El feminismo no se puede quedar en un meme

Por Patricia Biosca

Ocurrió con Frida Kahlo, cuando se convirtió en meme cejijunto para estampar en libretas, tazas e incluso bolsas de la compra. Se la elevó como icono feminista de libro de hojas de cambiar (con páginas perfumadas, pero poco útiles en realidad) sin atender a su biografía, ni siquiera a sus propias reivindicaciones. Un personaje tan complejo como Kahlo se desdibujó en una caricatura a tres colores, para que fuera más fácil de replicar cuando las máquinas tuvieran que estamparlo en cualquier cosa que se pudiera vender con su cara, a pesar de que ella misma la dibujó centenares de veces en sus pinturas. También pasó con grupos míticos de hace décadas, cuya música y, por supuesto, también trayectoria vital (la mayoría de las veces políticamente incorrecta para venderse en estanterías), se olvidó para resaltar un logo que quedaba “muy chulo” en camisetas que nos hacían parecer melómanos aunque no tuviéramos ni pajolera idea de qué cantaban aquellas personas o, siquiera, si eran personas. Y me temo que, de un tiempo a esta parte, está ocurriendo igual con el feminismo y el Día Internacional de la Mujer, que de conceptos necesarios y acuciantes se transforman en otro producto de oferta y demanda. Algo así como plastilina marrón caca tras hacer un ‘moñigo’ con un montón de colores. Aunque luego lo intenten teñir de morado. 

A lo mejor ya es tarde, pero no quiero que me malinterpreten. Desde que el 8M se convirtió en hashtag han pasado cosas maravillosas: ver riadas de mujeres manifestándose por la calle, abrazándose independientemente de la edad o la condición, cantando y reivindicando algo tan sencillo y complicado a la vez como la igualdad es algo que, al menos a mí, me emociona. Y lo hacen incluso aunque muchos y alguna piensen que lo que quieren es comerse crudo el corazón de los hombres, a lo Khal Drogo. O mejor, envenenarlos de forma sibilina, en plan viuda negra. Pero también han pasado cosas deleznables, como la absoluta politización del movimiento, los debates por términos y asuntos sacados fuera de contexto, la mercantilización de los derechos de la mujer usados por todos los community manager del mundo como excusa para promocionar a su empresa en un tuit (eso sí, con bien de corazones morados). 

No, tampoco abogo por abolir el 8 de marzo, que creo que sigue siendo muy necesario: hay que salir a las calles para hacer visible una revolución pacífica que lleva muchos siglos de retraso. O gritar muy fuerte a través de los medios que se tengan si no se puede salir (voy a obviar aquí la polémica de salir o no salir estos días a manifestarse y la incongruencia de prohibir estas manifestaciones sin haber prohibido ninguna otra). Pero junto a ella debe haber una reflexión: el feminismo y la igualdad deben ser un modo de vida, una constante, y no una excusa cada 8 de marzo para poner una frase bonita de una poeta muerta sobre la que no haremos el esfuerzo de conocer, convirtiendo su figura en otra Frida Kahlo más, en una camiseta de Los Ramones que tiraremos en cuanto empiece a clarear con los lavados. 

El feminismo no se puede quedar en un meme. Debe ser una realidad cotidiana, porque si no, no habremos conseguido nada. Para ello, todos, no solo la mitad de la población, debemos hacer algo más que poner un post de Facebook. 

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