Coronavirus: Diario de muchos errores y algún acierto en el confinamiento (II)

Lavabo con cabellos. // Imagen: P. B.

Lavabo con cabellos. // Imagen: P. B.

 

Por Patricia Biosca

Martes 17

Hoy sí que sí. Hoy es el día. No, ayer no me duché tampoco ni hice ejercicio. Pero ya me doy vergüenza a mí misma -y créanme, eso es complicado- y de esta mañana no pasa. Otra vez me he preparado un desayuno digno de un marajá y después de monear demasiado tiempo me he puesto con el deporte. He optado por una tabla de ejercicios de un rocódromo que suelo visitar. Como había varios niveles, he decidido no fliparme demasiado y apostar por el nivel principiante. Poco a poco. En el segundo ejercicio ya estaba sudando como Camacho, no he conseguido hacer más de diez flexiones seguidas (y mal) y escribo esto cuatro horas después y con agujetas. Me he sentido como los chavales que empiezan la dieta en el inefable programa de la MTV “Ya no estoy gordo”, cuando al principio su entrenador personal cachas les dice que son unos vagos y unos tirados mientras pegan saltos que apenas se separan del suelo. Me doy ánimos pensando que al final los chicos casi siempre triunfan y llegan delgados al baile de fin de curso. 

Después de la sesión me he duchado, me he puesto vaqueros y he bajado a tirar la basura no sin cierto temor a estar incumpliendo algún tipo de ley. Con nocturnidad y alevosía, he ido hasta los contenedores y he depositado mis desperdicios (el plástico en el amarillo y el papel en el azul, no lo olviden ni en el apocalipsis o el espíritu de Greta Thunberg se les aparecerá en el espejo). A la vuelta me ha dado un poco de angustia pensar que quizá había algún vecino fotografiando ese mismo instante pensando, a pesar de mi polar de propaganda y mis leggins con pelotillas, que he salido a dar un paseo. En mi apresurada vuelta a casa he recreado al vecino hater imaginario escribiendo con rabia un mensaje tipo “¿Qué no entiende la gente de quedarse en casa, eh? Ahí la tienes, paseando sin perro ni bolsa de basura ni nada…”, pero regado de tacos e insultos, en plan Spiriman enfurecido en Sálvame. 

Miércoles 18

Me levanto con unas agujetas que no recuerdo haber tenido ni después de hacer el test Course-Navette en el instituto. Me levanto de la cama a duras penas, poniendo caras como cuando chupas un limón, y llego penosamente hasta mi nuevo puesto de trabajo: la mesa del comedor. He decidido que voy a tomar las riendas de mi vida en reclusión y he creado dos ambientes separados por un metro: de cara a la pared está mi despacho; de cara a la televisión, mi comedor. También he decidido comprar un juego de sillas y mesa para mi miniterraza y poder teletrabajar mientras me da un poco el aire (aunque pone que ese lote, el más barato que he encontrado, no tiene stock y a saber cuándo me llega). 

Los videoclips de YouTube son el nuevo teléfono de la esperanza. Entre los que devoro ávidamente aparece una resplandeciente Florence Welch con un pelo tan sedoso y cinematográfico que en mi cabeza empieza a aflorar una idea: ¿y si me corto el flequillo? No tengo uno, sino dos pares de tijeras a mi alcance: las de la cocina y las de cortar papel, con lo que es materialmente posible. También tengo pelo. Poco, pero tengo. En un atisbo de lucidez entre tanta locura se me ocurre preguntarle a mi hermana, que es peluquera. “Empiezo a barajar cortarme el flequillo”, le escribo en WhatsApp. “Párame”, le espeta mi yo racional. “Va a dar tiempo a que te crezca. Dale”, me contesta la cabrona. 

Imbuida del espíritu de Rupert, empiezo a pegar tijeretazos a lo loco. Cuando ha caído suficiente pelo en el lavabo y mi hermana me escribe “Jajajaja para” acabo con esa espiral de autodestrucción capilar, como Britney Spears cuando dejó en el suelo el paraguas. Miro mi obra de arte: es un cuadro. Y no uno bonito. 

Jueves 19

Vuelvo a despertar como si un una horda de acupunturistas ciegos y novatos me estuvieran haciendo el servicio por todo el cuerpo. Tengo tanto dolor que decido hacerle caso a aquel consejo de que las agujetas desaparecen con más deporte. Como mi escasa movilidad restringe bastante el tipo de ejercicios, me decido por una clase de media hora de zumba y una instructora afroamericana que anima en cada bote. No me saltan las alarmas a pesar de que la señorita tiene unos músculos que en nada tienen que envidiar a los atletas de halterofilia. Al principio unas rotaciones de cabeza suaves y pasos fáciles de fitness hacen que me confíe. Pero después empieza una frenética sucesión de combos mezclando sentadillas, con saltos, flexiones y abdominales que provocan que acabe en una especie de torpes convulsiones voluntarias que de haber tenido espejo seguro que me habrían dado mucha vergüenza propia. 

Sin embargo, el ejercicio me ha dado cierto subidón, así que quedo con unos viejos amigos por videollamada para echar unas cañas. Y emulando a lo que hubiera pasado también en la vida real, las cañas (que son latas) se nos van de las manos: termino “medio piripi” a la 1 de la madrugada. Una vez más.  

Viernes 20

Me despierto sobresaltada con la sensación de haber dormido por encima de mis posibilidades… Y es cierto: con un pie en los dominios de Morfeo y otro en territorio de coronavirus he apagado la alarma y he estado bailando con el dios del sueño más tiempo del que debía sonar la canción… Y aún hay más desgracias: ¿se acuerdan de lo de que las agujetas se eliminan con más deporte? Mentira cochina. Encima tengo un poco de resaca producto de la “birrallamada” de la noche anterior y diez minutos para tomar el café. Tras dejar todo en orden en mi puesto de teletrabajo, hago un alto en la jornada para acercarme a por víveres al Mercadona. 

Decido ir en coche para arrancarlo un poco después de una semana parado. En la radio suena alguien hablando sobre abrazos y entonces a ella, a la reina del hielo y la ironía, le invade una ola de llanto que no puede reprimir en todo el camino. Sí, señores. Vaya llorera de folclórica al pensar en dar un abrazo a mi progenitora, que es igual de seca que la que aquí escribe salvo por la manía que tiene la mujer de pegarnos picos. Casi hasta los echo de menos. 

Pero las lágrimas se cortan en seco en cuanto entro en el parking de la cadena de supermercados valencianos (igual que la horchata y la ruta del bakalao. Que no se olvide nunca). Gente con mascarillas y guantes aguardando en la cola con separación de un metro, en total silencio. Caras serias que nunca se miran a los ojos. Una especie de procesión de Semana Santa en el que cada paso es un carrito de plástico verde y el maestro de ceremonias es el reponedor que indica cuándo se puede pasar y cuándo hay que aguardar. Tras diez minutos de espera, por fin paso por la puerta y veo el supermercado bastante abarrotado. Me pega cierto mareo de la resaca, pero aguanto estoicamente porque el espectáculo de que me dé un vahído en aquellas circunstancias puede provocar un buen circo. No hay desabastecimiento salvo en productos puntuales que no son de primera necesidad, chocolate de fundir o vino blanco de determinada marca, que están en mi lista de supervivencia -no se escandalicen, también compré leche, carne, pescado, verduras y fruta, y tengo papel higiénico de sobra en casa-. Decido sustituirlos por chocolate normal, una barra de pan para hacer torrijas y una botella de ginebra para regar el confinamiento con un gin-tonic. Empieza el fin de semana incluso en tiempos de coronavirus. 

Sábado 21

Ya no tengo agujetas. Pero sí resaca. Todo no puede ser. Además me embarga una sensación de exceso de socialización que provoca que rechace varias videollamadas, incluidas una videoboda y una videofiesta de disfraces. Tengo más vida social en mi salón que en la última década en la calle. Decido que es hora de parar aquel desenfreno y lo curo con tres películas, dos siestas y el último tupper de mi madre. 

Domingo 22

Ni resaca ni agujetas, me despierto el día del Señor casi triunfadora. Después de hacer una nueva tabla de ejercicios, esta vez sí, acorde a mi forma física, se me ocurre que cuando salgamos y deje de llevar leggins y un disfraz de ardilla todo el día, será primavera de verdad. Ese tiempo en el que nunca aciertas con el frío o el calor. Miro en el armario y los vestidos cortos me saludan con sus flores. Empiezo sacando uno por recordar aquellos tiempos de calorcito en los que los vermús se nos alargaban hasta la noche y acabo con tres cuartas partes del vestidor encima de la cama, en un improvisado desfile que me lleva desde mi habitación, recorriendo el pasillo, hasta la entrada, donde está el único espejo de cuerpo entero de toda la casa. 

Otra vez me embarga el subidón acentuado con la música festivalera que sale de mi lista de Spotify y acabo creyendo que mi recibidor es la plaza del Trigo. En plan intenso cierro los ojos para imaginarme danzando con mis amigos en aquel ambiente libre que siempre nos ha deparado tantas aventuras políticamente incorrectas, incluso para que yo, que no conozco la vergüenza, las cuente aquí. Giro, salto, canto, meneo la cabeza, intento emular la elegancia de la Welch, como intenté imitar su flequillo. Pero la jugada me vuelve a salir mal y acabo representando lo que se me antoja una especie de Eva Amaral con parches de electromusculación que acciona un científico loco… Pero me da igual. Y tras una hora de vorágine, me desgracio el dedo pequeño contra la esquina del zapatero. Estaba claro que aquello iba a acabar en tragedia.  

Lunes 23

Es lunes. El segundo lunes después de la reclusión. Pero lunes al fin y al cabo. Y hoy no ha sido un día especialmente feliz porque ya empiezan a producirse los primeros casos de gente cercana que lo está pasando regular, por no decir mal. Amigos preocupados por sus padres, por sus abuelos, por sus tíos, por sus hermanos. Amigos preocupados por otros amigos, que también son familia. Ahora es cuando los afortunados que aún tenemos a todos nuestros allegados sanos empezamos a darnos cuenta de la gravedad del asunto y a estar un poco más asustados que ayer, cuando aún bailábamos. Y entre tanto mensaje triste, me llega otro anunciando la llegada del pequeño Juan, que ha elegido el día exacto para sacarnos la sonrisa que necesitábamos. Ya lo canta Florence -la verdadera, nunca hagan caso del sucedáneo-: “siempre está más oscuro antes del amanecer”.  

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