Un extraño verano (Parte II)

Vista del recinto ferial en años anteriores

Por Patricia Biosca

Si me leyeron la semana pasada, saben de mi gusto por la rutina. Es un placer culpable, junto con Justin Bieber, Chenoa y los pitillos. Y cada año, desde hace tres y pico que estoy por aquí, mi vuelta al cole siempre es la misma: crónica del festival Gigante y un par de temas de ferias. Elijo estas cuestiones porque me gustan, porque las practico y escribo con conocimiento de causa y porque, sinceramente, después del reblandecimiento cerebral con el que vuelvo de vacaciones* se me hace cuesta arriba pensar otro tema diferente. Sí, lo siento, no soy un bullir de ingenio como muchos pensaban. “Soy más bien normalita, ¿ok?, una mijita rara”, que diría la Mala Rodríguez. Perdón, vuelvo al tema. 

El caso es que estas líneas estarían dedicadas a las Ferias y Fiestas 2020. Serían una previa de lo que estaría por acontecer, posiblemente una crítica sobre el desfile de carrozas, otro de los eventos “placer culpable” a los que no me puedo resistir. Aún en mi ajada retina quedan esos adonis de andar por casa tiznados de talco, subidos a un pedestal recreando a los héroes griegos, pero mal. Rememoraría aquellos noventa de fastuosas carrozas patrocinadas, que lanzaban caramelos con propaganda, balones con el símbolo de la caja rural y confeti, creando las primeras turbas en las que participaríamos de niños. 

Volvería a escribir del acierto de separar las carrozas del desfile de peñas, porque lo primero es divertido verlo desde la barrera y lo segundo solo desde dentro y con la cantimplora llena. Lo contrario es un ejercicio de masoquismo innecesario, porque ni se gana mucho de figurante, ni se crean bonitos recuerdos viendo pasar a una panda de borrachos mal disfrazados -sin ánimo de faltar, que yo soy parte activa de ese oloroso grupo-. 

Seguramente también daría mi opinión sobre alguna previsible bronca en el Ayuntamiento a cuenta de los presupuestos destinados para ferias. Que si son muchos, que si son pocos cuartos; que si tú te gastaste el triple en toros, que si yo he reducido a la mitad metiendo luces LED. Parece que los concejales son un poco como yo, y vienen sabiendo de antemano las broncas políticas que tocan después del verano, como si se dejasen la vuelta preparada con la polémica de turno. Lo mismo tienen las notas de prensa listas desde hace meses, porque no olvidemos que hay mucha gente que sigue de vacaciones en septiembre. Y las ferias siempre han sido muy golosas, más cuando es un momento en el que el trabajo de comunicación abunda por encima de otros meses. 

Pero nada de esto va a ocurrir. Este año (por lo menos) quedará en blanco en el álbum de fotos. Nada de escopetas en la feria, de canguro loco, de chorizos y morcillas en los puestos. Nada de camisetas, batines y fajines; nada de botellón en la Fuente de la Niña al calor de la verbena, nada de reencuentros con viejos amigos de los que solo ves de feria en feria. Tampoco nuevas liadas con GTVs (Guadalajara de Toda la Vida) que acabas de conocer en ese momento en el concierto, nada de aguantar para llegar al encierro. Yo creo que, si nos lo permiten, llevaré a cabo mi propio homenaje, bajando a la churrería a las 9 de la mañana, como sin duda habría ocurrido en algún momento de la semana que viene si una pandemia mundial no nos hubiese aguado la fiesta. Ya si eso les cuento en el próximo número la experiencia. Felices no ferias, alcarreños. 

*Volver a la anterior entrada, “Un extraño verano (Parte I)”. en plan libro de “Pesadillas” de “Elige tu propia aventura”. Allí podrán consultar ejemplos prácticos de mi idiotez estival. 

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