El mono sin nombre desde 2012 del Minizoo

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Antonio Román acariciando a una de las nutrias del Minizoo. // Foto: Zoo Municipal de Guadalajara

Por Patricia Biosca
El Minizoo de Guadalajara (vale, oficialmente es el Zoo Municipal, pero yo le tengo más cariño al apodo coloquial) es como el curry: lo amas o lo odias. Cierto que huele a caca, que muchas veces está sucio, que los lobos alopécicos no tienen mucho espacio para girar y girar sobre el mismo terreno de forma enfermiza o que los pavos reales son, en ocasiones, algo violentos. Pero para mí es un lugar mágico en el que puedes buscar piñones, llegar hasta un mirador de aves en el que deleitarte a la vez con la vega del Henares y un “bellísimo” polígono industrial, observar el cabreo de los monos a través de un cristal o viajar a los ochenta, que se han quedado congelados en los carteles verdes y amarillos que no pierden color ni aunque les dé un sol de justicia.

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