Los museos de los nuestros

Algunas de las obras expuestas en el Museo Francisco Sobrino, recién abierto. // Foto: E.C. (Cultura EnGuada).

Algunas de las obras expuestas en el Museo Francisco Sobrino, recién abierto. // Foto: E.C. (Cultura EnGuada).

Por Rubén Madrid

Con sus dos años de demora sobre el plazo de inauguración previsto, sus sobrecostes que han disparado el gasto hasta 2,5 millones de euros y sus carencias expositivas –que las hay: no está toda la obra esperable por motivos que no han sido suficientemente explicados–, la reciente apertura del Museo Francisco Sobrino, con prisas y con una invitada ‘de bulto’ en el acto oficial, marca un camino interesante: Guadalajara se acuerda de sus artistas; y los expone como motivo de orgullo. Sobrino está ya a la altura de Suárez y del Papa Juan Pablo II.

Sobrino tiene ya lo que ningún otro creador de talla internacional nacido en Guadalajara ha tenido hasta ahora: un museo con su nombre. El proyecto, nacido hace una década larga, tardó en desperezar y sólo en 2011 fueron licitadas las obras en el antiguo matadero para convertir el viejo proyecto en realidad. La adjudicación no pudo ser más desatinada: Obras Coman se hizo con el encargo prometiendo unas mejoras que no hizo y dejó empantanada la obra al 70%, según reconoció -lo denunció primero la oposición socialista- el equipo de gobierno. La consecuencia más prosaica han sido los sobrecostes, que en este país nunca pasan factura política; la consecuencia romántica, la que toca en lo sentimental, ha sido que el escultor Sobrino falleció un año antes de que acabase la obra o, mejor dicho, un año después del plazo que se había establecido para abrir el museo: murió sin conocerlo.

Pero Sobrino tiene museo. Y el pintor Carlos Santiesteban, fallecido a finales de marzo, lo tendrá también. Y se suman a la existencia de una sala de arte de Diputación en el San José que lleva el nombre de Antonio Pérez, artista polifacético nacido en Sigüenza, afincado en Cuenca –donde está su Fundación– y que pertenece a una generación de artistas de la talla y el reconocimiento de Antonio Saura o Luis Gordillo, por citar otros dos de los más conocidos.

La fotógrafa alcarreña Paula M. Langa, junto al retrato que hizo a Sobrino y que luce en su museo. // Foto: E.C. (Cultura EnGuada).

La fotógrafa alcarreña Paula M. Langa, junto al retrato que hizo a Sobrino y que luce en su museo. // Foto: E.C. (Cultura EnGuada).

De modo que Guadalajara, ciudad que tradicionalmente sólo ha abierto a duras penas espacios para el arte y que sigue esperando la puesta en marcha de un museo de la ciudad para el que tiene una exposición que suple estas carencias en el CMI de Aguas Vivas, se encuentra con que ofrecerá al mundo tres infraestructuras que llevan el nombre de sus tres artistas contemporáneos que han logrado un mayor reconocimiento internacional. A veces sabemos hacer las cosas bien.

¿Y la Catedral? De cuando en cuando a los vecinos que vivimos en el centro algún turista nos aborda preguntándonos por las señas para ir a la catedral. Salvando estos despistes, la ciudad tiene –no lo vamos a descubrir ahora– un patrimonio conservado a duras penas, recuperado todavía con más esfuerzos y con un tirón turístico limitado. El recorrido es el que es, del Infantado a la Cripta del Fuerte –lo hagan por el eje cultural o por el vía crucis de solares de la Calle Mayor–, y deja escasas razones para que el visitante haga noche en la ciudad. Somos visita de una jornada, de ida y vuelta, de unas horas. Y por suerte tenemos una provincia infinita.

El pintor Santiesteban y el alcalde Román, durante la inauguración de una calle que lleva el nombre del pintor. // Foto: Ayto. de Guadalajara.

Santiesteban y el alcalde, durante la inauguración de una calle con el nombre del pintor. // Foto: Ayto. de Guadalajara.

A falta de la catedral que andan buscando los turistas despistados, la puesta en marcha de recursos alternativos para el turismo cultural debería complementar la oferta para este público que no sólo viene al torneo del Multiusos de turno. Y para ello hay que sacar partido también a un patrimonio cuya importancia no siempre reside en la gravedad de la piedra centenaria, sino que se manifiesta en otros tesoros más livianos, como la palabra.

Lo dijimos ya cuando se abrió el debate sobre el posible uso de la vieja prisión y lo traemos de nuevo a cuenta: nos vale igual a propósito del mismo debate para la vieja sede de Correos o para tapar uno de tantos agujeros negros del casco. Lo importante aquí no es tanto el recipiente como el contenido: resulta incomprensible que nadie haya puesto todavía en marcha en Guadalajara una suerte de museo de la palabra: un lugar de referencia para vecinos y forasteros en el que se exponga todo el patrimonio derivado de casi 25 años ya de Maratón de Cuentos como máximo exponente de la narración oral, una manifestación cultural que en Guadalajara tiene tanta tradición como afición.. Y un lugar en el que, de paso, tenga cabida el homenaje a otras figuras de la creación literaria ligadas a la provincia. Un sitio que, puestos a imaginar, lo pensamos vivo, acogiendo no sólo fondos expositivos sino conferencias, talleres o presentaciones de libros.

El centro o museo de la palabra o de las letras podría ser, además, el lugar adecuado para saldar la deuda pendiente con Buero Vallejo, posiblemente el dramaturgo más importante de la segunda mitad de siglo XX, que luce placa en la fachada de su casa natal de Miguel Fluiters y da nombre al teatro-auditorio, pero poco más. Cuando, en realidad, podría ser mucho más: se sabe que la familia estaría dispuesta a ceder fondos del archivo del escritor –carteles, manuscritos, fotografías, dibujos, correspondencia… una colección de programas de sus estrenos y 200 cintas con entrevistas–. Y no todo es buscarle el lado más fetichista al asunto: resulta inconcebible que el único Premio Cervantes que ha alumbrado Guadalajara no tenga una fundación o un centro de estudios que se dedique a indagar y difundir diferentes aspectos de una obra que es universal.

Buero, en la casa museo de otro dramaturgo, Ibsen, en 1981 // Foto: Biblioteca Virtual Cervantes.

Buero, en la casa museo de otro dramaturgo, Ibsen, en 1981 // Foto: Biblioteca Virtual Cervantes.

No acaba aquí la cosa: los nombres de escritores adoptados en esta tierra y tan admirados en ella como Camilo José Cela, José Luis Sampedro y Manu Leguineche, así como el de otros incomprensiblemente olvidados como nuestro alcarreño del 27, Herrera Petere, o Miguel Alonso, más conocido por el psudónimo de Ramón de Garciasol y de quien se cumplió el año pasado el centenario de su nacimiento con más pena que gloria, son algunos de los nombres de esos creadores ligados a la palabra que siguen en busca de un espacio en el que reivindicarse en Guadalajara. No estaría de más reunirlos en una misma casa.

Tal vez el atino con los dos artistas alcarreños fallecidos a lo largo del último año –añadamos, si quieren, a Antonio Pérez, todavía entre nosotros– se deba a que resultaría imperdonable que unos señores que pintan y esculpen no tuviesen un museo en su ciudad. Hay que estar atentos al modo en que se desarrolla el proyecto con la casa de Santiesteban, después de que la propiedad haya pasado a manos del ayuntamiento tras un acuerdo suscrito hace trece años por el que el pintor cedía el inmueble, aunque viviría allí hasta sus últimos días. Hay que ver también si la Sala Antonio Pérez, que nació como espacio para arte de vanguardia, se reintroduce en ese circuito o lo abandona definitivamente, como parece la apuesta de la actual Diputación en favor de otro tipo de exposiciones de carácter más localista.

Cabe preguntarse si Guadalajara trata bien a sus creadores más insignes, aquellos que en otros territorios quisieran seguramente reclamar para sí en caso de que pudieran aportar una carta bautismal o un tímido signo de apadrinamiento. Y hay motivos para pensar que la puesta en marcha de estos museos con los nombres y las obras de los artistas plásticos alcarreños con mayor proyección internacional así lo sugieren. Pero lo que sucede, en cambio, con los escritores, sólo resta argumentos, y olvidos como el 25 aniversario del Nobel de Cela o la aparente inoperancia con la casa museo de Leguineche en Brihuega sólo añaden más casos al evidente de Buero. Será objeto de debate la semana que viene en el espacio Briandando de Radio Arrebato, pero mi impresión, desde luego, es que Guadalajara no está cumpliendo como debe con sus creadores. Que lo que ha sucedido ahora con Santiesteban y Sobrino es, simplemente, una feliz casualidad que ojalá sirva de ejemplo.

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2 pensamientos en “Los museos de los nuestros

  1. Genial reflexión, Rubén.
    Apuntaría a otro gran olvidado: Ángel María de Lera, escritor nacido en Baides, obtuvo el Premio Planeta en 1967. Anarcosindicalista e incansable defensor de los derechos sociales y de los escritores.

  2. Enhorabuena, Rubén, por tu artículo. Suscribo todo lo que expones y propones. En cuanto a lo de que “Guadalajara no está cumpliendo como debe con sus creadores”, sólo hay que ver el caso que las actuales “autoridades” municipales hacen a la Escuela de Arte, que lleva diez años formando geniales artistas y creadores/as. En la reciente exposición en el Infantado, ni siquiera tuvieron la educación y vergüenza de aparecer en su inauguración… ¿porque la actual directora es concejala de la Oposición en el Ayto.? Y ¿qué pasa con alumnos/as y profesores/as? ¿no merecen su atención y reconocimiento? Si no cuidan y reconocen a sus jóvenes promesas, mal vamos… Lo dicho: una vez más, felicidades por tu prosa y tu análisis profesional como siempre. Un abrazo

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