¿Quién conoce a Mangurrino?

El cabezón de El Mangurrino junto con María Dolores de Cospedal. // Foto: La Crónica de Guadalajara

El cabezón de El Mangurrino junto con María Dolores de Cospedal. // Foto: La Crónica de Guadalajara

Por Patricia Biosca

1 PM del sábado preferias 2017. Algunos miembros de la familia ‘hexagonera’ se dan cita en un bar alejado de la calle Mayor para evitar el bullicio de este fin de semana que ya huele a Ferias y Fiestas. ¡Ilusos! Una horda de peñistas sedientos aparece acompañado de una ruidosa charanga que hace elevar la conversación de este grupo de periodistas que, espero, perdonen este adueñamiento de tan suculento tema que salió entre cañas y pinchos.

Where’s is Mangurrino?– dice uno de los presentes en el encuentro, abriendo la veda de la conversación al respecto y de mi curiosidad.
Es verdad. Eso sí que es un temazo. Pero ya han dicho por Twitter que sale en el próximo desfile – afirma otra compañera, aumentando aún más mis ganas de saber de qué están hablando.
Pero, a ver, ¿de quién estáis hablando? – me animo a preguntar, a riesgo de quedar mal ante algunos de los que fueron mis maestros en esto del periodismo (la curiosidad mató al gato, que dicen).
¿No sabes quién es Mangurrino? Es un histórico de Guadalajara…

La historia (años 70)

Imagen real de Antonio Romera, alias El Mangurrino, ataviado con la camiseta del Deportivo Guadalajara. // Foto: perfil de Twitter de Mangurrino (@chulopirulo)

Imagen real de Antonio Romera, alias El Mangurrino, ataviado con la camiseta del Deportivo Guadalajara. // Foto: perfil de Twitter de Mangurrino (@chulopirulo)

Antonio Romera Moreno nació cerca de Brihuega, pero tras el servicio militar, se mudó a la capital alcarreña, tal y como contaba en las páginas de Nueva Alcarria Eduardo Díaz (sin duda, otro mítico de estas fechas y un pozo de sabiduría popular donde los haya). Antonio tuvo que dejar la profesión de albañil antes de tiempo por una “inoportuna enfermedad”, motivo quizá por el cual, después de tomarse un café en el bar, visitaba las obras de la ciudad. “Ya a media mañana, se acercaba a la Floristería Ocelos, en la calle Mayor alta, para realizar todos los encargos pendientes de reparto”, relata Díaz.

El caso es que, tras comer y una merecida siesta, Antonio se prendía un clavel en el ojal de su chaqueta, se calaba el sombrero y cogía su guitarra, para recorrer las calles del centro entonando canciones y rasgando el instrumento, con gracia pero con cero conocimientos de solfeo. Sus musas predilectas, las muchachas, eran su público preferido. Es así como nace la leyenda de ‘El Mangurrino’, que en los años 70 acompañó la vida de la capital hasta hacerse un hueco en la memoria de aquellos que vivieron esa época. “Feliz” era el calificativo que más se repetía de este soltero de oro que afirmaba que no se casaba porque “vivía muy bien solo y de esa manera era más libre”.

Pero su historia no termina en un rascar errático de una guitarra desafinada a la que le faltaban algunas cuerdas y la expulsión de unos cuantos piropos graciosos a las mujeres que con él se encontraban. El 20 de septiembre de 1977, como es costumbre, acompaña la carroza de la Caja Provincial de Guadalajara. Al finalizar la comitiva, es invitado a la peña Agapito’s, donde, tras tomar un tonificante, afirma sentirse mal, por lo que unos dadivosos peñistas le acercan a casa en coche.

Los días pasan, y su vecina, alarmada por no oír los fuertes portazos matinales a los que le tenía acostumbrada Mangurrino, avisa a la Policía. Los bomberos se trasladan al lugar de los hechos y se le encuentran en su cama, sin vida. Seis días más tarde de aquel último desfile de Mangurrino, era enterrado en el cementerio municipal, acompañado por familiares, amigos, conocidos y peñistas, dando así cuenta del cariño que le profesaba toda una ciudad. El reconocimiento era tal que, años después, el Ayuntamiento creó un cabezudo a su imagen y semejanza, el único que no puede azuzar a los niños porque sus manos están ocupadas por una guitarra. Ese que se ve en la imagen que ilustra la cabecera de este artículo, con una María Dolores de Cospedal pícara que saluda coqueta a tan insigne personaje. Ahora me asalta la duda de si, como me pasaba a mi hasta hace unos días, no conocía la historia de este Julio Iglesias-Cañita Brava-guadalajareño.

La desaparición (2017)

En el primer desfile de gigantes y cabezudos de las Ferias y Fiestas 2017 una pregunta asolaba las calles virtuales de Twitter (¡ay, si Mangurrino levantase la cabeza!).

El Ayuntamiento no daba cuenta de dónde se encontraba la figura de tan ilustre personaje al que unos pocos echaban de menos. Horas más tarde se desvelaba que “no estaba a punto aún”, pero que aparecería en próximos desfiles.

Misterio casi resuelto. O no…

 

Parece ser que Mangurrino necesita pasar por boxes cada vez que acaban las ferias. Supongo que ese debe ser el espíritu del eterno peñista.

El desconocimiento de Mangurrino del 85 para delante

La idea del personaje de Mangurrino y su interesante historia no deja de rondarme la cabeza. ¿Cómo no he conocido a este personaje antes, a pesar de utilizar ese nombre para dirigirme de forma cariñosa e insultante a partes iguales a muchas personas de mi entorno? Pregunto a varios amigos, ninguno le conoce. “En Extremadura se dice que los mangurrinos son los de Cáceres y los belloteros los de Badajoz, porque son dos partes de la bellota. La boina se llama mangurrino”, me aclara un cacereño que piensa que me refiero a él cuando lanzo la pregunta de “¿Conocéis a Mangurrino?”. Entre los “encuestados”, no hay quien se acerque siquiera a la entrañable historia que se relata líneas arriba. GTV’s (Guadalajara de Toda la Vida) incluidos.

Me hace pensar en la desconexión de mi generación con una ciudad por la que hemos paseado, disfrutado y vivido durante toda nuestra existencia, en la que hay referencias históricas tan ricas (cuento con orgullo que la ciudad árabe primigenia es del siglo VII,  que dos reyes se casaron en el Palacio del Infantado o que fue cuna de la aerostación española) que pasan desapercibidas aunque estén al alcance de nuestros ojos.

“Esto pasaba cuando era una ciudad de 45.000 habitantes, claro”, recuerdo que me dijo uno de los comensales durante la reunión de El Hexágono. Me resisto a pensar que sea tan fácil la pérdida de memoria, y por ello tengo la esperanza de que las nuevas generaciones van suplan estos personajes con otros propios con los que conviven. Pero, inevitablemente, el hecho de que crezcan las ciudades y los pueblos produce que se pierda el tono de hermandad de los lugares pequeños, esos donde los Mangurrinos son mucho más visibles y perduran en el recuerdo durante mucho más tiempo. Yo no conocí a Antonio Romera Moreno El Mangurrino, ni a Gilda, la cuponera que “tocaba más que vendía”; o Pepito, “ese pequeño hombre que lo pronunciaba todo con la t”, tal y como relataba Andrés Aberasturi en el pregón de Ferias y Fiestas allá por el 2012.

Sin embargo, esto del olvido es tan baladí que seguramente mi sobrina no llegue a saber quién eran Mario y Luigi, esa simpática pareja que disfrutaba de la noche alcarreña perpetrada con su pañuelo con cuatro nudos a la cabeza de cada uno; o Carmelo, ese infatigable danzarín de tarimas a altas horas de la madrugada. Y, desde Cabanillas con amor, el recuerdo de Lorenzo, quien cambiaba los nombres a su antojo (resuena en mi cabeza su voz: “¡Beatriz! ¿Qué tal está tu padre?”, apelando a mi atención cuando pasaba frente su puerta), que se pirraba por una Fanta de naranja, y que nos ofrecía el caldo que tenía al fuego para la hora de comer, aunque fuesen las nueve de la mañana y no tuviera nada más en la nevera.

Supongo que solo cabe esperar que un día, de casualidad, vuelvan a la memoria de aquellos que les conocieron para prender la misma curiosidad que me picó a mí con El Mangurrino.

PD. Mi humilde reconocimiento a su figura, cuyo espíritu sigue vivo en el cabezudo más fiestero y amable de los que pasean por nuestras calles. Felices y mangurrinas Ferias y Fiestas 2017.

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