Sin trato, pero con truco

Por David Sierra

Sale la brujita a la calle. Entusiasmada, con un gorro de caperuza negra casi más alto que ella. Los labios marcados en negro azabache y el párpado inferior en un tono oscuro, tal como el ojo de un boxeador después de haber recibido un directo, hacen prácticamente identificable a la criatura que juega ilusionada ajena a la situación. Justo en ese instante, aparece un diminuto muerto viviente perfectamente maquillado para la ocasión. Se junta con Drácula, una momia con mascarilla y otros seres de la oscuridad para pasar un rato de diversión. Saben que este año no habrá truco o trato, y aunque les ha tentado la idea, ninguno ha optado por disfrazarse del malicioso virus, a pesar de que a estas alturas es lo que más miedo puede suscitar.

Posan orgullosos para las instantáneas de rigor. Esas que pueden ser objeto de información en la prensa local del municipio donde quedan retratados los acontecimientos como éste en los pueblos en los que el volumen de noticias escasea o simplemente se esfuma en la cotidianeidad. Sin embargo, el número de participantes en esta ocasión hará que se aplique la autocensura pues exceden a lo permitido por las normas anticovid establecidas por las autoridades sanitarias. La historia se repite en varias pequeñas localidades y el acontecer pasará desapercibido para justificar que se cumple a rajatabla con las imposiciones.

Mientras tanto, a unos cientos de kilómetros de allí, en la capital de España las actitudes y los compromisos son otros. Lo dicho en el atril ante los medios de comunicación se desintegra por una celebración. En periodismo, no vale tanto lo que se dice como lo que se calla. Y el hecho de que un medio de comunicación consiga atraer en el acto de su aniversario al conjunto de la clase política rompiendo con todas las normas establecidas para luchar contra la pandemia pone de manifiesto la influencia de quien lo dirige. Y plantea la cuestión de qué es lo que silencia.

Emiliano García Page y el periodista Pedro J. Ramírez.

Las restricciones se incrementan al tiempo que los datos de contagios se elevan. Y el desconcierto de diecisiete formas de gobierno gestionando por su cuenta la situación ayuda poco a que la población tome conciencia. Más si luego se muestran saraos políticos como si nada sucediera. Pasan los días, las semanas, los meses y la luz del túnel se torna cada vez más pequeña. El desasosiego aumenta en la medida en la que la inactividad acerca la miseria. El Estado aún no ha comprendido que, al margen de la millonada procedente de la Unión Europea, es indispensable tomar decisiones a nivel general tal como hiciera al inicio de la epidemia.

La sociedad reclama iniciativas de interés público que acerquen la ascua a su sardina. Pero todas, en su mayoría, coherentes y alejadas de las teorías que la Nave Misterio ofrece ahora cada día. Dotar a los sistemas de salud de las autonomías de los refuerzos que demandan sus profesionales; aparcar los sistemas de subsidios para unos sectores económicos que, ante el parón, más que ayudas solicitan un alivio en los gastos de sus negocios durante el tiempo que estén improductivos; paralizar el pago de alquileres e hipotecas; garantizar los suministros esenciales de agua potable y luz frente a los impagos, o suspender temporalmente las contribuciones impositivas en empresas y las cuotas de autónomos podrían ser algunas soluciones que ayuden a sofocar el cada vez mayor descontento social, focalizado intencionadamente en los jóvenes, pero que va mucho más allá.

Aseguran que los gamberros que durante las pasadas noches sometieron al caos a varias ciudades españolas tras diversas concentraciones de negacionistas eran adolescentes de las extremas ideologías a derecha e izquierda, todo ello mezclado con algunos hinchas futboleros y aderezado con delincuentes juveniles, de esos que todavía no han pasado por las manos de Pedro García Aguado. Jóvenes que han crecido en un entorno condicionado por esa recesión, en principio económica; que a la postre también les ha hurtado libertades y derechos hasta el punto de privarles del conocimiento de los principios filosóficos básicos imprescindibles para madurar como personas dentro de nuestro contexto social. Y ante la falta de esa base fundamental han encontrado en las redes argumentos conjeturables cargados de presuntas verdades inverificables.

Aunque en esta ocasión la fiesta de Halloween apenas se haya celebrado, es difícil encontrar un año con tanto terror como el aún vigente. A la aguarda de que nos encierren y de que aparezca la deseada vacuna, el virus y los irresponsables que lo alientan continúan celebrando la jornada de difuntos como si fueran ajenos a un susto, sin trato, pero con truco.

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