La hora de Villaflores

La fachada de la casa principal, en un estado lamentable, en una imagen de hace apenas tres meses. // Foto: R.M.

La fachada de la casa principal, en un estado lamentable, en una imagen de hace apenas tres meses. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

Una vez le pregunté al cronista oficial de la provincia, el historiador Antonio Herrera Casado, cuál de todos los desatinos existentes con el patrimonio arquitectónico –y mira que hay– le dolía especialmente. Pensé que podría citar el Alcázar de Guadalajara, la amenaza que pende sobre Bonaval, el cerco en Villaescusa de Palositos o el expolio a plena luz del día que hubo en el Monasterio de Óvila, o que se referiría a cualquiera de los muchos castillos que amenazan con doblar sus rodillas para siempre. Pero el doctor, que tantas dolencias ha diagnosticado a lo ancho y largo de nuestra geografía provincial, habló de Villaflores.

El poblado de Villaflores en Guadalajara, muy próximo a las vías del tren del AVE y a Ciudad Valdeluz, es una colonia agraria construida hace más de un siglo por un arquitecto de renombre, Ricardo Velázquez Bosco, por orden de la condesa de la Vega del Pozo, una rica benefactora que quiso levantar allí una urbanización agrícola. Los del arquitecto y la señora María Diega Desmaissières son, por cierto, los dos mismos nombres a quienes debemos ese conjunto tan impresionante como desconocido para la mayoría de los guadalajareños que es Adoratrices.

La colonia de finales del siglo XIX al borde de la antigua carretera de Cuenca está abandonada y en un proceso de ruina irreversible en muchos elementos de sus arquitecturas, muy conocidas por quienes durante años hemos hecho del paraje del Sotillo una de las habituales salidas domingueras, con barbacoa y porrón de vino incluidos. El deterioro es imparable. Hace unas semanas lo comprobé cuando volví allí para elaborar un reportaje: la maleza y el olvido están ganando el pulso a la verticalidad en muchos de los edificios, también en los más representativos, como el edificio principal –propiedad de Hercesa, en un estado lamentable–, el palomar o la pequeña iglesia.

Todo el conjunto, que se completa con un puñado de casitas bajas, constituye uno de los mejores ejemplos de poblado agrario de estas características que hay en la región, lo que le otorga un singular significado histórico, pero no podemos descuidar el valor artístico o arquitectónico que reivindica la firma de un arquitecto que participó en proyectos como los palacios de Velázquez y de Cristal en el Retiro o la restauración de la Mezquita de Córdoba.

Voz de alarma. Un informe de la Junta elaborado el pasado mes de abril constata el avance de los desperfectos y el estado de ruina de algunos de los edificios, realizando incluso una comparativa que ahonda en el deterioro en los últimos tiempos. El poblado no sólo ha recibido el castigo del vandalismo, que deja su huella en los grafitis o en la suciedad de más de un botellón, sino que sufre la bofetada silenciosa y permanente del paso del tiempo.

No sería justo decir que nadie más que los historiadores se han acordado de Villaflores. Se perdió una magnífica oportunidad cuando hace un par de años el Pleno de Guadalajara tumbó la moción de Izquierda Unida para recuperar el poblado mediante un taller de empleo financiado con la ejecución del aval por los incumplimientos en la rehabilitación del poblado por parte de Reyal Urbis. Por un convenio de intercambio de terrenos, esta empresa tenía que haber hecho estos trabajos antes de abril de 2010, pero quebró sin hacer lo acordado. La Corporación Municipal no sólo desechó esta iniciativa de la oposición, sino que en toda la legislatura (otra más) no ha vuelto a mostrar síntoma de preocupación por este despoblado. Al menos hasta hace unas semanas.

Una de las casas bajas del poblado. // Foto: R.M.

Una de las casas bajas del poblado. // Foto: R.M.

En los últimos meses se han abierto un par de puertas a la esperanza. Una de ellas pasa por la declaración de Bien de Interés Cultural por parte de la Junta, que ha iniciado el expediente –excesivamente tarde, desde luego–. Su culminación,  cuando llegue, reconocerá la necesidad de preservar cuanto aún queda en pie y exigirá por fin la ejecución de un plan de actuación especial. Pero, además, el Pleno de diciembre dio rienda suelta a la ejecución del aval de 3,7 millones de euros para completar los compromisos que Reyal Urbis dejó pendientes en un 88% y que, en lo tocante a este poblado histórico, se ha traducido en nulos avances; cabe esperar que la liberación de estos fondos se vuelquen definitivamente en recuperar la colonia.

Ojalá esté llegando la hora de Villaflores. Ojalá lo sea también con una suerte de renacer de la sensibilidad del patrimonio que parece estar en la calle y que otras voces más capacitadas, como la del arqueólogo Pablo Aparicio, parecen detectar para dar lugar a cierto optimismo. Conozco bien Asturias y, más allá de su liderazgo en turismo de interior, se está haciendo una apuesta impresionante por la recuperación de su arqueología industrial. Allí cualquier locomotora de vapor antigua es un tesoro y le sacan partido a los poblados mineros con la pasión con que otros han inventado una ‘terra mítica’ de la nada. Los asturianos son en estas cosas un buen ejemplo a seguir.

Estado actual de la pequeña iglesia. // Foto: R.M.

Estado actual de la pequeña iglesia. // Foto: R.M.

Una ciudad inteligente (incluso dicho en moderno: la ‘smart city’) está obligada también a mirar a su pasado. Un ayuntamiento que presume de ciudad no puede obviar que en cuestiones patrimoniales hace falta una política activa en vez de alentar prácticas tan ruinosas como abrir las ventanas de los edificios abandonados y que las alimañas hagan el resto para que los técnicos acaben por confirmar la defunción con otra declaración de estado de ruina.

“El ayuntamiento, el día en que se ponga a tener ideas geniales para hacer más grata la vida, el trabajo y esparcimiento de sus ciudadanos, pudiera ir dándose una vuelta por allí, y meditando qué puede hacer (qué convenio con los dueños, qué uso como lugar de esparcimiento, de convivencia, etc.) con Villaflores. Tras casi un año de trabajos concejiles de pura rutina, podría ser que se encontraran con que muchas soluciones a ciertos problemas no tratados (léase lugar de deportes, parque abierto para pic‑nic, centros juveniles, colonias infantiles veraniegas, pistas de footing, incluso centros culturales varios, de cine, de espontánea declamación o cante, etc.) tendrían un nombre y un lugar esperando: Villaflores”.

Estas palabras del cronista Herrera Casado podrían haber sido escritas ayer mismo –salvemos que ahora hacemos running en vez de footing-, pero corresponden, en realidad, a un artículo que el historiador publicó en Nueva Alcarria en febrero de 1980. Desde que Herrera Casado expresase estos deseos –sin duda con poco eco y menos fortuna– han pasado 35 años, ocho elecciones y seis alcaldes.

Estamos de nuevo en tiempos de campaña electoral, que son periodos en que los ciudadanos tratados como chiquillos podemos hacer nuestra particular carta a los reyes magos que nos prometen todo el oro, incienso y mirra del mundo. Que los PP, PSOE, Ganemos, UPyD, Ciudadanos y quienes estén por llegar tomen nota, por favor: no se olviden de Villaflores. No creo que sus ladrillos aguanten muchos más años ni muchos más alcaldes.

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3 pensamientos en “La hora de Villaflores

  1. Efectivamente, Villaflores es un tesoro que tenemos a un paso (éste y no los restos de Cervantes, es uno de los verdaderos tesoros arqueológicos de nuestro pasado). Espero que desde los nuevos movimientos políticos que parece que van a tomar el espacio político de la ciudad (o al menos parte de él) no se olviden de ello y actúen convirtiéndolo no solo en un foco de cultura sino también de empleo y -por qué no- de generación de turismo y dinamización de la economía de la zona.

    Gran artículo.

  2. ¡Que abandono y desidia de los responsables de ese poblado! ¿ No es de necios, abandonar los tesoros arquitectónicos? Pues eso es lo que tenemos. Políticos y responsables muy tontos.

  3. Gracias por todo, Rubén. Palabras como las tuyas, serias y claras, son lo único que a la ciudadanía normal se nos permite. A los destrozones, a los pinta-graffitis, a los arrasacontodo, se les permite cualquier actividad. ¿no será un pacto establecido? El Ayuntamiento de Guadalajara, dueño de todo el poblado de Villaflores, tiene que hacer algo, contundente, rápido, efectivo. De momento, eso es lo que los ciudadanos escribimos en nuestra “carta de reyes”. Si nos nos la leen, si no nos la consideran, habrá que pensar en escribir otras cosas diferentes en la única carta que leen nuestros políticos: las papeletas de voto.

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