vayamos al pueblo, cuando visitemos la provincia, hagámoslo sin tacañería. No esperemos a que nos dejen ir a los centros comerciales de Madrid para gastar lo que tan bien le vendrá a nuestros hosteleros, comerciantes y restauradores en estos días.

Resulta irónico que prefiramos gastar en gasolina para irnos lejos a hacer la compra. No hombre, no. Compremos en los supermercados de los pueblos, echemos gasolina en las áreas de servicio del medio más rural, aunque sea más caro, y compremos todo lo que necesitemos en estos días en las tiendas de los pueblos. Si hay que salir, salgamos, con precaución, pero salgamos, a comer, a cenar, a tomar café, a merendar… Y cuando nos traigan la cuenta seamos sensatos a la hora de hacer comparaciones. En el tique que nos dan en el pequeño autoservicio de pueblo están incluidas muchas cosas que no tienen precio. No podemos pretender que los pueblos sigan siendo generadores de vida a coste cero. No sirve lamentarnos de que los pueblos se mueren y llegar con el coche lleno de todo lo que necesitamos cada vez que los visitamos. No sirve decir que nos encanta el senderismo de bocata y a la vez sentir que solo encontramos pueblos fantasmas en pleno invierno.

La vida urbana nos ha llevado a adquirir extraños hábitos que ya ni nos replanteamos. Pedimos cena barata a domicilio y obligamos a alguien a cruzarse la ciudad en bici, coche o moto para buscar nuestra cena y llevárnosla al otro punto de la ciudad. Damos por buenos este tipo de empleos precarios, fomentamos el empobrecimiento de los trabajadores y cuando vamos a un pueblo nos parece caro que nos pidan dos euros por un refresco y probablemente exijamos tapa, que el aseo tenga jabón de manos y que les den vasos de agua fresquita a los niños.

Estamos a tiempo, pero si nos aplicamos esa frase tan nuestra que desde pequeños nos han repetido; “no te estés”. Pues eso, no nos estemos a tonterías, seamos justos con nuestra tierra. Contratemos una visita guiada en Sigüenza o Guadalajara, igual que hacemos cuando vamos a Toledo, compremos regalos para los amigos, aunque nos parezcan caros y si hay que quedarse a dormir en Brihuega, mejor que mejor. Que, aunque esté cerca de casa, siempre es agradable despertarse en un sitio nuevo, con sonidos diferentes y aromas especiales.

Los pueblos se mueren, pero no lo hacen solos. Lo hacen con nuestra ayuda, nuestra indiferencia y nuestra distinta vara de medir. Pagamos 3 euros para que Amazon nos traiga a casa un boli que vale 4. Esperamos un mes para que nos lleguen de China unas zapatillas. Nos comemos la cena fría después de que haya hecho un absurdo viaje en moto. Pero cuando vamos al pueblo, pensamos que todo es caro, imperfecto y falto de sofisticación.

De verdad, celebremos que este año vivimos la Semana Santa en la calle, no como hace un año que estábamos encerrados. Con todas las precauciones, pero con todas las emociones que precisa una situación como esta. Hagan gasto, señoras y señores, que la tierra nos necesita. Compren, coman, beban, pernocten, alquilen, contraten… Porque tenemos motivos para celebrar y queremos seguir haciéndolo. ¡Feliz Semana Santa!

Próximo destino: Guadalajara

Susana Ruiz es Guía Oficial de Turismo y trabaja en el sector desde 1997.//Foto: José González Guijarro

Susana Ruiz es Guía Oficial de Turismo y trabaja en el sector desde 1997.//Foto: José González Guijarro

Por Susana Ruiz Herrera*

Siempre estuve convencida del potencial turístico de la provincia de Guadalajara. Me gusta ir a contracorriente.

Es espectacular recorrer estas tierras que nos sorprenden y regalan a cada paso espacios naturales de una biodiversidad impresionante, además de una riqueza en patrimonio histórico-artístico y etnográfico diferente en cada comarca. Emociona preparar cada viaje sabiendo que en cualquier rincón de sus 12.202 kilómetros cuadrados la ruta se hará única gracias a las sorpresas a descubrir. Y todo este patrimonio combinado con ricas tradiciones gastronómicas y nuestra privilegiada localización geográfica, conforma un atractivo estímulo para la iniciativa privada (¿y la pública?) que supondría un fuerte impulso para el desarrollo socio-económico de muchas zonas de la provincia.

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Otoño en modo “ON”

Paisaje otoñal en el Barranco de la Hoz. // Foto: J.A. Martínez Perruca

Paisaje otoñal en el Barranco de la Hoz. // Foto: J.A. Martínez Perruca

Por Marta Perruca

Un año más, el verano se ha deshecho entre nuestros dedos: entre las ramas de los chopos que chorrean raudales de hojas doradas que, poco a poco, se van acumulando al borde del camino y en los borbotones rojos que surgen entre los árboles de nuestros bosques, que el otoño acabará desnudando cuando inicie su rauda carrera marrón para encontrarse con el invierno. Pero ahora la naturaleza se pone sus mejores galas para admirarnos con su explosión de colores otoñales y estas primeras lluvias nos invitan a salir en busca de esas deliciosas setas que nos regala la naturaleza y que descubrimos entre exclamaciones de sorpresa como si de pequeños tesoros se tratase. Y no ha despuntado el alba y ya escuchamos desde la cama el ladrido nervioso de los perros y los coches poniéndose en marcha para salir de cacería envueltos por el olor del bocata de lomo recién hecho o, puede que con la tortilla de patata en la tartera.

El otoño en los pueblos de nuestra provincia tiene otro sabor, otra intensidad y otro ritmo distintos a los que están acostumbrados los vecinos de la capital. Son muchos los que se escapan un fin de semana o varios para disfrutar de esos pequeños placeres que han quedado sepultados bajo bloques de cemento en las ciudades, sin tan siquiera preguntarse por qué están ahí y, quizá, dando por hecho que estarán esperándoles el año que viene cuando decidan regresar.

Me sugería nuestra compañera, Concha Balenzategui, que hablara hoy de las setas, recordando que solía ser un tema recurrente de esta temporada en las páginas de los diarios de nuestra provincia. Cabría hablar en estos días de consejos y precauciones, pues cada año, por estas fechas, los molineses nos acordamos del mal rato que pasamos con la intoxicación por amanita faloides que casi le cuesta la vida a un vecino de nuestra localidad; también de una regulación de esta actividad que nunca termina de llegar. En los pueblos de la provincia, muchas veces, nos lamentamos de que cada vez son más las limitaciones que nos imponen para disfrutar de un medio que nos perteneció a base de jornadas inolvidables que han construido nuestros recuerdos y nuestra identidad, pero también es cierto que después clamamos al cielo cuando pasa la marabunta de recolectores “furtivos” que descorchan y arrasan el suelo de nuestros bosques con el uso de rastrillos; o por las prácticas delictivas, cada vez más frecuentes, de algunos foráneos que amenazan y extorsionan a aquellos que pretenden pasar un día en el campo recolectando setas, como si la explotación de esos montes de uso público fuera de su propiedad.

Con las lluvias, han salido ya las primeras setas de otoño. // Foto: A. Perruca

Con las lluvias, han salido ya las primeras setas de otoño. // Foto: A. Perruca

Pero, con todo, y de alguna manera, cuando el verano pierde intensidad, el otoño nos espera con su particular sinfonía de color. Nos esperan los montes repletos de boletus, niscalos, champiñones, o setas de cardo y los cotos están listos para la caza del ciervo o el jabalí y sigue siendo así, quizá por que el bajo índice de población de nuestras zonas rurales contribuye a su buen mantenimiento, pero a menudo me pregunto qué sería de estos espacios si en nuestros pueblos ya solo chillasen los fantasmas y no quedase nadie que velase por ellos.

Es fácil adelantarse al adjetivo que describe a estas zonas que aglutinan los pulmones de la provincia. Son las comarcas olvidadas. Esos territorios que a fuerza de despoblación parece que no interesan a nadie, porque la lógica del sistema no se rige por una gestión eficiente y responsable, sino por el peso de las papeletas en las urnas. Por eso, parece lógico que las plataformas de estos lugares de olvido: La Otra Guadalajara y la Plataforma en Defensa de la Sierra Norte, unan sus fuerzas a las de otros colectivos en una manifestación, prevista para el 8 de noviembre, con un amplio catálogo de reclamaciones de toda índole –contra el Fraking, la despoblación o los recortes en Sanidad y Educación; para la firma de un convenio Sanitario con la Comunidad de Madrid o la construcción del Parador que se prometió, entre otras-  y bajo el lema “‘Defiende tus derechos, defiende tu tierra, defiéndete”.

Desde mi atalaya, me gusta contemplar las posiciones estratégicas en la lucha contra la despoblación, en la que este tipo de plataformas cumplen un papel fundamental. Ellas trabajan en la defensa de los intereses de los territorios y en combatir las injusticias cuando el peso de los votos desequilibra la balanza. Ellos son los contrafuertes que apuntalan el edificio, pero lo cierto es que nada impedirá que éste se desmorone si no existe un elemento activo y dinamizador que trabaje en la reconstrucción de la casa, mientras los puntales la soportan.

El otro día, viajaba a Utrillas para participar en unas jornadas sobre despoblación organizadas por la Diputación de Teruel, bajo el título “Iniciativas para el mantenimiento y acogida de pobladores en los pueblos de Teruel“, en las que se presentaron algunos de los programas que se están desarrollando en la provincia vecina para hacer frente a este fenómeno, algunos de ellos con arraigo también en nuestra provincia como “Fundación Cepaim”, que pretende asentar población inmigrante en aquellos municipios con problemas de despoblación o “Abraza la Tierra”, que ofrece asesoramiento y apoyo a aquellas familias que buscan un proyecto de vida en el medio rural; y proyectos, como “Serranía Celtibérica”, del que ya he hablado en otras ocasiones, y que plantea una herramienta de desarrollo basada en los recursos de estas zonas y una vía para recavar fondos europeos teniendo en cuenta sus especiales circunstancias.

No obstante, lo que más me impactó de estas jornadas fue la exposición del profesor  Luis A. Sáez, de la Universidad de Zaragoza. Puede que estemos tan acostumbrados al argumentario victimista de los territorios asolados por esta problemática, por un lado, y a los discursos mesiánicos de los representantes de las administraciones que parecen haber encontrado la panacea con cada política que abordan al respecto, por otro, que se nos haya pasado por alto realizar un análisis frío del mismo.

Desde luego, a mí me llamó la atención que en un encuentro en que cada cual vendía los parabienes del proyecto que está llevando a cabo, alguien salga al estrado para poner de manifiesto que se han estado haciendo las cosas mal desde la base. Según el profesor no sólo hemos llegado tarde, sino que lo hemos hecho con un problema de enfoque y con diagnósticos erróneos. No todos los lugares acuciados por la despoblación están dispuestos a embarcarse en un proyecto de futuro. Parece obvio que si de lo que se trata es de reanimar al muerto, lo más importante es que éste tenga ganas de vivir. La condición de posibilidad de nuestros pueblos es la existencia de una masa crítica con la realidad que le rodea y que tenga la voluntad de emprender reformas para revertirla. La situación actual, dijo, es consecuencia de la inacción política, pero también social. Por otra parte, habló de una absoluta carencia de evaluación de resultados en las políticas de desarrollo rural y de un análisis coste-beneficio, así como de acuerdos horizontales entre territorios o administraciones para afrontar problemáticas comunes. Pero no todo son nubarrones negros en el planteamiento del investigador social, quien terminó la exposición señalando los tres pilares sobre los que, desde su punto de vista, se puede asentar el futuro de estas zonas rurales: Talento, Tolerancia y Tecnología.

Podríamos haber salido de aquellas jornadas con el ánimo por los suelos y decididos a tirar la toalla, ante la evidencia de que hemos llegado tarde a nuestra lucha y, sin embargo, creo que sucedió todo lo contrario, porque entonces pensamos en todos esos pueblos que todavía tienen una masa crítica; en esas asociaciones y colectivos de la comarca a la que pertenecemos, que parece que solo necesitan una pequeña chispa para que se encienda una gran llamarada de acción y que se encuentran siempre dispuestos a empujar, cuando la situación lo requiere. Nadie va a venir a rescatarnos, ya lo he dicho otras veces, pero eso no quiere decir que tengamos que dejarnos morir, sino que quizá solo debamos aprender a rescatarnos a nosotros mismos: Pulsar el botón de ON para poner en marcha una maquinaria que nadie pueda ya detener y que llegue otro nuevo otoño, pero no porque nos hayamos quedado sentados esperando, sino porque estemos convencidos de que el camino emprendido nos encontrará cada año despertándonos en medio de ese espectáculo que nos brinda la naturaleza a esos que todavía tenemos el privilegio de vivir en el medio rural.

A propósito del verano

José María Barreda durante la inauguración del Centro de Interpretación de Zaorejas. // Foto: www.lacerca.com

José María Barreda durante la inauguración del Centro de Interpretación de Zaorejas. // Foto: http://www.lacerca.com

Por Marta Perruca

Siempre he tenido la sensación de que el tiempo pasa más deprisa en primavera y verano. Son meses que discurren raudos en el calendario, quizá porque se configuran las circunstancias idóneas para que nos detengamos un buen puñado de instantes a disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Parece como si el sol, por una especie de embrujo, hiciera que nos afanemos con mayor ahínco en diseñar momentos agradables. Pensamos, por ejemplo, en planear nuestras vacaciones a la playa o a cualquier otro destino, pero después la cosa no se queda ahí y entonces buscamos nuevos días de sol para seguir disfrutando.

La llegada del verano nos recuerda que los hermosos parajes naturales de nuestra provincia están ahí. Llevan esperando todo el año a que vayamos a visitarlos, a que nos bañemos en las aguas de nuestros ríos y pantanos y disfrutemos de sus paisajes con la tartera de tortilla de patata en la mochila o cargando en el maletero con la nevera y la mesa y las sillas plegables de campo, cuando nos ponemos el atuendo de domingueros. No es que el resto del año desaparezcan. Puede, incluso, que nos decidiéramos a salir una mañana de otoño a recolectar setas o, simplemente, a dar un paseo, pero no fue más que un tímido pensamiento que cierto día nos animó a ser intrépidos. En verano escuchamos alta y clara su llamada, casi como un mandato categórico, que nos obliga a disfrutarlos al máximo antes de que el frío establezca sus límites y la pereza nos aconseje quedarnos en casa.

Y cada año, cuando el verano pone en la hoja de ruta estos rincones, no puedo evitar acordarme de que los centros de interpretación, para los que se desembolsaron millones a mansalva en época de bonanza, continúan cerrados. Aquellos eran tiempos en los que la inversión más importante parecía no ser la más útil y mejor pensada, sino la que llevaba adosada un presupuesto de mayor cuantía, como si la preocupación de los dirigentes por los ciudadanos a los que gobernaban se midiera, entonces, en millones de euros, en lugar de en medidas eficaces. Y claro, entre todas las infraestructuras que vieron la luz se encontraban estos centros de interpretación que, con excepciones, podría decirse que  competían en ver cuál tenía el diseño más ostentoso y menos sostenible, en el que encajaran bien los políticos el día de la inauguración, para hacerse la foto.

Lo cierto es que casi fue esa su única función, porque poco después de concluirse los seis centros de la provincia  (cuatro en el Parque Natural del Alto Tajo y dos en el del Río Dulce) –dejaremos al margen el de la Riba de Saelices, al que ya ni se le ve, ni se le espera-, llegó ese mandato de austeridad a cerrar sus puertas. La austeridad y la intención velada o claramente manifiesta, según se mire, de la Junta de Comunidades de privatizarlos. Pero el Gobierno regional no contó con que esta oferta no resultara interesante para la empresa privada, primero porque el criterio, o la falta del mismo, con el que fueron diseñados hace muy costoso su mantenimiento y después, porque tal y como están planteados, no son rentables.

Las distintas administraciones han mostrado cierta voluntad de volver a abrir sus puertas. Sin ir más lejos, hace apenas unos días conocíamos el acuerdo que ha alcanzado el Gobierno regional con Geacam para que la empresa pública se haga cargo de su mantenimiento y gestión durante los años 2014 y 2015, aunque los centros permanecen a día de hoy cerrados y no se concreta una fecha, ni calendario de apertura. También hay que tener en cuenta que se ha dejado pasar el tren de la Semana Santa y de la primavera e, imagino, que habrán sido muchos los visitantes que se marcharían decepcionados al encontrar sus puertas cerradas a cal y canto.

También el año pasado se anunciaba de manera somera su apertura y los centros abrieron sus puertas sin pena ni gloria durante algunos fines de semana. La medida no contó con la publicidad necesaria y si alguien se enteró fue de casualidad. De esa manera me encontré abierto el Centro de Interpretación de Pelegrina, dedicado al Barranco del Río Dulce y a la figura de Felix Rodríguez de la Fuente, cierto fin de semana de otoño, justo el último domingo antes de volver a cerrar sus puertas.

Imagen del interior del centro de  interpretación de Pelegrina. // Foto: M.P.

Imagen del interior del centro de interpretación de Pelegrina. // Foto: M.P.

Por otra parte, existen iniciativas municipales como la de Checa, que propone un catálogo de medidas, como ubicar allí una modesta tienda, con el fin de lograr hacer su apertura económicamente más viable. La propuesta ha sido bien acogida por los órganos gestores del Parque Natural, pero el Ayuntamiento todavía no tiene noticias al respecto.

Y es cierto que si nos ponemos a echar números y sopesamos en la balanza las prioridades de gasto que impone la crisis, está claro que la apertura de estos centros retrocedería posiciones hasta ocupar los últimos puestos de la lista. Es evidente que la gestión de estos centros nunca podría ser rentable para una empresa privada, por mucha entrada que pretendiera cobrar por su visita. Desde luego, no es necesario tener  dos dedos de frente para darse cuenta de que dos y dos son cuatro. Pero que estas infraestructuras no sean apetecibles para una empresa privada no quiere decir que no sean rentables.

¿Cuántas veces nos lamentamos de que el turismo de esta provincia, a pesar de su importante riqueza patrimonial y natural, no acaba de despegar? Tenemos extensas zonas rurales que hoy por hoy malviven prácticamente del turismo, porque apenas cuentan con otro recurso que explotar.

Desde mi punto de vista, el problema está claro. Si el turismo de esta provincia no ha terminado de arrancar es porque carece de una apuesta firme y, en consecuencia, la oferta turística no termina de llegar de una manera clara al visitante potencial.

Para lograr un despegue real se deberían dar muchos pasos previos, tanto en la promoción de este territorio, como en la rehabilitación, mantenimiento y dinamización de los recursos y establecimientos turísticos. Pero en ese puzzle, los centros de interpretación podrían cumplir un papel muy importante, como puntos estratégicos de información que fueran auténticos escaparates de la oferta turística, desde donde centralizar y distribuir las visitas por todo el territorio. Lugares donde, más allá de mostrar los caprichos de un arquitecto o de una empresa de diseño de interiores, que en su día se llenaron los bolsillos con aquellas adjudicaciones millonarias, se mostrase no solo el valor natural del entorno, sino también el resto de  la oferta turística de los alrededores. Y ya de paso, además se podría facilitar información sobre los alojamientos y establecimientos hosteleros existentes, que por cierto, no son demasiado abundantes en estas zonas, y estoy convencida de que, como a mí me ha pasado en más de una ocasión, trae de cabeza a los excursionistas que improvisaron convencidos de que podrán llevarse algo a la boca en alguno de los pueblos de la zona.

No es casualidad que, cada año, cuando el verano hace todavía más visibles los rincones naturales de nuestra provincia, me acuerde de los centros de interpretación, cuya construcción supuso un desembolso importante de dinero, que en lugar de una inversión pareció ser un gasto. Y lo que me resulta más paradójico es que, a pesar de ello, no logro  considerarlos como uno de esos proyectos baldíos que consiguieron ver la luz con las vacas gordas. Muy al contrario, creo que eran necesarios. Lo que puede que resultara oportunista fue su planteamiento y desarrollo. Quizá ahora que la crisis nos ha vuelto más audaces, en lugar de esperar que la solución llueva del cielo, se podría apostar por una vuelta de tuerca, para que además de bonitos y ostentosos, fueran útiles y rentables.

Pero quizá todo esto solo sea una de mis divagaciones, a propósito del verano.