Viendo el final de la fiebre del running

Foto: //buhomag.elmundo.es/

Por Sonsoles Fernández Day

La semana pasada la organización del Circuito de Carreras de la Diputación de Guadalajara anunciaba la suspensión de la Carrera por Montaña “Alto Rey” del domingo por falta de corredores. ‘En vista de la baja inscripción (34 inscritos) y del gran movimiento de voluntarios e infraestructura logística que requiere un evento de este tipo que atraviesa 5 términos municipales, nos vemos obligados a la suspensión y por tanto no celebración de dicha carrera’. Es una mala noticia no solo para la organización sino también para los participantes, porque alguien que se apunta a este tipo de carreras lo hace por el reto y perdérselo ya es un fracaso. El circuito RecorreGuadalajara reúne nueve Carreras Populares, seis Carreras de Montaña y tres pruebas de Triatlón, que se celebran en distintos lugares de la provincia de marzo a noviembre y se puntúan en un ranking con premios individuales, por categorías y por equipos. Es el sexto año del circuito de carreras de montaña y el décimo de las carreras populares, coincidiendo con el boom general del running y las carreras. Boom que, según los expertos y las estadísticas, parece estar llegando a su fin.

Las razones de que la burbuja del running esté a punto de estallar son muy variadas: exceso de carreras, masificación de participantes, subida abusiva del precio de las inscripciones, el corredor popular ha perdido el respeto a las distancias y a los retos, el único objetivo es colgar fotos en redes sociales o incluso se podría pensar que se está pasando de moda porque el ser humano es caprichoso y prefiere cruzar desiertos o subir al Everest.

La revista Runner´s World ha publicado una guía de 9.700 carreras en toda España, desde millas a ultrafondos y habla de un censo nacional de unos tres millones de corredores. Cada fin de semana se celebran en Guadalajara de dos a seis carreras de distintos tipos y diferentes distancias. Todo pueblo quiere organizar su propia carrera, a ser posible, con sorteo de jamón y tarro de miel incluido, y si está a los pies de un monte, cuanto más puñetera sea la subida, mejor. En Madrid y alrededores, segunda opción por proximidad para los guadalajareños, la oferta es enorme, unas 70 por semana, casi 400 al año. Cada barrio, empresa, proyecto solidario o marca deportiva quiere tener su propia carrera popular de 5k, 10k o media maratón. El domingo pasado, por ejemplo, se celebró una carrera en Mercamadrid cuyo reclamo consiste en correr por el interior de las naves del mercado y la cantidad de productos que te regalan al finalizar la carrera. Habiendo tantísima oferta, es normal que solo las carreras consolidadas y de calidad sobrevivan con el paso del tiempo.

El primer maratón de España fue el de Barcelona, aunque los dos primeros años, en 1978 y 1979, se corrió en Palafrugell. Su impulsor fue Ramón Oliu, que cuando trabajaba y vivía en Nueva York, entusiasmado con el jogging, se animó a correr el maratón y le encantó la experiencia. Cuando volvió a Barcelona se sorprendió de que no se corrieran maratones en España y con un grupo de aficionados organizaron el primer maratón español que contó con 185 atletas de los que terminaron 150. Un mes después se estrenó el maratón de Madrid. Cuarenta años más tarde, en 2018, un total de 65.783 corredores finalizaron alguno de los 32 maratones que se celebran en nuestro país, aunque lo más significativo es que en 2017 fueron 69.297 los participantes que completaron esta distancia, casi 4.000 corredores más. Parece que ya cualquiera se atreve con los 42,195 kilómetros, por eso la media de tiempo es cada vez más lenta. Los maratonianos de toda la vida ya no quieren participar en una carrera masificada, en la que no puedes correr a tu ritmo los primeros kilómetros y por la que tienes que pagar un precio cada vez más desorbitado.

Otra muestra de cómo se va desinflando la burbuja está en la Behobia-San Sebastián, que llegó a tener un mercado negro de venta de dorsales porque se agotaban en cuestión de días. Alcanzó casi 35.000 inscritos en el 2015 y desde entonces ha ido en retroceso hasta perder más de 3.000 participantes. Incluso el maratón de Nueva York, objetivo y sueño de cualquier runner, está sufriendo pérdidas económicas por el descenso de la ‘demanda cautiva’, gente que paga por obtener un dorsal.

Algunos corredores han dejado de participar en carreras populares y salen a correr, sin más, y otros se han dispersado hacia otro tipo de competiciones más exigentes en cuanto a entrenamiento y forma física: duatlón, triatlón, trails de montaña y carreras de obstáculos, de 5 kilómetros hasta los Ironman para los más valientes, cuyo lema es ‘Anything is possible‘, con un par. Luego están las pruebas de los superhombres y las supermujeres, que también las hay, los ultramaratones que desde 100 hasta 1.600 kilómetros, atraviesan desiertos, de arena y de hielo, montañas y selvas, un sinfín de ofertas tan inhumanas como absurdas que parecen salidas de un cerebro endemoniado y torturador pero que cuentan cada vez con más participantes. Estamos locos.

Correr tiene muchas ventajas: genera endorfinas, que nos hacen sentir bien, nos mantiene en forma, ayuda a socializar y para muchos, se convierte en una filosofía de vida. Competir es un paso más que algunas veces supone estrés y lesiones no deseadas. Correr ya no es un deporte barato. El equipamiento de última generación se ha hecho imprescindible y las visitas al fisioterapeuta, obligadas. Ahora está de moda además hacer yoga, para estirar los doloridos músculos y relajar la mente, si eres capaz de dejar de pensar en el siguiente reto.

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