¿Y qué narices hago aquí?

Por David Sierra

Allí estaban. Con la mirada perdida en el horizonte. Una sonrisa torcida, de esas que cuestionan el ‘¿y que narices hago aquí?” y se responden solas con un ‘calla, que esto va en el sueldo”. Los trajes impolutos, de ese negro enlutado que es cada vez menos propenso. Los palios rectos. Y siempre una mirada de reojo a ese párroco que, repentinamente se muestra pletórico del mismo modo que, entre bambalinas, defendía su postura futbolística con las razones por las que el Madrid no termina de carburar. Los representantes de la plebe y los de los dioses, juntos ante la talla de esa Virgen por la que muchos van a brindar estos días hasta hartase el paladar.

Publicaba el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) hace unos días un informe en el que desvelaba que más del 70 por ciento de los castellano manchegos se declaraban católicos, si bien de esos tantos algo más de la mitad reconocía no pisar la iglesia. En mis tiempos, saltarse la misa de domingo más de dos veces al mes era de ‘comunistas’ y todos iban como un pincel. Aunque ya no eran épocas pasadas en las que los sacerdotes recorrían casa por casa para dar el toque a la eucaristía, al margen de las campanadas, las autoridades acudían hasta la primera bancada en representación de todos los que estaban y de los que faltaban. Nada chirriaba.

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Procesión de la Virgen de la Antigua en Guadalajara. / Foto: B.C. Guadaqué

Las redes sociales y la búsqueda de protagonismo que incita la propia política y a quienes la ejercen desde un sillón más elevado que el resto ha convertido en habitual las imágenes de aquellos que, ostentando la representación del pueblo, se fustigan el pecho con palmadas fingidas en honor a esa tradición que hay que mantener porque en esta nuestra tierra siempre hemos creído en la palabra del Señor. Pocos son los que atienden al artículo 16.3 de nuestra Carta Magna a la hora de emplearse a fondo en los menesteres del culto y olvidan que esas relaciones de cooperación a las que están obligados con la Iglesia Católica debieran ser extensibles al resto de confesiones.

En los pueblos cada vez los adeptos son menos. Las iglesias, en muchos casos, ha quedado reducidas a grupúsculos de feligreses que apenas logran crear hermandad. Las sacristías, antes espacios infranqueables, albergan ahora las eucaristías dominicales y otras pequeñas ceremonias donde el recogimiento es más sensato. El relevo generacional se desvanece en una oratoria dispersa, alejada de la realidad, sin capacidad de adaptación a esos nuevos moradores cuya tradición cultural difiere, hasta el punto, de generar conflictos que distan mucho de la atención al peregrino que profesan los textos sagrados.

La Diócesis de Guadalajara, carente de autocrítica, lo achaca a la ausencia de compromiso de los jóvenes. Preocupa la despoblación. El cuidado del patrimonio y el mantenimiento de las tradiciones y los cultos. Y eso que aún siguen contando con la devoción institucional, de bufanda, imparcial. En la ciudad, sin embargo, el compadreo funciona y obtiene mejores resultados. O así lo expresa la prensa, que ofrece como multitudinarias las ceremonias que con todos los vientos a favor, apenas concentran a unos cientos. El resto, la gran mayoría, se muestran ajenos, incordiados, y de algún modo, molestos por el doble rasero.

Pero no nos engañemos. Es la economía la que moviliza el credo. Bautizos, bodas y comuniones aún levantan muchos sueldos. Es por eso que practicando o sin practicar los representantes del pueblo hacen de tripas un corazón y revelan con entusiasmo comedido lo que antes fue y lo que ahora está, mientras esperan con angustia lo que vendrá.

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