Aquellos mineros de Hiendelaencina

Por Enrique Alejandre Torija*

“Así vosotras, no para vosotras hacéis la miel, abejas”.
Virgilio

Un agrimensor, de nombre Esteban Gorriz, descubrió en 1844 un crestón baritoso en las inmediaciones del pueblo de Hiendelaencina, que revelaba la existencia de una veta o filón de plata. Ese mismo año, el 8 de agosto, se constituyó la Sociedad Santa Cecilia y con ello el comienzo del aprovechamiento de los yacimientos. Desde ese año y hasta 1870 tuvo lugar el primer periodo floreciente de la explotación, en el que se obtuvieron dos tercios de la plata extraída en el total del distrito, de los que el capital inglés se llevo la parte del león, siendo su valor total de casi 258 millones de reales.

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El pisito del duque y los tragaldabas

Infantado. IGE

Plano de planta del Palacio del Palacio del Infantado en 1878, año en el que el Ayuntamiento de Guadalajara compró a Manuel Téllez Girón y Beaufort la tercera parte del edificio. // Documento:  Instituto Geográfico y Estadístico.

Por Jorge Riendas*

No creo que vaya a ser yo un visionario si afirmo con rotundidad que Guadalajara y su gente están muy unidos al pasotismo, pero sí creo que es hora de empezar a poner en valor que cada vez lo somos menos, y cada vez nos gusta menos comulgar con ruedas de molino.

Si la energía nuclear no tenía buena prensa, alguien decidió que instalar dos reactores en Guadalajara no sería un problema, y así lo fue durante bastantes años, llegando a tener la primera y la última de las centrales que se construyeron en España.

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Recuperar la Guadalajara que ya no existe

Reconstrucción de la iglesia de San Miguel del Monte (1575). // Imagen: PAR

Reconstrucción de la iglesia de San Miguel del Monte (1575). // Imagen: PAR

Por Pablo Aparicio Resco*

Este rincón de la red de redes en el que escribo es, por fortuna, lugar en el que no caen en el olvido los cientos de solares que vacían dolorosamente Guadalajara, cada año, de lo que algún día se rodeó de vida. Se ha criticado aquí la destrucción continua del casco histórico de nuestra ciudad, en buena parte debida a la desidia histórica y a la poca sensibilidad patrimonial de los gobernantes alcarreños a lo largo de los siglos y hasta hoy día, pero también se ha dado cuenta del interés que suscita el patrimonio perdido de nuestra capital y nuestra provincia y la necesidad de defender el que aún atesoramos.

Para hacer que este interés eche raíces y crezca, para empatizar todavía más con aquella Guadalajara que algún día fue y, de este modo, sentir la necesidad de proteger con más fuerza lo que hoy aún conservamos, es fundamental aprovechar las posibilidades que las nuevas tecnologías nos ofrecen a la hora de crear ventanas al pasado y viajes en el tiempo como el que les invito a disfrutar. Sigue leyendo

Saudade o la vida de los PIGS

 

Otoño en el sur de Inglaterra

Otoño en el sur de Inglaterra. // Foto: Berta Pastor.

Por Berta Pastor Estremiana*

Es otoño en el sur de Inglaterra. Los árboles pierden hojas por segundo y la carretera se llena de niebla y amaneceres rosas. Cristina y yo llevamos trabajando juntas casi tres años. La rutina siempre es la misma: mensaje de texto, coche, cigarro y humo por la ventana, conversación rápida sobre el fin de semana, risas y quejas, llegar al trabajo.

Esta mañana de otoño Cristina no quiere hablar. El cigarro de rigor sabe un poco amargo y el ambiente se siente pesado. La mujer portuguesa me cuenta que tiene “saudade” y está triste. Triste porque Portugal arde y ella está lejos. Triste porque sus padres envejecen y ella está lejos. Triste porque su hermano murió hace 25 años tal día como hoy, y esa distancia es imposible de abarcar.

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El cambio horario en España: un punto de vista astronómico

Por Pablo de Vicente*

El último domingo de octubre a la una de la mañana, horario de Tiempo Universal, los relojes se han atrasado y marcan ahora una hora menos en toda la Unión Europea. El último domingo de marzo, se repetirá la operación a la inversa. En España, y en la mayor parte del centro de Europa, ese cambio se realiza a las tres de la mañana, hora civil, mientras que en nuestro vecino Portugal esto ocurre a las dos de la mañana. Este cambio de horario que, en la Unión Europea, se conoce como adopción de horario de verano, está regulado desde 2002 en España y es de obligado cumplimiento. El objetivo de este cambio es reducir el consumo energético, aunque en los últimos años se duda de la veracidad de dicha afirmación.

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La artesanía de los sueños

Por Ana Lozano*

Ana Lozano triunfo Lille

Ana Lozano levantando sus brazos tras ganar en el 5000m del campeonato de Europa por equipos en Lille

Me educaron valorando lo que tenía. La comida que comemos, los libros que disfrutamos, el cine, los viajes… Nada llega porque sí y cuesta ganárselo. Además, todo se deteriora y hay que cuidarlo para que nos dure: los juguetes, los discos, los libros (de nuevo), la ropa,… Y no es malo que sea así, es la naturaleza de los procesos en esta vida, que también aprendí que es maravillosa. Hay mucho por conocer y disfrutar, y, cuanto más se aprende, más se disfruta: países, sabores, paisajes, monumentos, música, plantas, libros (otra vez),… Y yo desde pequeña cuidé lo que tenía y traté de hacer bien lo que me tocaba hacer entonces: estudiar, y fui aprendiendo a disfrutar de muchas cosas, con la libertad que siempre me dieron.

Por todo ello, y aunque nunca me faltó nada, nunca pedí más de la cuenta y siempre trabajé bien para dar lo mejor de mí en mis estudios y procurar aspirar siempre a las más altas calificaciones. No lo hacía persiguiendo un objetivo concreto a largo plazo, sino, más bien, ganando mis pequeñas batallas más inminentes y, así, sentirme bien conmigo misma y saber que iba por un buen camino, cuyo destino resolvería más adelante. Sin embargo, si bien no tenía idea de a dónde me llevarían esas buenas acciones presentes, siempre soñé alto con un futuro en el que viviría aventuras muy lejos y llevaría una vida apasionante por todo el mundo, descubriendo y viviendo gracias a una forma de vida que así me lo permitiese.

Racionalidad, esfuerzo y sueños grandes. Como la masa madre del pan artesano, ésta es la mezcla de ingredientes, o caracteres personales, que, lentamente, darían consistencia y forma a uno de los ejes centrales de mi vida actual y del que trata este pedacito de mí en forma de escrito. Lo realmente curioso es que el germen de este eje no estaba en la receta inicial, sino que llegó como una espora intrusa que cayó en la masa casi por azar y arraigó en ella con más fuerza que algunos de los ingredientes originales.

Aparcando las metáforas por un momento, el deporte llegó a mi vida de manera natural pero no premeditada, al menos no por mi parte. Siempre estuvo presente en mi casa, pero no en la tele, sino en la forma de vida de los seres de los que yo empecé a aprender a vivir, mis padres. Supongo que por eso, por mi edad y porque me divertía, lo acepté como natural en mis actividades extraescolares, si bien es cierto que, cuando empecé, el atletismo tampoco me ocupaba más horas ni pensamientos de los que invertía durante las dos horas semanales que me llevaba entrenar.

Se trataba de una realidad nueva para mí. Entrenar (al principio, jugar) en grupo para luego, el día de la competición, enfrentarme a todas las participantes en base, únicamente, a cómo me encontrase ese día y a cómo me había preparado yo para ello. Entonces no tenía en mente a ninguna estrella a la que tratar de imitar. Sin embargo, tenía herramientas: esos principios que ya estaban en mí desde antes de conocer el atletismo: racionalidad, esfuerzo y sueños grandes. Mi parte racional me decía que, de la noche a la mañana, no se me podía dar bien hacer algo que nunca antes había practicado. Además, sabía que, con esfuerzo, se pueden abordar objetivos que, antes de ponerse a ello, parecen demasiado grandes. Y, por último, mi parte soñadora me hacía evocar grandes recompensas a ese esfuerzo que, por suerte, o por naturaleza, yo ya sabía soportar.

Para alguien exigente consigo misma, como yo, no hay mayor recompensa, además del universal reconocimiento de los demás, que ver superadas tus propias expectativas. Y este ha sido el mayor aliciente para seguir corriendo desde que empecé, junto con el disfrute de esa satisfacción personal y del aspecto social, tan enriquecedor. No obstante, pienso que, sin la exigencia personal, ni el disfrute ni lo social son lo suficientemente potentes para llegar hasta donde hoy estoy.

Acabé el instituto con matrícula de honor y solicitando la carrera de Biología. Durante ese periodo no dejé de correr ni un año mientras pude. No pudieron conmigo ni las periostitis, ni las anemias. Mi mejor puesto en un campeonato de España de campo a través, la disciplina que más practicaba, había sido la 43ª. En pista logré ser campeona regional juvenil de 800m y 1500m y hasta pasé a la final de 1500m del campeonato de España juvenil, donde llegué la última. Clasificada para campeonatos nacionales y la mejor de toda una comunidad autónoma en ciertas modalidades… Resultados sin relevancia fuera de mi pequeño universo en Guadalajara pero, para mí, eran motivos más que suficientes para seguir explorando mis capacidades en un deporte del que aún sabía poco pero del que empezaba a enamorarme.

Mi lenta progresión, lejos de frustrarme, le indicaba a mi razón que el esfuerzo estaba dando pequeños frutos, y alimentaba mis sueños con futuras y mayores progresiones. En la etapa universitaria tuve que adaptarme a nuevos horarios para poder entrenar. Logré buenas notas, que pude compaginar con experiencias propias de esta etapa como viajes y festivales, pero que no turbaron mi discreta pero decidida persecución de objetivos deportivos. En esta etapa comprendí que las verdaderas amistades sobrevivirían pese a mi cada vez menor presencia en las fiestas nocturnas del fin de semana guadalajareño, que no me llenaban tanto como un entrenamiento bien hecho o una buena competición. En campo a través fui, cronológicamente, la 32ª, 15ª, 8ª y 4ª de España, y en pista pasé de hacer 4:58 a 4:28 en 1500m.

Es inevitable evocar la famosa fábula del burro y la zanahoria para explicar qué me hacía perseverar en mi lenta y, quizá solo perceptible para mí, imparable progresión, pues, si me sobrevenían lesiones o etapas duras en la universidad o en mi vida social, siempre tenía alguna imagen del último discreto logro que hacía revivir mis sueños, suficientes para retomar el esfuerzo. Pero la razón me habló al terminar esta etapa: eran tiempo de crisis y yo era una recién graduada que invertía gran parte de su tiempo en un deporte en el que aún no tenía ni un gran resultado que la avalase, y que además sabía que fuera de España había un camino mucho más esperanzador para su crecimiento académico y vital.

¿La decisión? Un primer año como senior (se acabaron para mí las categorías inferiores) apostando un poquito más por el atletismo y, al año siguiente, pasase lo que pasase, me iría fuera a estudiar un máster para el que me prepararía durante todo ese año. El aval y la confianza de mis padres fue muy importante para llevar a cabo este año atípico y, aparentemente, un poco excéntrico, en el que yo era la primera inundada de dudas, que acallaba dedicándome con más ahínco que nunca a aquello por lo que yo, como guiada por una visión del futuro aún indefinida y que no podía describir, tanto quería luchar. Y salió bien. Aunque, de nuevo, eso solo lo percibí yo y unas pocas personas más.

Pasé la criba de selección para un máster en Biología Evolutiva que, sin saber muy bien cómo iba a afrontarlo vital y económicamente, prometía grandes aventuras y una sólida formación. Corrí en 4:24 el 1500m con una 6ª posición en el Meeting Iberoamericano de Huelva que ya llamó la atención del responsable de medio fondo nacional. Y, entre tanto, a las pistas de atletismo de Guadalajara regresaba quien nunca debió marchar. Javier Cañadillas y yo nos conocimos al inicio de esa temporada, que terminó con mi clasificación como finalista en 1500m en el campeonato de España absoluto de pista en Alcobendas y unas ganas locas de seguir corriendo donde fuera y como fuera. Las mismas, y con el mismo toque de locura, con las que Javier, ‘Caña’, quería estrenar su titulación como entrenador nacional, llevando a alguien en quien veía una proyección que, para él, saltaba a la vista.

Unas palabras entre Jesús Peinado, mi entrenador hasta entonces, y ‘Caña’, mi nuevo entrenador, y la promesa con éste de trabajar duro pese a la nueva e incierta vida que se me venía encima, fueron suficientes para lanzarme, no sin mucho vértigo, a la mayor aventura de mi vida hasta la fecha. El esfuerzo estaba a punto de elevarse a un nuevo nivel, desconocido para mí hasta la fecha, de llevarme a un viaje de autoexploración y retos que iban a cambiarme para siempre. Los sueños grandes serían mi motor, sobre todo en los días más oscuros, y me guiarían a través de esta experiencia, haciéndola más emocionante y plena de lo que ya era por sí sola. Y la razón, bueno, a veces tuve que dejarla de lado para tomar decisiones aparentemente imposibles, y a veces fue la que me salvó recordándome que yo tenía un plan, que no había saltado al vacío, sino que estaba apostando a largo plazo por grandes objetivos académicos y deportivos que, como todo lo grande y sólido, requerían mucho tiempo y mucha paciencia… lentitud.

Como este relato, que, para llegar a donde realmente quería llegar, ha necesitado poneros en situación, esbozar pacientemente el contexto y los antecedentes. Sin ellos, lo que viene a continuación no se entiende. Las decisiones trascendentales, aunque en ocasiones puedan parecer accidentales, llevan detrás unos rasgos primordiales de la persona que las toma, y así he querido reflejarlo en este relato sobre mis inicios en el atletismo y, sobre todo, los motivos que me llevaron a continuar. A mí me ha costado digerir mis propios movimientos en este juego. El deporte es a veces concebido por mí como un juego también, comparado con la vida, en la que nuestros actos determinan nuestra propia vida y la de los demás.

Sin embargo, si consideramos el deporte como un simulacro de la vida, donde los espectadores disfrutan, no solo del propio juego, sino de ver cómo se ponen a prueba los principios y la integridad moral de los deportistas a la hora de decidir y comportarse dentro y fuera del terreno de juego, donde están sometidos a múltiples y diversas presiones, llego a la conclusión de que el deporte tiene relevancia vital para mí, como deportista, y para la sociedad, como grupo de seres que necesitan confiar entre sí y encontrar pruebas de que ello es posible. Quizá esta idea, que aún me cuesta expresar, es la que, implícita y escondida entre mis valores, me ha movido a perseguir lenta e incansablemente, y con mimo también, artesanalmente, unos sueños grandes, brillantes, que me han hecho vivir las experiencias más emocionantes de mi vida y que, afortunadamente, he podido compartir con tantísimas personas. Espero que, todas ellas, todas vosotras, os hayáis quedado con tantas ganas de leerlas como yo de escribíroslas próximamente.

Ana Lozano atletismo*Ana Lozano del Campo (Guadalajara, 1991), es graduada en Biología por la Universidad de Alcalá y tiene un máster en Biología Evolutiva por las universidades de Munich y Montpellier gracias al programa MEME Erasmus Mundus que cursó durante dos años por Europa. Desde hace catorce años practica atletismo, deporte que, en el último año, le ha llevado también por distintos países representando a España con la selección. En su año de debut como atleta internacional se ha proclamado sexta de Europa en 3000m en pista cubierta (Belgrado, Serbia), campeona del 5000m del campeonato de Europa por selecciones (Lille, Francia), campeona de España de 5000m, subcampeona de España de 3000m en pista cubierta y de campo a través y, además, ha sido mundialista de campo a través (Kampala, Uganda) y de 5000m (Londres, Reino Unido). Su gran pasión es correr, pero su vida siempre está enriquecida por viajes a la vista, libros y experiencias.

 

La gente quiere ser generosa, pero tiene miedo

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El autor del artículo, rodeado de un grupo de niños inmigrantes // Foto: BCB

Por Braulio Carlés Barriopedro*

En menos de cincuenta años nuestra sociedad ha dado un giro copernicano. En los años cincuenta y sesenta muchos españoles salieron hacia Europa en ocasiones con una maleta sin tener muy clara la dirección y por supuesto sin un contrato de trabajo, en otros casos iban a un trabajo más o menos determinado.

En los años 90 España pasó de ser un país de emigración a convertirse en un país de inmigración. Empezaron a llegar inmigrantes y refugiados procedentes de lugares de conflicto y dónde la gente se moría de hambre. Con el paso del tiempo llegaron diferentes leyes y momentos en los que no sabíamos si había que cerrar fronteras o teníamos que legalizar a todos. En función de los momentos y de los gobiernos fueron adoptando posturas y actitudes diferentes.

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