La vida antes de Facebook

Imagen que explica la evolución de Facebook. // Foto: www.proyectogamer.tv

Imagen que explica la evolución de Facebook. // Foto: http://www.proyectogamer.tv

Por Marta Perruca

¿Recordáis cómo era la vida antes de Facebook?

Parece que fue ayer cuando creábamos nuestra primera cuenta de Hotmail o Yahoo. Entonces nos parecía casi como cosa de magia eso de escribir una carta y que, al instante, el destinatario la tuviera en su bandeja de entrada. En aquellos tiempos estábamos deseando abrir el correo y que alguien nos hubiera mandado una de esas cursis presentaciones en Power Point para compartirla con nuestros contactos, aunque claro, enseguida nos cansamos de aquello y empezaron a resultarnos ciertamente molestas, casi como ahora los Spam.

Pronto comenzamos a aficionarnos al Messenger, porque de repente ya no solo teníamos Internet en el trabajo o en la universidad: La Red se había colado en nuestros hogares. Seguíamos teniendo aquel aparato en un rincón con el que era presumiblemente más cómodo hablar, pero el chat era la novedad y podíamos pasarnos horas y horas improductivas frente a la pantalla del ordenador, ocupados con las conversaciones más anodinas.

Enseguida creamos nuestro primer blog, en mi caso, de una manera bastante ingenua. Se trataba de una suerte de cajón de sastre donde simplemente ahondaba donde quisiera que me llevasen las letras ese día. Para mí fue verdaderamente alucinante ese primer encuentro con una realidad en la que yo escribía algo y cualquiera, en cualquier lugar del mundo, podía leerlo. En un arranque de creatividad, un día, se me ocurrió iniciar una novela e invitar a los internautas a continuar con el relato. Bueno, tengo que admitir que la mayoría de los que aceptaron la invitación fueron familiares y amigos, pero me pareció increíble que aquel proyecto fraguase y que también algún que otro desconocido se colara en mi blog para brindarme un pedazo de literatura.

Y entonces llegaron las Redes Sociales y aquello ya fue la bomba. No tardamos en abrirnos una cuenta en Facebook y, más tarde, en Twitter , que al principio no eran más que otra forma, algo más sofisticada, de compartir fotos y hacer comentarios. Subir las imágenes de nuestros acontecimientos, viajes y celebraciones se convirtió en un gesto cotidiano, mientras nuestra red cerrada de amigos se multiplicaba exponencialmente. En aquellos días ironizábamos con eso de que nuestros amigos se podían contar con los dedos de las manos, pero en Facebook teníamos más de 200. Todavía recuerdo la cara que se me quedó cuando mi madre me envió una solicitud de amistad.

No recuerdo la última vez que hablé con Ana, pero ayer me emocionaba al ver una foto de su boda; también supe que Jose ha sido padre y, asiduamente, leo las reflexiones que inspiran a Vanesa sus viajes matutinos en metro para ir a trabajar.  Puede que hayan pasado siglos desde la última vez que me tomé una caña con algunos amigos, pero no se me olvida dejar mi felicitación en su muro cuando llega su cumpleaños, porque el chivato del Facebook me lo recuerda. Hoy mismo leía una noticia en Twitter sobre una familia que, gracias a un perfil de Facebook,  ha localizado en un hospital uruguayo a su hermano desaparecido desde hace cuatro años, al que ya daban por muerto.

Las redes sociales, sin duda, han cambiado nuestra vida cotidiana y la forma que tenemos de relacionarnos con las personas, pero al mismo tiempo, se han convertido en una poderosa herramienta. Ya no son meros sumideros de fotografías, vídeos y comentarios insustanciales, sino que se han configurado como verdaderos foros de opinión, donde la gente se atreve a valorar los aspectos más variopintos de la realidad.

Más allá de lo puramente anecdótico, de esos que cuelgan sus selfies o la cita de un escritor famoso, en el momento de ponerme a escribir este artículo se me venía a la cabeza cómo esta nueva Era ha dado voz a aquellas comarcas o núcleos de población que antes no aparecían ni en el mapa.

Y hablo de algo que conozco muy bien, porque he vivido tiempos de silencio, en los que Molina de Aragón era simplemente un pueblo y una comarca que estaban muy lejos y no importaban a nadie y hoy, aunque seguimos teniendo un índice de población inferior al de Siberia, parece que se ha despertado cierto miedo a los fantasmas. Y hablo de tiempos que están todavía a la vuelta de la esquina, cuando lo que no aparecía en la agenda de los medios, simplemente, no existía, pero que en virtud de esta tercera generación de los Social Media, los fantasmas están adquiriendo forma corpórea y no sólo los podemos ver, sino que también tienen voz y resulta que la gente los escucha. Ya no son un puñado de votos que no van a ninguna parte, sino una corriente de opinión que amenaza con extenderse como la pólvora.

Las protestas que desencadenó la visita de María Dolores de Cospedal a Molina de Aragón, el pasado mes de enero, con motivo de la firma del convenio sanitario con la vecina Comunidad de Aragón, habrían sido un mero episodio desafortunado con el que se envolvería el pescado de al día siguiente, si de otra época se tratase. Apenas un insignificante borrón en la trayectoria política de una presidenta regional, que tratándose de un lugar apartado, despoblado y que no importa nadie, quién sabe si habría pasado completamente inadvertido o reducido a un simple párrafo dentro de una de las noticias de algún periódico provincial. Pero vivimos en la Era de las Redes Sociales y ahora llevamos las cámaras de vídeo y de fotos, el micrófono e incluso el ordenador en el bolsillo. Cospedal todavía se encontraba en el interior de Santa María del Conde, presidiendo el acto, y las redes sociales ya echaban humo con vídeos, fotografías y raudales de comentarios sobre lo que acontecía afuera.

Los representantes políticos tienen ahora otro frente en el que luchar a la hora de mantener o limpiar una imagen, que por lo visto, es su asignatura pendiente. Y es que los intentos de depurar responsabilidades, no sólo no han conseguido lavar los trapos sucios, sino que parece que está siendo peor el remedio que la enfermedad. La sanciones interpuestas por la Subdelegación de Gobierno, que hace responsables de las protestas a algunos portavoces de la Otra Guadalajara, han sido respondidas con las manifestaciones de solidaridad de asociaciones, plataformas, sindicatos y ciudadanos, algunos de ellos ajenos a la comarca, que muestran su apoyo a la plataforma ciudadana. Entonces, ya no se trata solo de un puñado de votos, sino que cualquier incidente que tenga repercusión en la Red puede tener consecuencias difíciles de medir y controlar.

Solo con este caldo de cultivo, que ha sido propiciado por Internet y las Redes Sociales,  puede explicarse que un partido como Podemos, con apenas cuatro meses de vida, haya sido capaz de obtener 1.245.948 votos y cinco escaños en las pasadas Elecciones Europeas.

En fin, que aunque sea obvio, todavía hay quien no se ha dado cuenta de que no sirve de nada luchar en este frente con ruedas de prensas sin preguntas, actos sin declaraciones o intentos de secuestrar publicaciones con el chantaje de la publicidad institucional.

Sin embargo, y aun valorando los parabienes de esta poderosa herramienta, me atrevería a afirmar que esta moneda, como todas, tiene dos caras. El punto álgido del influjo de las redes sociales ha coincidido en el tiempo, quizá más que por casualidad, por causalidad, con un declive de los medios de información convencionales, por lo que la información llega a su consumidor final, en muchos casos, sin ningún filtro que actúe con un criterio de objetividad y, en otros, con propósitos interesados.

Vivimos momentos extraños y trepidantes en los que el tiempo acelera a marchas raudas su avance sin mirar el reloj. Empezamos a ser prisioneros del vértigo y ya apenas somos capaces de asimilar lo que sucede en un segundo. Antes nos olvidábamos de las voces que no existían y ahora estamos al borde de la esquizofrenia y me preocupa que un día seamos incapaces de escuchar lo que realmente importa.

Quizá este flujo desbordante de información termine siendo como esas presentaciones en Power Point que nos parecían tan graciosas en un primer momento, pero que terminamos detestando.

Y sé que barro para casa con esta reflexión pero, quizá en este momento en el que cualquiera dispone de una plataforma para hacer sus manifestaciones sin intermediarios, sea cuando los medios de comunicación son más necesarios que nunca, con el propósito de realizar un análisis sosegado e imparcial de la realidad. Sin embargo, comparto la visión de mi compañero Yago López: Nos parece lógico pagar la cuenta después de tomarnos unas cañas, pero en esta nueva Era en la que el acceso a la información se presenta como gratuito, ¿estamos dispuestos a pagar por recibir una información de calidad?

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