El mono sin nombre desde 2012 del Minizoo

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Antonio Román acariciando a una de las nutrias del Minizoo. // Foto: Zoo Municipal de Guadalajara

Por Patricia Biosca
El Minizoo de Guadalajara (vale, oficialmente es el Zoo Municipal, pero yo le tengo más cariño al apodo coloquial) es como el curry: lo amas o lo odias. Cierto que huele a caca, que muchas veces está sucio, que los lobos alopécicos no tienen mucho espacio para girar y girar sobre el mismo terreno de forma enfermiza o que los pavos reales son, en ocasiones, algo violentos. Pero para mí es un lugar mágico en el que puedes buscar piñones, llegar hasta un mirador de aves en el que deleitarte a la vez con la vega del Henares y un “bellísimo” polígono industrial, observar el cabreo de los monos a través de un cristal o viajar a los ochenta, que se han quedado congelados en los carteles verdes y amarillos que no pierden color ni aunque les dé un sol de justicia.


Esta semana el complejo ha recibido la visita de la concejala de Medio Ambiente, Mª Ángeles García, y del viceconsejero de Medio Ambiente, Fernando Marchán, así como del delegado provincial de Desarrollo Sostenible, José Luis Tenorio. Según les han contado, más de 600 animales al año son atendidos en las instalaciones (al lado de las cabras autóctonas existe todo un “hospital” veterinario con su consulta, quirófano y habitaciones para animales), ya que se trata de un Centro de Recuperación de Fauna Silvestre. Esto es que si llamas al Seprona porque has visto un búho real malherido, muy probablemente acabe en aquellas “urgencias” que tiene servicio las veinticuatro horas del día.
Y aunque es indudable el trabajo que se lleva a cabo en el Minizoo de Guadalajara y yo misma puedo dar fe de él (a Dios y a este reportaje pongo por testigos), creo que la concejala exageró un poco al compararlo casi casi con los milagros de Lourdes. “Es el Centro de Recuperación número 1 de España en lo que se refiere al tratamiento que se le ofrece a los animales, especialmente a las aves, a las que se trata con verdadero mimo”, afirmó grandilocuente García, relatando justo después un prodigio a la altura del de los panes y los peces: “Hay un ejemplo, una lechuza campestre llegó con las dos patas fracturadas y un ala y salió volando, algo que en otros casos habría supuesto el sacrificio”. Algo así como el “Lázaro, levántate y anda” en versión alcarreña y sin Mel Gibson haciendo de Jesucristo, que eso y el peluquín es lo que le daba calidad a la película.

El caso es que mientras estaba absorta pensando en cómo quedaría el Vía Crucis por las baldosas de colorines del recorrido del Minizoo y que podría acabar con el calvario en el parque infantil (yo veía clara la escena de la crucifixión en el invento giratorio del diablo instalado cerca del estanque, del que hasta el más pintado sale con ganas de echar la última cena. Y sí, también lo digo por experiencia), cuando decidí que, para documentarme, necesitaba saber más acerca de aquel lugar. Y así es como di con la página web oficial de aquella fantasía llena de gallinas y ciervos escapistas. A semejanza del Minizoo, aquel dominio también rezuma… llamémoslo “nostalgia”. Con una coherencia innegable con la imagen ochentera de los carteles físicos antes mencionados, la tipografía también nos deleita con los mismos tonos amarillos y verdes; además, una presentación flash que no conseguí ver porque siempre marcaba error nos da la bienvenida. Solo me faltaba el pitido del router conectándose para transportarme directa al 98 y no sé por qué extraña razón me dio un impulso irrefrenable de conectarme al chat de Terra.

Un jabalí fotógrafo nos invita a pasarnos por la galería de imágenes, una veintena en la que destaca el documento impagable del anterior alcalde, Antonio Román, acariciando a una nutria. También se puede ver a algunos niños de excursión, aunque sospecho que ya ha pasado tanto tiempo desde que se tomó aquella instantánea que he coincidido con alguno de ellos en una discoteca. En el siguiente botón nos encontramos la fantasía de “tour virtual”, una suerte de recorrido del que recomiendo se abstengan los tendentes a la epilepsia (es de toque fino y, como por otra parte prometen en la web, se pone a girar los 360 grados como la atracción de la olla loca, sin conocimiento ninguno) y en el que hay varias paradas en las que escuchar el sonido de los pájaros o saber más acerca de las amigas de Román. Sin embargo, tampoco les puedo decir muy bien a dónde lleva el paseo virtual, porque después de diez minutos dándole a las flechas me acabé sintiendo como Jennifer Connelly en “Dentro del Laberinto”, llegando una y otra vez al mismo sitio: el infernal columpio girador. Y no, aquí tampoco estaba David Bowie con cardado y mallas lanzándose con unas marionetas a modo de pelota un bebé regordete, lo que le habría dado otro aire a la página.

Y como final redondo a la visita virtual de este rincón muy de principio de milenio tenemos la sección de noticias y eventos. Allí podremos encontrar todo lo que acontece en el Minizoo, en el que parece que no ha pasado NADA NI ANTES NI DESPUÉS del 8 de FEBRERO DE 2012, cuando se anunció el bautismo del por entonces recién nacido mono capuchino del parque, que aguardaba porque los escolares de aquella época le otorgaran un nombre. Como no se sabe si al final la criatura, que ahora tendrá casi ocho años, recibió nomeclatura, yo propongo una: Desiderio, el mono que encarnó la desidia. Aún con todo, aquel lugar frente al cementerio municipal y desde el que hay una vista privilegiada de los polígonos, la Nacional 2 y la casa con lucecitas de Manantiales, seguirá siendo de mis rincones preferidos. Un rincón exquisito vintage.

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