Cacerolas y cacerolos

 

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Me resisto a la nueva normalidad. A mí no me parece normal. Pero qué hago, ¿me mantengo en la cueva y espero a salir solo cuando lo que se está llamando normalidad se corresponda con la mía? Después de todo, mi normalidad era la de todo el mundo hasta hace solamente dos meses ¡dos meses! Nada más y nada menos (…) Seguid sin mí, que yo me quedo aquí, en la cueva de Segismundo, esperando hasta que la palabra viva sea viva de nuevo. No tengo prisa, bueno, sí tengo (muchísima), pero me la aguanto y disimulo como si no la tuviera. No sé hasta cuándo… Estrella Ortíz. Escritora. Foto: Sport.es

Por Gloria Magro. 

Abro el cajón y miro las cacerolas apiladas, relucientes a base de tanto frotarlas con el estropajo nanas, y pienso en qué me impulsaría a mí estos días a salir a la calle para aporrear un cazo envuelta en una bandera como toda defensa ante un virus letal. La respuesta tiene sus capas, sus fondos y sus superficies, brillantes y bruñidas también de tanto frotar estos días el pensamiento cuando no tenemos otra cosa en que emplearnos en este domingo infinito en el que el COVID nos ha instalado. 

Estamos hartos, como decía mi compañera Sonsoles en este mismo blog la semana pasada. Chiqui Valero ha acuñado la palabra sinfinamiento, y si no es suya me da lo mismo y se la atribuyo, es al primero a quien se la he leído. Estamos cansados de nuestro presente actual y de no verle un horizonte distinto al futuro. Y ahora que empieza a hacer buen tiempo, solo de pensar en continuar así todo el verano se nos pone un nubarrón negro sobre la cabeza del que es difícil desembarazarse. Después llegan las ocho, hora del paseo colectivo, y parece que se pasa un poco la tormenta que nos acecha cada día. Nos tropezamos con gente a la que ya no veíamos, nos reconocemos pese al embozo y nos saludamos a una distancia prudente. A eso se ha reducido nuestra vida social y con eso nos conformamos. No todos. Hay quien en vez de calzarse las deportivas y hacerse la ruta del colesterol, la de la Ronda Norte o recorrerse la mota sobre el Henares hasta el puente de los tirantes, prefiere ponerse la bandera de todos a modo de escudo y estandarte de sus principios y salir cacerola en mano a darle mamporros, sin más discurso que el ruido de sus propios tañidos.

Y la verdad es que viendo el sonrojo que producen quienes además de darle a la cacerola se atreven a hilar un discurso ante los micrófonos de los medios, es de agradecer que aquí en Guadalajara estén calladitos con sus cazos, plaza de Santo Domingo arriba, plaza de Santo Domingo abajo, que exponiendo el motivo de sus reivindicaciones con declaraciones disparatadas y fuera de la lógica del resto de los españoles. No es de extrañar que se haya acuñado el término cacerolos para definirles. No todo el colectivo conservador comparte esta repentina reivindicación de pescar los virus que haga falta saltándose la ley actual en nombre de la libertad personal. Afortunadamente impera el sentido común a derecha e izquierda y son una infinita minoría.

Me decía estos días un periodista local en la puerta del supermercado donde coincidimos después de dos meses sin vernos que o se pone fin al confinamiento o a Sánchez se le va esto de las manos y el país se levanta. Yo miro las imágenes de los cuatro gatos envueltos en la bandera aquí en Guadalajara, o desfilando entre los chalets aislados en una urbanización al norte de Madrid, y creo que no, que nadie en su sano juicio sale estos días de casa a socializarse cacerola en mano porque se sienta prisionero del Gobierno en una situación excepcional que ha causado miles de muertos y de la que nadie está a salvo a día de hoy.

Una calle de Madrid no hace una ciudad de cinco millones de habitantes y mucho menos hace un país entero. Si algo ha demostrado el coronavirus es que está por encima de las ideologías. Más allá del ruido en las redes sociales y de las meteduras políticas de unos, la gestión de otros y las dudas de los de más allá, con treinta mil muertos sobre la mesa y sin una vacuna en el horizonte, ya se pueden desgañitar algunos desde sus púlpitos laicos pidiendo volver a la normalidad y a convivir con el virus, que a ver quien se atreve a dar el paso y normalizarse. Los suecos, por ejemplo, que decidieron dejar el desarrollo de la pandemia a la libertad personal que ahora piden los de las banderas. En Suecia sí que no se ve horizonte de normalidad. Hoy no queremos ser suecos, ni nos lo planteamos.

Nos atrevemos a salir a la compra, a ver a la familia después de tantas semanas de aislamiento, probamos a buscar un asiento y una cerveza ocasional en las pocas terrazas que han abierto. Damos tímidos pasos hacia una rutina con mascarilla y tanteamos cada nuevo terreno social con precaución extrema. Una mayoría de españoles entendemos que un trozo de tela nos separa de la UCI, el entubamiento y tal vez de un sepelio en la intimidad. Mientras no tengamos alguna certeza más sobre los mecanismos del virus pocos bajarán la guardia y se expondrán a pecho descubierto ante la enfermedad. El Gobierno quiere desescalarnos con prudencia, la economía reclama acortar esos plazos y nosotros, los ciudadanos, ahí en medio somos aún más cautos y prudentes. Parecemos canarios temerosos ante la puerta de nuevo abierta de la jaula.

Costó mucho convencernos como sociedad de la gravedad de la situación, más aún tomar las medidas de confinamiento que limitaron el avance de la pandemia. Todos hemos sido conscientes de las dificultades sanitarias por las que hemos atravesado. Hay que ser muy loco o muy irresponsable para negar la evidencia y pretender que de un día para otro la situación ha cambiado y ya podemos volver al mes de febrero sin mayores consecuencias. Y sobre todo que esto venga de quienes creían que España era el último país europeo en tomar medidas contundentes contra el COVID, algo evidentemente falso. Que poco han aguantado unos pocos, frente a la ejemplaridad del resto. Y eso en condiciones extremas, con un enemigo mortal común a todos campando por el exterior.

Parece que son miles las empresas que han presentado ERTES hasta ahora en Guadalajara. El SEPECAM lleva volcados en la economía de la provincia 22 millones de euros en subsidios solo en el mes de mayo. Las cifras marean por irreales. Lo que es una certeza irrefutable es que la inmensa mayoría de los trabajadores y autónomos que han visto detenerse su vida laboral no han sido dejados a su suerte. Con los servicios asistenciales asegurados a corto plazo y la voluntad política respaldada por la Unión Europea de no dejar a ningún colectivo atrás, yo no encuentro motivos para salir a la calle a darle a la cacerola y por lo que veo en los medios, la inmensa mayoría de los españoles, tampoco.

Me cuesta mucho identificarme con el alcalde de Ortigueira, ese señor de los pantalones de pana y el inmenso terreno que se veía en el vídeo. O con el propietario del descapotable con chófer que se paseaba estos días por Santander protestando por aún no sabemos qué. De los del barrio de Salamanca no digo nada, ya les hemos escuchado y poco más hay que añadir. Los españoles nos sentimos espectadores de un reality, el de los cacerolos. Frente a la pantalla personajes sacados de una realidad que nos es por completo ajena, minorías que se creen instaladas en unos privilegios absurdos y que solo se levantan para defender lo que creen que les es propio sin que los demás lleguemos a comprender que es. Vidas ajenas, economías ajenas: reivindicaciones lejanas e incomprensibles tanto en el fondo como en la forma. Este fin de semana prometen además caravana de coches. Aún queda para San Cristóbal, patrón de los conductores, el día que tradicionalmente se sale a dar la tabarra con el claxon. Mientras pitan, no hablan, tal vez sea esa la estrategia cuando no se tiene gran cosa que decir.

Las manifestaciones no nos son ajenas. Los españoles hemos salido a la calle masivamente para protestar contra nuestra participación en la Guerra del Golfo, contra la violencia de ETA, contra la violencia de género, contra todo aquello que creíamos que como sociedad nos perjudicaba o atentaba contra nuestros derechos colectivos. Las mareas verdes en defensa de la educación pública recorrieron incansables todo el país en 2011. Las batas blancas también se desgañitaron en aquel momento pidiendo que no se recortara en sanidad, patrimonio de todos. Riadas y riadas de ciudadanos salieron a la calle entonces en defensa de un sectores en riesgo de desmantelamiento, un movimiento solidario y colectivo. El tiempo nos dio la razón, como bien se ha visto ahora, en tiempos de pandemia, en aquellas comunidades donde se aplicaron bien con la tijera y además pusieron la gestión de lo público en manos privadas durante varias legislaturas.

¿Dónde estaban entonces los cacerolos? ¿Dónde estaban entonces estos que ahora ponen en peligro la salud de todos sin que sepamos a ciencia cierta que es lo que les es tan propio y tan valioso que les están arrebatando solo y exclusivamente a ellos? Cada uno elige sus causas, es evidente, sus batallas, sus héroes y sus demonios. Ya saben la respuesta. Y también las consecuencias. 

 

 

 

Un pensamiento en “Cacerolas y cacerolos

  1. “El tiempo nos dio la razón, como bien se ha visto ahora, en tiempos de pandemia, en aquellas comunidades donde se aplicaron bien con la tijera y además pusieron la gestión de lo público en manos privadas durante varias legislaturas”

    Con esto se refiere a Castilla-La Mancha que ha registrado la tasa de mortalidad más alta de España y dónde ha gobernado el PSOE casi 40 años?

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