Adiós maestra

Por David Sierra

Suena el reloj. Las campanas repican con entusiasmo avisando de la algarabía. La plaza del pueblo se alborota. Carreras, juegos, ese pilla-pilla que poco a poco se torna cada vez más agresivo. Los primeros sudores tras el desayuno no amansa a las fieras a las que les cuesta mantener la atención y el orden. En la puerta, el automóvil de la maestra y su presencia en el portalillo convierte la anarquía en dictadura. La fila, corta como un tren sin vagones, se forma de inmediato. En parejas, uno queda solo. La lástima de ser impares en el aula. La escuela ha conseguido salvar un año más su existencia. Un alivio. Otros ya no pueden contar lo mismo.

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Escuela de Campillo de Ranas. / Fuente: Henares al Día.

Ese aula es amplia y permite integrar elementos didácticos de diferentes tipos. La plastilina y las pinturas se asocian en el espacio con el mapamundi de la pared. Un esqueleto humano en póster aparece rodeado de dibujos rupestres fruto de las primeras pinceladas de la infancia. Mesas del mundo de Gulliver contrastan en tamaño con el escritorio empulpitado desde el que emanan las normas dentro de la clase. La imaginación es el recurso más válido para integrar los saberes de manera que puedan favorecer el avance sin déficits de conocimientos.

Los sonidos que trascienden tras las ventanas son reconocibles. El silencio matutino únicamente se altera cuando rugen los motores que se relacionan con la agricultura. Alguna conversación de chismes concentrada en torno a la puerta del consultorio médico, el día que toca o bien la revolución que causa la presencia de la furgoneta del panadero, sobre todo por los rezagados que a grito pelado intentan no comer del duro otro día más. Se escuchan los cuchicheos y silbidos de los habitantes voladores de entretejas, que en buen tiempo nunca se cansan de revolotear. Todo eso, favorece la atención. O permite a los alumnos distraídos evadirse sin desequilibrios. Sin alteraciones para el resto del grupo.

Pero la clase no se ciñe sólo al edificio. Cualquier espacio puede convertirse en lugar idóneo para cualquier asignatura. Con excursiones a los lugares más recónditos que después esos mismos alumnos podrán inspeccionar por su cuenta. La escuela de campo ayuda a conocer el entorno. A reconocerlo. A investigarlo hasta el más mínimo detalle de forma que no es raro apreciar como el escolar supera al maestro. O, en todo caso, les permite retroalimentarse y compartir las experiencias que de manera altruista ofrecen, sin siquiera quererlo, los más ancianos del lugar. El boca a boca como libro de texto.

Pero son cada vez menos los que disfrutan de estos privilegios. La escuela rural, tal como la conocíamos, continua su declive. La fórmula de concentrar a los alumnos en torno a un solo centro obligándoles a viajar e incitándoles a salir de su entorno gana enteros. Y así ocurre cuando llega el momento de decidir si han de cambiar de aires. Que lo hacen. La ley de la rentabilidad se vuelve a imponer, también en educación. Y deja lugares moribundos porque no tuvieron la suerte en alguna etapa de su historia reciente de ser influyentes políticamente. Eso les ha ocurrido esta vez a Campillo de Ranas, Poveda de la Sierra y Hueva, en nuestra provincia. Antes fueron otros. Ninguno, hasta ahora, ha levantado cabeza.

Decía el presidente del Sindicato Independiente de Maestros y Profesores (ANPE), Nicolás Valer, que “cerrando la escuela de un pueblo se cierra el pueblo”. Y no anda desencaminado. Acabar con los alicientes que pueden ser decisivos a la hora de tomar la determinación de asentarse en un lugar o en otro es una forma de aniquilar la vida en esos lugares. Cuando algo se cierra, luego cuesta el doble volver a abrirlo y más aún si lo que se sella es dependiente de otra administración. Y es que la política de cierre de escuelas rurales por razones demográficas o económicas puede tener una justificación a nivel del coste de la educación, pero carece de sustento en términos comunitarios en los lugares donde se produce.

Sin duda alguna, uno de los elementos que las familias tienen en cuenta a la hora de asentarse en un determinado lugar es el de la educación de los hijos. Hasta la fecha, la escuela rural ha sido tratada como un mal menor sobre el que se han improvisado fórmulas carentes de sentido con el único propósito de perpetuar, si acaso, su estancamiento dentro del complejo entramado de la despoblación. A pesar de que varios informes avalan la educación en el entorno rural como igual o más efectiva que la que se ofrece en el ámbito urbano, lo cierto es que desde las administraciones no han existido estrategias para su potenciación de manera que pueda ser una consideración de primer nivel a la hora de combatir esa éxodo. La educación rural demanda ser repensada y actualizada en su papel como generadora de una concienciación positiva junto con una percepción atractiva y, por ende, requiere de un esfuerzo presupuestario que le permita encabezar planificaciones en este sentido. Si en algún momento se produjesen.

Mientras tanto, la campana llama al fin de la jornada lectiva. El olor a cocido impregna la plaza. Los estómagos rugen. Los más mayores no tienen espera y enfilan la calle hasta desaparecer. Nadie les aguarda. No hace falta. Los infantes son recibidos por sus progenitores. Sin prisas ni dramas. Juegan y corretean. Con descaro. Incrédulos. Viendo como desde la puerta les despide hasta otro día, quizá el último, su maestra.

 

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