Cabanillas del Campo: buscando nuestra identidad

Vista de Cabanillas del Campo. // Foto: Ayuntamiento de Cabanillas del Campo

Vista de Cabanillas del Campo. // Foto: Nando Rivero

Por Rafael Villaseca Lozano*

Mirando desde la cristalera de la concurrida estación de Blackfriars, en la City londinense, me encuentro ensimismado viendo fluir el río Támesis. Corre a gran velocidad, tanto en dirección a su final en el Mar del Norte, como cuando sube la marea y discurre en sentido contrario.

Apurando mis últimos días en esta Inglaterra cambiante, con una fuerte identidad nacional, mirando fijamente el río escapar del agotamiento capitalino, no puedo dejar de pensar en mi tierra. Cabanillas del Campo es, y siempre será, mi hogar. Sin ningún género de dudas es ese rincón del mundo el que me hace sentir a salvo, pero también orgulloso. Nosotros, los cabanilleros, también tenemos identidad y es mi obligación como historiador tratar de luchar por ella.

Desde que tengo uso de conciencia, todos o casi todos mis recuerdos felices están relacionados con Cabanillas cuando era un pueblo no demasiado grande a principios de los noventa. Un lugar profundamente agrícola que empezaba a construir polígonos industriales, nuevas urbanizaciones e incluso que se vio obligado a modernizar y ampliar el colegio. Empezaba por tanto a perder inexorablemente su identidad. Fuimos creciendo, estableciendo lazos al calor del auge económico y logístico, pero nos olvidamos, todos nosotros, de quiénes éramos.

Las fiestas dejaron de hacerse en febrero, cuando es San Blas, patrón del pueblo, e incluso durante años las fiestas de mayo estuvieron en un estado de letargo mortecino. Las de julio poco a poco dejaron de ser lo que eran. Ya no se iba de peña en peña por el pueblo, se perdió ese aroma a casa, a pueblo, a identidad. Ahora tenemos casi una semana en la que todas las peñas estamos juntas y, si quieres algo parecido a un pueblo de verdad, tienes que subir a las peñas de “los mayores” para poder notar, aunque sea de refilón, todo lo que fuimos en el pasado.

Es por tanto un problema, la falta de identidad, de pasión y sentimiento de tradición. Nos toca ahora exponer el pasado, el camino de nuestra villa a lo largo de la historia.

Cabanillas fue una villa castellana que no se mantuvo ajena al devenir de los tiempos e incluso aprovechó estos mismos para encontrar su hueco en la historia.

Precisamente en esta historia encontramos a Sancho de Moncada, uno de los principales arbitristas (literatura económica), del siglo XVII, como párroco de nuestra iglesia entre 1609-1616. Siguiendo con los clérigos importantes, porque así era en el siglo XVII, encontramos a Antonio Sanz Lozano, prelado que nació en nuestra villa y terminó siendo Obispo de Cartagena de Indias y Arzobispo de Santafé de Bogotá, previo paso por el rectorado de la Universidad de Alcalá de Henares aún en tiempos de juventud.

Ya ven que Cabanillas no solo ha aportado a la historia un campo de golf dificilísimo de jugar, ni unos almacenes logísticos colosales. Tuvimos espacio para el crecimiento cultural de personalidades influyentes.

Sin embargo, precisamente en este siglo de los Austrias Menores, encontramos el hecho que marcó nuestro peregrinar por la historia. Aquel capítulo fue nada más y nada menos que la Independencia de todo un pueblo, a centenares de kilómetros de los regionalismos, de la ciudad de Guadalajara. Damos principio en el día 6 de mayo de 1625, cuando se promulgaba una Provisión por la cual el Rey Felipe IV vendía hasta 17.500 vasallos de las villas y realengos, hecho que en Cabanillas cristalizaría en la mañana del 18 de febrero de 1628, cuando en la plaza del Ayuntamiento tuvo lugar la toma de posesión de su villazgo por parte de Cabanillas la corporación municipal. Es por tanto que Cabanillas ya es, de pleno derecho, Villa por sí misma desde hace 392 años.

Sabemos también que la proeza de comprar su villanía costó cerca de 4,8 millones de maravedís, lo que viene a ser alrededor de 13.000 ducados de la época. Este desembolso supuso un esfuerzo titánico para una población que dependía casi en exclusiva de la agricultura. ¿Y quién no? Cabanillas se encontraba en la Castilla cerealística. Algunas plagas, años de malas cosechas e incluso los franceses, hicieron que el pueblo quedase cada vez más y más empobrecido, con menos población y en un punto en el que su política expansionista se veía comprometida (Benalaque siglo XVII y Valbueno siglo XIX).

No es historia menor la de por qué no tenemos reloj en nuestra iglesia, emblema del pueblo incluso para los que no practicamos el culto católico. En plena Guerra de la Independencia (1808-1814), Cabanillas se encontraba en el área de influencia de El Empecinado, alegre bandolero, tan típico del momento. La ayuda prestada al bandolero y no a los franceses hizo que estos se llevasen trece arrobas de joyas de la localidad. Tras esta notable sustracción, la villa tuvo que seguir haciendo frente a sus pagos, por lo que la solución fue vender el reloj de la iglesia.

La historia no se detiene, ni permite esperas, por lo que nuestro querido pueblo siguió avanzando hasta convertirse en lo que es hoy, una gran amalgama de ciudadanos de diversa procedencia.

Desde mi posición, ahora cambiada a las magníficas vistas que se encuentran en la décima planta de la Tate Modern de Londres, me acuerdo del Alférez Verda, cabanillero fallecido en Larache, Marruecos 1922. El alférez tenía 22 años, y defendió hasta pagar con la vida su posición en aquella maldita guerra, que antecedería muchos dilemas. Mirando al vacío, en mi elevada posición, pienso en mi Cabanillas, en su monte donde a veces hay corzos, conejos y otros animales, los cereales creciendo en primavera, el olor de los huertos de la carreterilla del monte, la plaza de abajo y la de arriba, la del lavadero y el campo de fútbol… Pero sobre todo, desde las alturas, pienso en el alférez. Tal vez me sienta como él, añorando mi tierra, mi pueblo y su gente. Afortunadamente, hoy no es mi final, y por el recuerdo y la memoria de lo que fuimos y de lo que debemos ser, he tomado conciencia de nuestra identidad.

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* Rafael Villaseca Lozano

Es historiador de formación aunque su vocación son las bibliotecas. Ha trabajado en la Biblioteca León Gil de Cabanillas del Campo durante seis meses y ha colaborado en diversas iniciativas sobre la recuperación histórica del pueblo porque se considera “un orgulloso cabanillero de toda la vida”. Actualmente trabaja como guía turístico en la ciudad de Londres, donde realiza tours en el prestigioso Museo Británico a través de una empresa privada.

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