Candy Semana Santa Crush

Uno de los pasos de la Semana Santa alcarreña. // Foto: Guadanews

Uno de los pasos de la Semana Santa alcarreña. // Foto: Guadanews

Por Patricia Biosca

Camino por la calle Virgen de la Amparo y veo al final dos camiones de bomberos y personal de Protección Civil y Policía Nacional que cortan la calle y me acuerdo de los encierros de Ferias. Bajo hasta San Ginés observando las vallas de la calle y las personas que se asoman detrás, niños y ancianos sobre todo. Una comitiva de nazarenos toma rumbo calle Mayor a paso lento, muy lento. Me parece una señal que en ese momento en los auriculares que llevo puestos suene “Just like heaven”, de The Cure, cuyo ritmillo alegre (a pesar de ser una canción de abandono) contrasta con la sobriedad del acto que no presenciaba desde hacía años, pero que dos décadas después me sigue encogiendo por dentro de alguna manera. Es Semana Santa y, por varios motivos y al contrario que años anteriores, me he quedado en Guadalajara. Así que aprovecho para poner cara a cara los recuerdos ideales de la infancia en la que me ilusionaban estas fechas frente a lo que ahora estoy a punto de observar con la mirada más cercana a un científico o un sociólogo, acercándose de forma aséptica a algo tan subjetivo como las razones de fe. Comencemos el experimento.

Una vez que recalo en la plaza del Jardinillo, me doy cuenta de la primera diferencia entre el cuadro mental y el vídeo en streaming: no era necesario dar un rodeo evitando las aglomeraciones de la calle Mayor. Simplemente porque no las hay. Encuentro sitio en los bancos de piedra nada más llegar y un hueco de unos dos metros entre la gente que lo presencia en pie me permite ver el paso de la comitiva con todo lujo de detalles. Como un asiento VIP en primera fila. Algunas personas se percatan de mi situación privilegiada y, poco a poco, el banco se va llenando y las primeras filas vaciándose. En mis recuerdos, cuando bajaba con mis tíos y mis primos a contemplar todas las procesiones de los temidos y enigmáticos “capuchinos”, esperábamos a la comitiva durante largos minutos después de estar un rato andando para encontrar hueco en una acera para sentarnos en primera fila. Recuerdo el frío y las mantas encima de nuestras piernas, que ahora contrastan con una camiseta corta y una chaqueta de cuero arremangada que llevo en este momento. ¿Cambio climático? No, solo que mi cabeza no debe recordar tan bien los momentos de calor como los de frío. Minipunto menos para los recuerdos.

Otra cosa de la que me percato es que hasta la Semana Santa no ha podido eludir el “granhermanismo”: mucha gente alza su móvil y graba un paso, perdiéndose el espectáculo en directo. Pienso que, de momento, no se puede captar la grandiosidad de la imagen de la virgen con un manto negro de un par de metros que con su paso pega una bofetada de olor a incienso que es lo más parecido que he estado a lo que muchos aseguran que es una aparición divina. Da igual la fe que se profese, incluso si no se tiene ninguna fe. Impresiona. Aunque no parece que la señora sentada a mi lado esté pensando lo mismo. Está atenta a su móvil, jugando al Candy Crush con la misma determinación que los nazarenos alzan al vuelo a las imágenes, apretando la pantalla al son de los cofrades que tocan la carraca. Miro a mi alrededor y la situación se repite: hay quien se sale de la primera fila para hacer una llamada, o quien está enviando mensajes. Niños que se entretienen como la señora que tengo al lado, sin prestar atención a lo que ocurre allí mismo. Yo misma tengo el móvil en la mano.

“Buenos y malos” en Semana Santa

Miro a la derecha y hay dos mujeres con un niño que está hablando más alto de la cuenta, preguntando si el señor que va sobre un ataúd es “bueno o malo”. Sus maridos están algo más atrás, hablando animadamente entre ellos. Pienso en la coherencia y la conveniencia de que alguien tan joven presencie toda la parafernalia de las procesiones, desde las imágenes de un hombre casi desnudo crucificado a una mujer que llora desconsolada por la muerte de su propio hijo, que va tumbado en un ataúd pocos metros más atrás. También veo a unas niñas disfrazadas que no llegarán a los diez años y que representan a la madre de Jesucristo y María Magdalena. Una de ellas porta un trozo de tela blanco que casi le arrastra por el suelo y que creo que es un sudario. Hablan entre sí comprensiblemente distraídas, cansadas de horas de caminata. No lo sé a ciencia cierta, pero supongo que no saben verdaderamente qué es lo que representan o a qué imagen están abriendo el paso. Yo era igual a su edad: veía pasar imágenes que se me quedaban en la retina pero que no tenía mucha idea de lo que significaban. Mi educación católica me hacía dar por buenas y normales esas figuras moribundas y tristes que recrean un hecho brutal, pero que repiten, año tras año y casi sin variación, el capítulo más importante del cristianismo. Una muerte.

Costumbres de la Semana Santa en Guadalajara. // Foto; Yoana Agudo y Antonio Criado

Costumbres de la Semana Santa en Guadalajara. // Foto; Yoana Agudo y Antonio Criado

Llevo ya un rato mirando la procesión, y de alguna manera echo de menos el recuerdo más vívido que guardo de cuando era pequeña. Ese sonido de cadenas arrastradas por el suelo que venía de lejos, lento, como un quejido en medio del silencio. Cuando se ponía a tu altura, la imagen se agravaba por la visión de unos pies descalzos y negros de suciedad. “Está cumpliendo una penitencia”, me explicaba mi tía. Y pensaba qué habría hecho de malo para tener que cumplir ese castigo. Eso que se ahorra el niño del que hablaba antes.

La aparición de Amaia Montero

De repente, la voz de la cantante Amaia Montero en el tono de un teléfono me despierta de mi embobamiento. “Sí, estoy donde el Jardinillo, pero la Catalina no va a subir, me ha dicho que se iba para casa. Yo aguantaré un poco más, haz lo que quieras”. La señora que jugaba al Candy Crush habla muy alto, sin importarle las miradas de reprobación de la gente a su alrededor. Decido que es hora de moverme, pero esta vez justo al lado de los nazarenos. Hay lugares en los que en la calle solo están ellos, nadie que mire. Ya en la plaza Mayor, convive una mezcla rara de la algarabía de gente que se encuentra cenando y bebiendo en las terrazas cruzada por una fila de silencio y solemnidad. Esto tampoco lo recordaba de cuando era niña.

La comitiva continúa, con mujeres con mantilla, Guardia Civil y personalidades políticas, que, lideradas por quien creo que es el obispo, cierran la procesión. La última parte no estoy tan atenta, pues me encuentro charlando de otras historias con unos conocidos que me he encontrado. Entre las cosas de las que hablamos sale el tema de los dibujos animados de nuestra infancia. Durante la conversación expongo que si rescatas a personajes como Goku, Oliver, Benji o las Tortugas Ninja ya siendo adulto, seguramente te lleves una decepción. Esta experiencia ha sido algo parecido. “Cuida de todos tus recuerdos, porque no los puedes revivir”, decía Bob Dylan. Ni aunque lo intentes.

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