Los humanos, raza invasora en el minizoo

Mapaches en el minizoo de Guadalajara. // Foto: P.B.

Mapaches en el minizoo de Guadalajara. // Foto: P.B.

Por Patricia Biosca

Mi primera rueda de prensa se celebró en el zoo municipal de Guadalajara, el conocido como “minizoo” -palabra con la que me voy a referir a este centro, por cariño y por practicidad-. Mi reencuentro tras más de una década, por motivos de trabajo y no por comuniones en las que yo era una cría y las nutrias hacían la delicia de los chavales que por allí andábamos (las cañas de los mayores), fue una suerte de momento mágico del que atesoro muchos recuerdos, por lo idílico y provincial del hecho, por la importancia en mi vida, por el olor a cabra y los pavos reales intimidatorios. Por todo eso, que hizo que me enamorara de nuevo del minizoo.

Hemos hecho accesible a todo el mundo el zoo municipal”, decía Antonio Román, que presentaba los arreglos acometidos en el mismo (debía correr el año 2009), con nuevas zonas de juego, grandes columnas desde las que se podía escuchar a los pájaros o un “circuito sensorial” que consistía en una cuerda de colores para que personas invidentes pudieran disfrutar del zoo en todo su esplendor (?). También habían puesto adoquines de colores en el recorrido principal (que no en la parte de abajo, donde aguardan los lobos con alopecia) y se habilitó el aula medioambiental (la caseta al lado de los jabalíes). Entonces ya sobrevoló la idea de cobrar entrada en estas instalaciones, pero al igual que el olvido se instaló en el minizoo, el olvido del pago, también.

A partir de ahí, gracias de nuevo a mi trabajo (quién quiere “Lo que necesitas es amor” cuando puedes estudiar periodismo), he sido testigo de los “milagros” diarios que se llevan a cabo en ese lugar y que no es que pasen desapercibidos para el transeúnte que visita el minizoo. Sino que no tiene ni idea de que ocurran y, cuando lo hacen, están ocultos a su vista. Desde un quirófano de animales preparado las 24 horas del día a un centro de recuperación de aves o especies invasoras, como los mapaches, acurrucados en sus jaulas. Cómo los lobos recorren siempre el mismo circuito una y otra vez y sus cuidadores intentan con comida que rompan ese “círculo vicioso” (nunca mejor dicho). Cómo los osos miran de soslayo, perezosos, a aquellos operarios que entran a darles de comer, pero no hacen ni el menor atisbo de atacar. La grandeza de un búho real que mira, asustado, desde una esquina en una habitación en recuperación. El vuelo de un harris y su recepción de espaldas, porque no puede haber contacto visual…

Hasta aquí capítulos que, entiendo, no vive la mayoría de la gente. Pero también el resto de mortales (que pueden ir a “First Dates” si lo prefieren), pueden disfrutar de paseos infinitos de domingo por sus caminos intentando averiguar la diferencia entre especies caprinas. Las decenas de tortugas mimetizadas en su charca con el ambiente. La cuesta empinada de camino hacia los cisnes que deriva en una rápida carrera o un cansancio inevitable hacia el lado contrario. Los piñones del suelo y los bancos del fondo a la derecha. Crías de todo tipo de apenas días que dan sus primeros pasos. Una vista entre lo increíble del paisaje y lo penoso de la civilización humana y su mancha desde desde los miradores de aves. La mirada de los foráneos cuando hablas de “minizoo” y su cara de sorpresa cuando entran y no les cobran entrada (“Pues no está mal, la verdad”).

Por todo ello, cuando los políticos hablan del minizoo (lo llaman zoo municipal, que queda más moderno e institucional), me sobreviene un latigazo visceral en las tripas porque suelen decir cosas como “desatención”, “desidia”, “abandono”. Los últimos, Ciudadanos, que enviaba una nota a los medios quejándose de su “estado de dejadez”, hablando de vallas caídas, de carteles pintados.

Siendo uno de los espacios más visitados de nuestra ciudad, no podemos entender que el Equipo de Gobierno permita vallas oxidadas en el suelo, permita la existencia clavos en el vallado de las jaulas, o permita que se vandalice la cartelería”, afirmaba Alejandro Ruiz, que acusaba de “tapar las vergüenzas” al PP (la compleja línea del “contigo ni sin ti”: le reconocen al PP que ha hecho cosas por el minizoo, pero le pegan una leve “tobita” para parecer que se mantienen en una línea crítica). Luego recuerdan que han conseguido una inversión de “más de 500.000 euros tanto en los talleres de empleo como en inversiones de mejora” (otra vez “?”) y hablan de niños felices en los parques. Terminan aseverando que pedirán “el compromiso” del Ayuntamiento para solicitar los “recursos necesarios” para que se realice un “mantenimiento asiduo y periódico de la instalación y se retiren todos los elementos que hoy en día suponen un peligro para los niños y niñas que visitan esta instalación” (porque ¿nadie piensa en los niños?). Nada de animales, que sería lo lógico. Nada de propuestas concretas para revitalizar un espacio con múltiples posibilidades.

Cuando termino la lectura, reflexiono: ¿que se quiten los clavos o se poden los arbustos dará un impulso al minizoo, esas instalaciones que son “de las más visitadas” en la ciudad? ¿Acaso que haya un mantenimiento fijo mejorará las instalaciones del centro de recuperación de animales? ¿esto no suena a “tapar vergüenzas” también? Y pienso en la suerte que he tenido al conocer los entresijos de un lugar que es escenario de muchos de mis recuerdos, y que no me importaría que viviera ese transeúnte que dice “¿por qué no vamos al minizoo?” y no conoce ni la mitad de lo que allí ocurre. Seguramente la única raza invasora seamos los humanos.

 

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