Los Vives, un paseo por las nubes

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Despacho del general Vives Camino, con imágenes del Brigadier Camino y el general Vives Vich.

Por Gloria Magro. 

En el último tercio del siglo XIX, Azuqueca de Henares era un próspero villorrio agrícola gracias a su fértil vega y a los numerosos arroyos subterráneos que regaban sus huertas. A día de hoy aún quedan pozos y conducciones de agua en las entrañas de las pocas casas de labranza que se conservan. Algunas familias mantienen esas reliquias arquitectónicas en el subsuelo, así como otros muchos recuerdos materiales de un pasado fascinante y hoy un tanto olvidado. En una casa de Azuqueca de Henares rodeada de un frondoso jardín, se atesora la memoria viva de lo que hace algo más de un siglo era la innovación más maravillosa y sorprendente de la época: la aeroestación, el anhelo de Ícaro hecho realidad en tierras de Guadalajara. Son los Vives, cuyo apellido encarna la historia de la aviación española y de nuestra provincia como vanguardia de la industria en los albores del siglo XX. Los descendientes de Pedro Vives Vich, director de la Academia de Ingenieros y pionero de la aviación española desde la base aerostática de Guadalajara, mantienen sus recuerdo muy vivo en la casa familiar en Azuqueca de Henares, un tesoro por descubrir.

La primera vez que visité la casa de los Vives fué hace más de veinte años. No puedo precisar cómo surgió en aquel entonces entrevistar al general Vives Camino, será porque con el paso del tiempo las capas de la memoria ya no no emergen como antes, perdidos datos y fechas en su laberinto. Yo era una periodista novata a cargo de las secciones de Sociedad y Cultura en el hace tiempo extinto “Noticias de Guadalajara”Creo recordar que se lo propuse al director, José María Vizcaíno, y que ninguno de los dos teníamos claro si el general que daba nombre a mi calle de la infancia, seguía vivo o no. Así que ni corta, ni perezosa, busqué su nombre en la guía telefónica y ¡bingo! Francisco Vives Camino no sólo estaba vivito y coleando, sino que accedía a que fuese a su casa de Azuqueca de Henares a entrevistarle. Y allí nos plantamos el fotógrafo y yo una mañana de primavera, dispuestos a conversar con el último representante de una estirpe que lo había sido todo en los inicios de la aviación española.

En aquellos tiempos anteriores al Google teníamos muy poca información previa, por no decir ninguna,  y tampoco mucha idea de lo que nos íbamos a encontrar.  Y para nuestra sorpresa, lo que encontramos fue a un señor muy mayor, el general pasaba largamente de los noventa años, pero perfectamente lúcido, con muy buena memoria y un amplio y variado repertorio de temas, a cual más fascinante. También tenía opiniones contundentes y seguramente poco ortodoxas acerca de la historia reciente de España que después se publicaron en el periódico para escándalo de algunos. Francisco Vives Camino vivía con su hermana Carmen, que era pintora, la primera mujer en licenciarse en Bellas Artes en San Fernando y el servicio, en una amplia y peculiar casa que parecía un museo aeronáutico congelado en el tiempo, un lugar mágico y evocador de otros tiempos rodeado de un inmenso jardín en lo que antaño fué la huerta de los Vives, heredada de su madre, Inocencia Camino, una señorita de Guadalajara con tierras en Azuqueca de Henares que se casó a finales del siglo XIX con un joven cadete catalán de la Academia de Ingenieros, Pedro Vives Vich, que con el tiempo se convertiría en el padre de la aeronáutica española.

El general Vives falleció al poco tiempo de nuestro encuentro y su hermana pocos años después, y carambolas del destino, el mío me llevó también por aquellas mismas fecha a cambiar el periodismo por la aviación, así que los Vives Camino, aquella casa y su jardín en Azuqueca nunca se perdieron del todo en mi memoria. Para los físicos teóricos el tiempo tiene un discurrir lineal, pero en algunas ocasiones la línea curva gana la partida y como si de una elipse se tratara, vuelve al punto de inicio. Mas de veinte años después de aquella visita a Azuqueca de Henares, la familia Vives volvió a abrir sus puertas y sus recuerdos.

Diseñada por el general en su época de director de la Academia de Zaragoza, la casa familiar de los Vives no se puede decir que sea obra de un arquitecto, sino la de un ingeniero militar, con todas sus peculiaridades, según aclara su actual propietario, su sobrino Fernando Tiriri Vives Plaza, el hijo mayor del hermano mayor del general y comandante de Iberia retirado. Pedro Vives Vich (1858-1938) tuvo nueve hijas y 3 hijos varones y muchos de sus descendientes continúan viviendo en Azuqueca a día de hoy. El mayor, Fernando, fué abogado y asistente del general Mola. El segundo hijo, Teodoro, fue militar y aviador y sobrevivió a un fusilamiento y a numerosas peripecias durante la contienda, para después fallecer en un accidente de aviación, mientras que el pequeño, Francisco,  el general, (1900-1997) ingeniero militar y aeronáutico y también aviador, heredó el carácter inquieto y el interés por la aeronáutica de su padre. En la posguerra trajo de Estados Unidos la tecnología para construir los aeropuertos españoles como director general de Infraestructuras del Ejército del Aire.

Aunque ya no mantienen el inmenso jardín original, la casa de los Vives es en sí misma un recorrido por la historia de Guadalajara ligada a los inicios de la aeroestación, pese a que el paso del tiempo la ha ido despojando de muchos de sus tesoros, diseminados en la familia en algunos casos, con el legado principal en el Museo del Aire en Cuatro Vientos y otros sustraídos por ávidos coleccionistas con no se sabe qué intenciones. En el jardín se conservan restos del palomar. En los orígenes de la aviación las palomas estaban bajo régimen militar, los palomares se distribuían por todo el territorio nacional y su utilidad era inmensa en caso de conflicto bélico, como las campañas africanas. De hecho, los primeros globos empezaron a utilizarse con fines militares -globos cautivos, sujetos al suelo- para afinar la puntería de la infantería y como atalayas de observación. Después, cuando empezaron los vuelos libres, no se podía prever en donde caerían y las palomas que viajaban con ellos comunicaban su ubicación. A día de hoy, y como curiosidad, el ejército las sigue utilizando como el medio de comunicación más fiable incluso ahora en el s.XXI.

El despacho del general Vives Camino se mantiene aún hoy intacto, presidido por un retrato de su abuelo materno, el brigadier de la Guardia Civil Teodoro Camino, famoso por sus hazañas como comandante de la plaza de Melilla, del que se decía que había matado más moros que Santiago el Mayor. Debajo, una fotografía de su padre, Pedro Vives Vich, quién estudió en la Academia de Guadalajara y en 1906 volvió como comandante de ingenieros para montar el Servicio de Aeroestación con el apoyo del Cuartel de San Carlos en los terrenos entre la carretera de Madrid y el río. Vives Vich fué un auténtico visionario, un hombre de inquietudes científicas que a su vuelta de Cuba recorrió las cortes europeas interesándose por los primeros artefactos voladores, los aerostatos y a quien se debe primero su adquisición para España al haber contagiado con su entusiasmo a la Corona, y después su construcción ya en Guadalajara.

Su nieto, Tiriri Vives Plaza conserva una copia de sus diarios de vuelo, donde se registran sus diecinueve ascensiones en esféricos por toda Europa, así como las instrucciones militares escritas por su antepasado especificando escrupulosamente tanto la operación de vuelo como el equipo del aeroestero, como se llamaba a los aviadores antes de la aviación. Sorprende a día de hoy leer este primer manual aeronáutico y también saber que habiendo redactado las primeras reglas de la aviación española, Vives Vich impidió ser aviador militar a su primogénito porque superaba la edad fijada por él mismo para incorporarse al nuevo cuerpo recién creado en Guadalajara.

El tiempo vuela en el jardín de los Vives, mientras se desgranan anécdotas, historias familiares y recuerdos ligados a una época pretérita y a unos nombres que ya solo se encuentran en libros polvorientos y vitrinas de museos. Sorprende que nadie en Azuqueca ni en Guadalajara, al margen de la familia, haya querido mantener la memoria de los Vives. Las efemérides de la aviación han ido sucediéndose, el primer centenario de la conquista del aire ha pasado sin pena ni gloria, inamovible en añejas imágenes en blanco y negro del Parque Aerostático del Henares y viejos rollos de película que recuerdan la visita de Alfonso XII en 1903. Aunque algún intento ha habido.

En 2007 se firmó un convenio entre el Ayuntamiento de Guadalajara y la Diputación Provincial para poner en marcha un futuro Museo de la Aeroestación  Española. El proyecto era ambicioso y tenía un carácter divulgativo a desarrollar en el tiempo. En aquel momento la Diputación recopiló el archivo fotográfico, se hizo una exposición en Ibercaja y se editó un magnífico libro a cargo de Pedro José Pradillo, pero ahí quedó todo. Del futuro museo nunca más se supo. Mientras, en una antigua huerta en Azuqueca de Henares bajo la que discurre un caudal de agua subterránea, la historia de la aviación española permanece escrita en la memoria de la familia Vives.

 

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Los Vives Camino en 1927 en la huerta de Azuqueca de Henares. En primer plano, los diarios de vuelo en globo del patriarca Vives Vich.

De como Sevilla nos tomó la delantera.

La capital hispalense ha acogido esta semana la feria mundial más importante del sector aeroespacial y las cifras que maneja hoy la industria aeronáutica sevillana marean. Empresas como Airbus facturan desde Andalucía más del treinta por ciento de la producción nacional del sector y se calcula que generan más de doce mil empleos de alta cualificación. Asimismo, las empresas andaluzas lideran las exportaciones aeronáuticas. Sólo a Alemania, su principal cliente, se facturaron en 2017 más de mil millones de euros. En los parques aeroespaciales sevillanos se desarrollan componentes militares y civiles para los aviones más punteros, como el Eurofighter y el Airbus 380. También Andalucía está a la cabeza de investigación en aviones no tripulados, los drones. En 2019, Sevilla será la Capital Europea del Espacio.  Si todo empezó en unos terrenos junto al Henares, en Guadalajara, ¿Cuándo tomó Sevilla la delantera?

Para 1913 y pese al apoyo explícito del rey Alfonso XIII, era evidente que la utilidad militar de los esféricos iba a ser superada por un nuevo invento, el vuelo con motor. Los aeroplanos demostraron su superioridad durante la I Guerra Mundial,  Pedro Vives Vich ya había volado en uno en Francia, con uno de los colaboradores de los hermanos Wright  y obtenido el título de observador de aeroplano. En 1910 había aterrizado en Guadalajara el primero de aquellos nuevos artilugios alados, pero las campañas militares en Africa y la escasa autonomía tanto de globos como de aviones exigían una base más cercana que la de Guadalajara para sus operaciones. Y Sevilla fué el lugar elegido. En 1914 se envió a Pedro Vives Vich, aviador y el ingeniero militar con más experiencia en la aeroestación, a comprar unos terrenos deportivos que tenía el ayuntamiento de Sevilla y convertirlos en un aeródromo para aeroplanos. También se le encomendó establecer aeródromos en Africa e incluso la formación de los pilotos.  Y Sevilla tomó definitivamente la delantera. En 1921 partió desde allí  a Larache el primer vuelo comercial español llevando correo a las tropas estacionadas en Africa y también salió de la base sevillana el primer avión español que pretendía batir un récord de distancia y llegar a Río de Janeiro, el Jesús del Gran Poder. Paralelamente, el ejército español siguió utilizando globos durante las Guerras del Rif y el Cuartel de Aeroestación de Guadalajara se mantuvo en funcionamiento construyendo y adquiriendo globos hasta la República, pese al golpe que supuso el incendio de la Academia de Ingenieros en 1924. La última ascensión se produjo en Guadalajara en 1934, en presencia del general Pedro Vives Vich, para entonces ya retirado.

 

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