Las palabras que nos confunden

Cartel de la campaña "Las palabras que nos unen" del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha.

Cartel de la campaña “Las palabras que nos unen” del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha.

Por Concha Balenzategui

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, el Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha, entre otras entidades y asociaciones, se lanza en estos días a celebrar actos alusivos, de reivindicación, o simplemente lúdicos, centrados en el tema. Sin ir más lejos, ayer mismo en la capital se desarrolló el acto común de todas las instituciones, que tuvo como protagonista a la carismática Blanca Calvo, premiada por su lucha por la igualdad y por su contribución a la cultura. Enhorabuena.

Cifuentes acoge hoy la celebración de un Consejo de Gobierno monográfico sobre la mujer, y un acto institucional de reconocimiento a las féminas que han destacado por su lucha por la igualdad de oportunidades entre los sexos. También ha nacido este año el “Premio Luisa de Medrano”, que es todo un acierto, pues recupera la figura de una mujer atencina que probablemente fue la primera catedrática de Universidad del mundo, y que ha sido tan desdibujada en la Historia que hasta le habían cambiado el nombre, propagado equivocadamente como “Lucía”. El galardón sirve para homenajear a otras mujeres que a veces permanecen un tanto ocultas -“visibilizar”, se dice ahora- como la fiscal Soledad Cazorla, a título póstumo, o a activistas de todas las provincias: en el caso de Guadalajara, Pilar Andrés. Mis felicitaciones, tanto a las premiadas como a la iniciativa.

La efeméride es también el motivo de la campaña que llevamos varios días escuchando y viendo en los medios de comunicación, con el lema “Las palabras que nos unen”. El Instituto que dirige la alcarreña Araceli Martínez ha aprovechado el año Cervantes para fijarse en la letras, y ya de paso descargarnos unas cuantas raciones de su cruzada contra lo que llaman el “lenguaje sexista”, con un manifiesto para la ocasión.

Ya conocerán ustedes la costumbre que tienen determinadas políticas -y determinados políticos- pseudoprogesistas (y “progresistos”) en retorcer el lenguaje hasta el absurdo para convencernos de que citando expresamente a las mujeres o el lado femenino de las cosas se evitan discriminaciones. Aunque ya un tanto superado, persiste ese cargante hábito de decir “hombres y mujeres”, “castellano-manchegas y castellano-manchegos”, “guadalajareñas y guadalajareños”, que estira hasta el tedio los discursos y los textos, y hace los mensajes incompatibles con titulares de prensa o los 140 caracteres de un tuit. No se trata solo de que la letra pase por encima de las normas lingüísticas, sino que también apura la paciencia de los -y las- que escuchan. O dicho de otra manera, de los “oyentes y oyentas”, como llegó a proferir la propia Araceli Martínez en la Cadena SER, no sabemos si en un desliz involuntario, pero que lejos de marcar un hito en la defensa de las mujeres, la llevó al ridículo.

La fiebre del lenguaje inclusivo se alimenta de modas pasajeras, como la que nos llenó las palabras de “arrobas” incómodas a la lectura, cada vez más desterradas, y que parece que empieza a superar la manía del desdoblamiento de los géneros al que me refería. Ahora se lleva más lo de cosificar a las personas, convirtiendo a los niños en “alumnado”, a sus maestros en “profesorado”, a los jóvenes en “juventud”, y a usted y a mí en “ciudadanía”. Lo que se impone es el sustantivo genérico, que no sé si borrará desigualdades, pero probablemente sí personalidades.

En el frenesí de la no discriminación, se imprimen guías de lenguaje no sexista, contra las que responde la RAE, y se elaboran “códigos deontológicos” como el que elabora el Instituto de la Mujer de nuestra comunidad, que mejor haría en asesorarse antes con alguna filóloga. Se trata de llenar los textos de palabras inventadas como “visibilización”, adoptar los anglicismos que convenga -por lo visto la lengua de Shakespeare es más respetuosa que la de Cervantes-, o acuñar conceptos como “sororidad”, que es un “palabro” de nueva creación, y que aparece en la campaña de la Junta de este año. Reconozco que he tenido que buscar su significado en Google -en el diccionario no lo intenten, que no está- para saber que hablan de lo que podría definirse como el “pacto asumido por las mujeres para disminuir la brecha entre su condición y la de los hombres”, según la Fundación del Español Urgente, que recomienda escribirla en cursiva, dado que no está aceptada.

Blanca Calvo recoge el premio en el acto institucional del Día de la Mujer, ayer en Guadalajara. // Foto: Junta de Comunidades

Blanca Calvo recoge el premio en el acto institucional del Día de la Mujer, ayer en Guadalajara. // Foto: Junta de Comunidades

En fin, como resulta difícil hacer reflexionar a quienes confunden género con sexo, y que siempre tienen la respuesta fácil de acusar a la Real Academia Española de machista y arcaica, huelgan aquí todas las apelaciones a la gramática. Como periodista que tiene en la lengua la materia prima de su quehacer, y que se esfuerza -muchas veces en vano- por usarla correctamente, como lo hacen otros tantos “periodistos” (no se me vayan a sentir excluidos mis compañeros varones), desisto del empeño. Renuncio, sí.

Pero no como mujer. Como mujer, me gustaría que se centraran ustedes, políticos y políticas, en combatir los verdaderos usos machistas del lenguaje. Que se preocuparan de las expresiones que perpetúan los roles de dominación más allá de las terminaciones en “a” o en “o”. Que combatieran la letra cuando esta se usa para despreciar, cosificar, ofender, coaccionar o intimidar a las mujeres, independientemente de la anécdota y la gramática. Que desterraran la violencia verbal contra las mujeres, buscando en el significado, pero sin despistarse demasiado en el significante.

También les pediría que no pierdan mucho tiempo ni dinero en campañas accesorias, como las de inventar palabras o vestir con faldas y melenas a los iconos de los semáforos. Prosigamos con las que denuncian la explotación sexual y sigamos intentando por todos los medios y con todas las medidas que no muera ni una mujer más a manos de un hombre. Usemos el lenguaje para denunciar alto y claro las injusticias que más escuecen. Dejémonos de perífrasis y abordemos la verdadera conciliación de la vida personal, laboral y doméstica, las diferencias en los salarios, la desproporción de sexos en los órganos de poder. Pasemos de la metonimia a la acción, empezando por los colegios, donde se siguen criando generaciones de machistas de nuevo cuño.

Un poquito más de “sororidad”, si así me entienden mejor.

Anuncios

Un pensamiento en “Las palabras que nos confunden

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s