1937, requetés en las alcarrias.

“Era algo que no había visto nunca. Yo estaba acostumbrado a ver a los soldaditos de mi pueblo cuando iban a la mili vestidos de caqui. Al comentarlo con un vecino mío que era un poco sabidillas y algo mayor que yo, me dijo: “Es la Falange, son falangistas”. Y es verdad, llevaban la bandera de la Falange (…) Al rato me volví a casa y encontré por otra calle a un amplio grupo cantando con boinas rojas, algo que tampoco había visto nunca. Mi amigo me dijo: “Son requetés, los navarros”. Por delante, uno de ellos muy jovencito llevaba una cruz.  José María Toboso. Jadraque, 10 de marzo de 1937 (*).

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1937. Requetés en Villanueva con niños de la localidad. Foto: Andrés P. Arribas (***).

 

No hubo nada. De repente se escucharon unos cánticos. Eran los requetés la gente salió a la calle, fue emocionante; para mi familia en ese momento era una alegría, luego no lo fue tanto porque posteriormente nos enteramos que los nacionales mataron a mi hermano en Andalucía. Vi que delante de mí cantaban el himno carlista. Pepe Gallego. Jadraque. 10 de marzo de 1937 (*).

 

Por Gloria Magro.

Un viento helado recorre Villanueva de Argecilla (42 habitantes) y se cuela en la Iglesia, abierta de par en par este domingo 3 de febrero, festividad de San Blas y Fiesta Mayor en el pequeño pueblo que se alza sobre Jadraque, en los llanos de la alcarria, un poco retirado de la antigua carretera de Soria y a escasos kilómetros de Miralrío y Las Casas de San Galindo. Se celebra la tradicional misa en honor a San Blas, cuya imagen han sacado antes a procesionar pese al frío reinante. La iglesia se queda hoy pequeña, los jadraqueños tienen por costumbre subir cada año a Villanueva y el pueblo está a rebosar, entre locales y no tan forasteros. San Blas preside la recoleta y deteriorada iglesia cuya fachada acusa el desgaste del tiempo. En un lateral, una talla que se antoja inusual por estas tierras, la de San Fermín. Y al fondo, sobre el retablo de yeso pintado, llama la atención lo que parece una delicada y preciosísima virgen de Estíbaliz. Ambas imágenes fueron traídas durante la Guerra Civil por los combatientes requetés acantonados en el pueblo. Un poco más arriba, ocultos en el monte, una docena de barracones semiderruidos duermen olvidados desde hace cerca de ochenta años. La Asociación Histórica Frente de Guadalajara (AHFREGU) cree que durante la Guerra Civil estas construcciones albergaron no solo instalaciones militares requetés sino también un campo de concentración de prisioneros republicanos.

Acabada la misa, María Lurdes Andrés me enseña como era el retablo de madera tallada que se perdió en los primeros meses de la Guerra Civil, destruido por los milicianos. Me lleva a la sacristía, que fue la cocina de aquellos soldados. Quiere que vea los restos de hollín, pero las paredes han sido recientemente remozadas. Señala la parte posterior de la iglesia, el juego de pelota, donde se amontonaban los cuerpos de los combatientes en las escaramuzas que siguieron a la llegada requeté, muchos de los cuales siguen en el cementerio local. De vez en cuando, dice, han aparecido por allí navarros preguntando por sus familiares fallecidos. Mientras vamos hacia el Ayuntamiento, que invita a rosquillas y vino dulce, tanto ella como Bea Andrés de Pablo, la vecina de Jadraque de mis abuelos, se acuerdan del antiguo hospital de Villanueva, cuyas ruinas aún pueden verse a la entrada si se sube desde Jadraque. Las dos mencionan el cuartel general de los republicanos, que era la casa de los abuelos de Lurdes, pero ninguna sabe nada de un campo de concentración posterior. Tampoco de los barracones. Santos Andrés, el alcalde, no aporta mucho más. Hace unos meses acompañó a Alfonso López Beltrán, de la Asociación Histórica Frente de Guadalajara (AHFREGU) a visitar los antiguos barracones, hoy perdidos entre la maleza. Las fotografías se pueden ver en Facebook, así como un magnífico vídeo tomado desde un dron.

Mi abuelo, Juan Esteban, siempre decía que Villanueva de Argecilla, un villorrio insignificante en comparación con su opulento vecino de abajo, Jadraque, era un pueblo rico y afortunado: su riqueza era el monte, un monte frondoso de carrascas y quejigos en mitad de las alcarrias pedregosas. Disponer de monte en aquellos años anteriores a la electricidad, era sinónimo de prosperidad, aunque parte fuera término municipal de Jadraque. A los de Villanueva les bastaba con bajar al mercado sus gavillas de leña e intercambiarlas por alimentos, pagar las rentas, hacer compras… A mediados de los años 1980 la concentración parcelaria en Jadraque hizo a mi familia un regalo inesperado y tal vez entonces poco apreciado. Parte del monte de Villanueva pasó a ser nuestro. Y en aquellas parcelas concentradas iban incluidos los barracones de la Guerra Civil y también las huellas del campo de concentración que ya nadie parece recordar.

No hay mención alguna a esas construcciones en el libro de historia de Villanueva que escribió hace unos años el párroco de Jadraque, Andrés Pérez Arribas (***), aunque el cura si menciona el expolio de la iglesia y rescata viejas fotos donde aparecen los requetés en imágenes cotidianas. La AHFREGU ha documentado recientemente los restos de aquellas instalaciones militares. Las investigaciones de Julián Dueñas en el Archivo Militar de Ávila y su trabajo de campo, junto a Alfonso López Beltran, les lleva a concluir que en 1939 hubo en Villanueva casi cinco mil prisioneros de guerra. Las cifras son importantes, la novedad del descubrimiento, también.

Los requetés despiertan rechazo aún hoy entre los historiadores y es difícil encontrar alguno que quiera escribir sobre su llegada a Guadalajara en los primeros meses de 1937, de paso hacia Madrid. Se les considera los talibanes ultracatólicos de la época, con una fe a prueba de todo y de todos, como si de cruzados se tratase.

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Las Casas de San Galindo. Foto: Sebastián Tabernas.

Desde el comienzo de la guerra civil existió la convicción en el bando franquista de que la toma de Madrid era la garantía de la victoria. La pérdida de la capital del Estado supondría un golpe estratégico y psicológico profundo en los defensores de la República”, –explica el estudioso Enrique Alejandre-. Una vez liberado el Alcázar de Toledo, el 27 de septiembre de 1936, el ejército al mando del general Yagüe, emprendió la marcha hacia Madrid, atacándola en el mes de noviembre y fracasando -contra todo pronóstico- al encontrar una resistencia inesperada por la llegada de las Brigadas Internacionales, la ayuda de material bélico y asesores soviéticos y, la organización con métodos revolucionarios de la defensa de la ciudad por el Partido Comunista. Llegado el mes de febrero de 1937, las defensas republicanas al mando del general Miaja en la Batalla del Jarama lograron que el ejército de Franco no pudiera avanzar mas de quince o veinte kilómetros en su objetivo de conquistar la capitalAún habría de tener lugar un tercer intento de apoderarse de Madrid, esta vez desde la Alcarria, con una ofensiva por la carretera de Francia”.

Pamplona está relativamente cerca de Guadalajara si tomamos la vieja carretera de Soria. En 1936, los campesinos tradicionalistas navarros alistados en el requeté carlista, no dudaron en tomar sus estandartes en apoyo del ejército sublevado y bajar a Madrid “por Dios, por la patria y el rey legítimo”. Pensaban que la guerra sería corta, que tomarían la capital y volverían a sus faenas en el campo. Pero no fue así, y una vez llegados a los altos de la alcarria -Las Casas de San Galindo, Trijueque, Almadrones- el frente se detuvo tres largos años.

Continúa el avance. Se toma Jadraque, Villanueva de Argecilla y Miralrío. Al avanzar por los rasos de Miralrío hay un herido en la rodilla; los requetés van encima de los tanques; se coge un miliciano que estaba en las piezas detrás de unas piedras, decía que no había tirado ningún tiro y tenía no menos de doscientas cápsulas vacías y el fusil todavía caliente (…). Diario de Manuel Sánchez Forcada. Apunte del 10 de marzo de 1937. (****).

Las imágenes del soldado y fotógrafo Sebastián Taberna (**) dan cuenta de su paso por estos pueblos. Alcorlo, Jadraque, Las Casas de San Galindo, Padilla, Cogolludo… esos negativos han estado ochenta años perdidos y ahora, al ver las fotografías impresas, tan vívidas, es difícil no transportarse a ese tiempo y a esa época. Lurdes Andrés me cuenta la historia del retablo de yeso que los requetés hicieron al reconstruir la iglesia. La historia del sagrario, “amasado con sangre requeté”, no parece un relato muy real y sin embargo y para mi sorpresa, no es difícil encontrar el testimonio que lo avala.

El Sagrario de la Iglesia de Argecilla (Guadalajara), verano del 1937: El Capellán Padre Mariano se ocupa de reclutar operarios entre el Tercio, para restaurar iglesias destrozadas por los Gubernamentales. En ese tiempo se concluye la restauración de la Iglesia de Argecilla (Guadalajara), cuando el Tercio del REY y el de Nuestra Señora de Valvanera , son desplazados a Jócar para una operación de rectificación del frente, Entre las bajas ocasionadas al Tercio del Rey figura Marcos Lezaun, un seminarista incomparable por su extraordinaria caridad y espíritu de sacrificio. Sufre de lleno la explosión de una granada de mano y sangra abundantemente. El cadáver se coloca en la Iglesia a espera de ser recogido por sus familiares. El Padre Mariano, junto con su sacristán, reanudan sus labores restauradoras, pero no encuentran materia noble con que forrar interiormente el Sagrario. De pronto Sebastián toma la manta empapada de sangre y la escurre en la artesa.– ¡Padre Mariano! – exclama- ¿Que mejor material para el Sagrario que el yeso empapado en la sangre de Marquitos LezaunCuando llega a Argecilla, después de 1939, la definitiva reconstrucción, el arquitecto que la dirige respeta el Sagrario al conocer los detalles de su primera restauración. (*****)

Hace tiempo que nosotros no subimos a los barracones. Mientras los caminos forestales estuvieron sin arreglar, por allí solo transitaban los lugareños y algún cazador perdido. Ahora, sin embargo, es fácil llegar hasta ellos, Google maps los localiza de forma inmediata y los vándalos no han tardado en aparecer. Cualquier resto oxidado y medio enterrado en la maleza sirve para datar, es útil a los historiadores. Lo que queda de una lata de leche condensada, de un ladrillo, de una bota, remite a un batallón, a un ejército. Los excursionistas no tienen porqué saberlo y se los llevan a modo de recuerdo o los terminan de destruir. A Santos Andrés le gustaría convertir estas construcciones en un campamento de verano, darles una utilidad. No parece fácil, ni seguramente sea conveniente. Mucha gente se dejó la vida entre estas carrascas entre 1937 y 1939, tal vez demasiada. Cuando llegue la primavera volveremos a subir. Quiero enseñarle a mi padre los agujeros en el suelo que ha encontrado Alfonso López Beltrán, donde metían a los prisioneros, el altar erigido por los requetés del que me habla, la cruz grabada en la piedra…

 

(*)”Testimonios de una batalla. Guadalajara 1937″. Pedro Aguilar, Raúl Conde, José García de la Torre, Joaquín Hernández Corral. Ed. Nueva Alcarria. 2007.

(**) “La cámara en el macuto”. Pablo Larraz Andía, Víctor Sierra Sesumaga. Ed. La Esfera de los Libros. 2018.

(***) “Historia de Villanueva de Argecilla”, Andrés Pérez Arribas. Ed. aache. 2000.

(****) Diario de campaña de un requeté pamplonés (1936-1937). Manuel Sánchez Forcada. Príncipe de Viana, ISSN 0032-8472, Año nº 64, Nº 230, 2003, págs. 641-682.

(*****) “Tercio de requetés de Valvanera. Semblanzas y canciones”. Manuel Belosillo.

 

2 pensamientos en “1937, requetés en las alcarrias.

  1. Frases como esta, hacen que se la vea el plumero y el artículo pierda el poco rigor que tiene:
    “Los requetés despiertan rechazo aún hoy entre los historiadores y es difícil encontrar alguno que quiera escribir sobre su llegada a Guadalajara en los primeros meses de 1937, de paso hacia Madrid. Se les considera los talibanes ultracatólicos de la época, con una fe a prueba de todo y de todos, como si de cruzados se tratase”.
    Busque un poco porque relatos sobre la valentía y arrojo de los requetés son una leyenda, que causa admiración para cualquiera que no sea un sectario anticlerical y de ultraizquierda.

    • Disculpa la tardanza en la respuesta. Acabo de ver el comentario. Nadie puede discutir el arrojo y la valentía de ningún grupo de combatientes en una guerra. Pero yo no encontré ningún historiador que quisiera aportar algo sobre ellos. Me puse en contacto con la Fundación que ha editado el libro de fotografías “La cámara en el macuto” y no me contestaron. Me limité a ponerlo tal cual y a decir de manera suave porqué no querían colaborar quienes lo rechazaron. Te aseguro que fueron bastante explícitos en sus motivaciones.

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