La otra historia

Por Borja Montero

Desde hace algunos años, el Ayuntamiento de Guadalajara, dentro de su estrategias para fomentar el conocimiento de la historia de la ciudad por parte de los propios y las visitas turísticas por parte de los extraños, elige cada mes un enclave emblemático de la ciudad y lo convierte en el Detalle Monumental, dándole a lo largo de ese periodo un mayor protagonismo e incidiendo en mayores explicaciones sobre el mismo en las rutas turísticas. Con la exigua representación de arquitectura histórico en la ciudad, estos detalles monumentales tienden a repetirse de cuando en cuando, aunque cada vez se incide en un aspecto particular del edificio en cuestión o de la historia del mismo. Este mes de mayo, el título otorgado a la campaña es “La vida al otro lado de la muralla”.

Una vez que se lee la descripción, el misterio pierde algo de interés. El protagonismo turístico se centra en el Torreón del Alaín y el contenido extra que se ofrecerá a sus visitantes versará sobre las murallas de la ciudad, incidiendo en los peligros que hacían que las ciudades construyeran muros a su alrededor, lo que había dentro y lo que quedaba fuera, las puertas de entrada y los derechos de paso y de pernoctación de forasteros.

Sin embargo, al leer el título, yo empezaba a imaginarme una campaña turística centrada en una historia más reciente y menos monumental, una temática que podría hablar mucho de la idiosincrasia guadalajareña. Esa “vida al otro lado de la muralla” para mí se convertía en un repaso histórico del desarrollo de la ciudad, explicando cuándo y cómo fueron construyéndose los distintos barrios, las circunstancias políticas, sociales y demográficas de la ciudad en cada momento, cómo fueron integrándose en la vida de Guadalajara (infraestructuras, conexiones…), la identidad de cada barrio (asociaciones de vecinos, culturales, forma de vida…) o los intentos de revitalización del Casco Histórico. Es muy probable que una campaña de este tipo apenas interesara a algunos curiosos locales y algunos forasteros apasionados de la arquitectura y el urbanismo, mientras que la gran mayoría preferiría seguir pululando por los edificios más antiguos y hacer las fotos de rigor, pero al leer el título de este mes uno podría pararse a pensar en otro tipo de turismo, menos epidérmico y más inversivo y comprensivo de lo que realmente se está visitando.

La mayoría de la ciudades, salvo algunas con un pasado reciente muy ajetreado o arquitectos de renombre en su cartera (léase el Museo Guggenheim de Bilbao o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia), se quedan dentro de sus murallas, mostrando a sus visitantes solamente aquellos edificios de más rancio abolengo y contando la historia de su pasado romano, andalusí o medieval. De este modo, y aunque se resalten las joyas arquitectónicas del pasado, o del presente en caso de haberlas, pero siempre pegados a los edificios, muchas veces no se llega a conocer realmente la ciudad que se visita. Uno se va con un buen archivo de fotos de iglesias, palacios, estatuas o inmuebles de originalísima arquitectura pero con un conocimiento escaso de cuestiones también importantes y, en ocasiones, más interesantes que el típico “es muy bonito” con el que muchos turistas despachan los resúmenes de sus vacaciones.

Cierto es que las tendencias turísticas van cambiando y que, cada vez con más frecuencia, el visitante puede encontrar, en ciudades de un cierto tamaño o con una cierta atracción de turistas, rutas especializadas en determinados aspectos de la misma: una determinada arquitectura, un periodo histórico u otro, conflictos bélicos, personajes históricos concretos, museos, cementerios, lugares de memoria… Sin embargo, este tipo de turismo, que aún no podemos disfrutar en Guadalajara, da una visión parcelada, aunque habitualmente profunda y bien documentada, de la realidad de la ciudad y, aunque se salga de los habituales tours de ir tachando puntos emblemáticos de la lista, no suele servir para dar una imagen certera de la personalidad actual de la ciudad y su intrahistoria más reciente ya que ofrece un saber mucho más concentrado y especializado.

Supongo que mi visión de “La vida más allá de la muralla”, esa tercera vía entre los monumentos como check points  y las rutas especializadas y, en ocasiones, a la carta, es por el momento difícilmente aplicable al turista medio de Guadalajara.

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