Indignantes anónimos

Por Gustavo García

Tirar la piedra y esconder la mano. Una técnica, de las más abominables que existen. Particularmente, la repudio. Y es que, es una carga infame de cinismo y cobardía. Sale ahora esto a colación tras rescatar unos escritos anónimos que recibíamos mi familia y yo hace unos años en mi pueblo. Han aparecido rebuscando papeles antiguos, pero que ni estaban ya en nuestra memoria. Ya se sabe que “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio” y que lo negativo se olvida antes, en general, que lo positivo que nos ocurre en la vida.

Ignoramos las causas del envío de estos escritos, pero, al recordarlos con el paso del tiempo, se me pasan –como entonces– distintas cosas por la cabeza. Y también, sigo mirando a mis paisanos y los de otros pueblos cercanos –como en uno de ellos “se apunta” – de la misma manera; sin prejuicios y con total normalidad. La verdad es que siento pena por sus autores, tanto por la forma de dirigirse, como por lo que de ellos dicen estas acciones como personas. Yo no concibo el que alguien no sea capaz de decir cara a cara lo que piensa a otro. Y, más si se trata de aspectos generales de agrupaciones o de temas que tienen que ver con la convivencia diaria entre colectivos, individuos o, incluso, familiares. ¿No es más sencillo dirigirse al interlocutor de turno en persona y así poder enriquecerse mutuamente con sus opiniones, aunque sean discordantes? Es lo que, en definitiva, ya hace muchos años hemos acuñado como diálogo.

Escritos anónimos y denuncias de hace unos años en Laranueva.

Estos episodios no es que sean habituales en sitios pequeños, y cada vez menos. No obstante, se trata de una práctica cobarde que trata de no encabritar a quienes van dirigidos por parte del remitente, o que éste quede retratado ante aquellos, simplemente por plantearlo; o así, al menos, parece que lo piensan estos indignantes anónimos. Lo que, además, habla bien a las claras de su personalidad.

Y, ¿el resultado final que consiguen es el que inicialmente buscaban? Pues, depende. Si de lo que se trataba, ante todo, era que el destinatario recibiese el mensaje, la respuesta es afirmativa. Si lo que se quiere “es nadar y guardar la ropa”, también. Lo que ocurre es que, con mínimas nociones que tengamos de comunicación o sólo con simple cordura, entre dos individuos no puede haber una interlocución completa si uno de los dos no se identifica ni deja lugar al debate. Salvando las distancias, es como en el mundo del periodismo cuando un protagonista convoca a los medios de comunicación para contar lo que desee y no les deja preguntar nada a los informadores. Comunicación fallida o incompleta. Eso es fácil de entender, ¿no?

Denuncias

Después de tantas líneas sobre estos hechos, ya se comprenderá que lo de menos en este análisis es el contenido de estos documentos anónimos. Y, menos a estas alturas. Solamente –por no obviar todo y dar más señales sobre tales prácticas de entonces, que pueden ser significativas–, es preciso indicar que uno se dirigía a quienes habían donado –altruistamente, claro– un reloj con sonido para la iglesia del pueblo, que cantaba todas las horas del día con sus toques, para que lo anulasen en las nocturnas o, al menos, “dado que médicamente se recomienda dormir ocho horas diarias”–señalaba literalmente–, y a los que se dirigía como “responsables de la instalación”. Otro de los manuscritos –característica ésta común a tales casos reseñados– mezclaba la actividad desarrollada de la familia, sobre todo, personalizando en mí como responsable principal, con la asociación local que organizaba una semana cultural al año durante los veranos, con otros aspectos que involucraban al alcalde pedáneo de entonces y sus relaciones con dicha familia, mientras dejaba caer que el autor era de otro pueblo y afirmaba que “sentía aprecio” por sus destinatarios, incluso, indicaba qué tipo de periodismo debería hacer yo mismo. Igual me podría haber dado unas lecciones. Además, no faltó una misteriosa y, a la vez, bochornosa llamada de teléfono, acusándonos de enriquecimiento por haber encontrado, supuestamente, “un tesoro” bajo una lápida por unas obras realizadas en la iglesia parroquial y cuya interlocutora anónima quería compartir, ofreciendo instrucciones para ver cómo se pudiese hacer el reparto.

Los hechos no tenían otra alternativa que ser puestos en conocimiento de las autoridades, en concreto, de la Guardia Civil, ante la que se cursó la correspondiente denuncia. No se ha sabido finalmente el recorrido que tuvo. O si, incluso, alguien hubiese tenido que, como mínimo, declarar por ello. Si bien, se entiende que todo fue tomado como los dimes y diretes típicos de los pueblos, motivados por rencillas, envidias o vete a saber qué motivos, pues, de lo contrario, quien formuló la denuncia hubiese recibido alguna notificación sobre el resultado de las investigaciones. Y no fue así. Lo que también es cierto es que desde entonces no se ha producido ningún acontecimiento similar en esta familia ni en ninguna otra, que se sepa. A la vez, las responsabilidades organizativas de los eventos que han venido desarrollándose entre los vecinos y veraneantes han pasado a otras manos, incluso con renovación más frecuente de las personas que las están llevando a cabo, lo cual supone menos presión para ellos y se rebaja igualmente la dosis de recelo y de tensión que pueda existir al tratarse siempre de las mismas personas las encargadas de liderar todo.

Las generaciones van cambiando y, es de esperar, que evolucionando. De hecho, en este mismo pueblo ahora son ya esos jóvenes –y, además, en conjunto y haciendo piña– los encargados de organizar fiestas o actividades de ocio, culturales, gastronómicas o deportivas durante el verano, que es cuando hay vida. No se les ve, a priori, con ese colmillo retorcido del que han hecho gala algunos de sus paisanos predecesores en el tiempo. Más bien, al revés, da gusto verles con ese espíritu de colectivo amigable y emprendedor de que hacen gala hasta el momento. Esperemos que sigan así muchos años y nos den lecciones con su comportamiento a todos. Será la mejor señal de que ya estamos en otro siglo y en otra época. Mirar de reojo y con mala saña al de al lado, por el motivo que sea, nunca habla nada bien de la salud de la sociedad. Y, este tipo de comportamientos la hacen avergonzar sobre manera.

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