Vinieron para marcharse

Por David Sierra

Vinieron para quedarse. Eran cinco. Una familia tipo: madre, padre, niña y dos niños. Uno de ellos ya adolescente. El otro aún en pañales. Decidieron buscar un lugar donde la economía familiar les permitiese rentar más. Y optaron por salir de la gran ciudad y hacer caso de los rumores que les llegaban a diario sobre que la vida en el pueblo daba mucho más de sí. La idea les apasionaba. Encontrar el sosiego y la paz después del trabajo les atraía con especial ilusión. También la creencia de ver crecer a su prole en la libertad que ofrece el mundo rural, donde las normas se adaptan a lo que dicta la razón.

Se hospedaron en una coqueta casita de esas que en los años del auge inmobiliario construyó la administración autonómica de turno en régimen de protección pública, ante la demanda en aquellas zonas que prometían un desarrollo esperanzador y como respuesta social a la escalada de precios en cualquier tipo de vivienda. Luego, con la crisis, quedó deshabitada durante varios años. Hasta que un nuevo impulso de las políticas de la desesperación fomentaron la recuperación de estos edificios para su ocupación en alquiler a bajo precio. El inmueble, de algo más de noventa metros cuadrados distribuidos en dos plantas, disponía de cuatro habitaciones, dos baños, una cocina, salón, trastero y un garaje con el espacio justo para guardar un utilitario poco pretencioso. Un pequeño jardín solado rodeaba tres de las cuatro paredes de la casa.

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Alhóndiga (Guadalajara) / Fuente: Escapada Rural.

Trabajaba él todo el día. En jornada partida, la logística a turnos le distorsionaba los planes todas las semanas. El rato que le quedaba lo aprovechaba para realizar pequeñas faenas de su otra especialidad y que antaño fue profesión, las chapuzas en la construcción. Iba de obrilla en obrilla, saltando de una a otra por recomendación. No se le daba mal la paleta y lo complementaba con otros conocimientos adquiridos a través de la experiencia, como la fontanería o la electricidad. Eran trabajos sin garantía, aunque con mucha fiabilidad. Para ello, utilizaba el vehículo familiar. El único que tenían. Un cuatro puertas con portón trasero en el maletero que a día de hoy no podría entrar en el meollo de la capital de España porque no tendría ninguna pegatina que pudiera calificar la mezcla de gases entre carburante y aceite abrasado que desprendía. Eso sí, funcionaba como un reloj, reforzando la hipótesis que sostiene que lo antiguo es mucho más fuerte y duradero.

Ella, en la hostelería toda la vida, había acabado desquiciada ante las injusticias de la cocina y el descaro de algún que otro encargado. En concreto, uno de esos que ocupan el puesto por la amistad del que maneja el índice más que por sus méritos en el cargo. Por eso, no lo dudó cuando le ofrecieron, una vez instalada en el pueblo, cuidar de una ancianita moribunda, cuya familia había optado por no cargar a cuestas con sus últimos días en este mundo. Era un empleo rubricado en palabras y en la confianza, a pesar de apenas conocerse. Era un empleo de presente y sin futuro, que permitía complementar los ingresos de la economía familiar. Al principio, las tareas eran las propias de una sirvienta: hacer la colada, limpiar la casa, preparar la comida y estar al tanto de que ‘la vieja’ se tomara las pastillas, que las había de todos los colores y tamaños y para todas las dolencias. La de la tensión y la del azúcar eran imprescindibles. Sin embargo, las alteraciones constantes de salud de la nonagenaria le ocuparon cada vez más tiempo hasta el punto de necesitar movilizarse a diario para atender a los múltiples recados y requerimientos.

De los niños, el mayor y la mediana iban juntos a la escuela que estaba en otra población cercana. Funcionaba como cabecera de comarca, aunque por méritos propios más que por una estrategia territorial. Esa población, de unos pocos miles de habitantes, había conseguido desarrollarse por encima de las demás gracias a una política de incentivos empresariales con la que había atraído a varias empresas, fijando así a la población y atrayendo a otra tanta. A partir de ahí había ido ganando servicios en detrimento de otras localidades de su entorno con posibilidades similares, aunque más retrogradas. Durante el trayecto del autobús escolar, iban subiendo chavales de cada uno de los pueblos por los que pasaba de forma obligada hasta su destino en la misma puerta del centro escolar. Éste era el único medio de transporte público eficaz que funcionaba.

Una vez asentados, tras ese primer mes de idas y venidas que acarrea una mudanza, no tardaron en darse cuenta de los inconvenientes de habitar en la Siberia peninsular. Los servicios mínimos, aun siendo eso, podían contrarrestarse con paciencia siempre y cuando no fueran urgencias. Sin embargo, la necesidad de desplazarse y no contar con los medios para ello enterró cualquier esperanza de que la vida allí tuviera alguna posibilidad.

La pasada semana tenía lugar en Sigüenza un nuevo foro para abordar la despoblación en el entorno rural, que reunió a agentes económicos, políticos y sociales de toda la provincia. El resultado, plasmado en el conocido como ‘Manifiesto de Sigüenza’, fue un decálogo de propuestas sobre las que trabajar para incentivar la fijación de población y evitar que los pueblos sigan abandonándose a su suerte. El acuerdo en todos y cada uno de los puntos suscritos es unánime y un buen punto de partida para atajar una problemática que requiere su abordaje desde una planificación integral que forje sus bases en algo tan sustancial como conocer qué tipo de organización del territorio desea la sociedad para configurarse como tal.

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I Foro ‘Pueblos con Futuro’ organizado en Sigüenza. / Fuente: Recamder.

En cualquiera de las decisiones que se tomen en esa dirección, hay una variable, quizá la más importante, que ni se nombra en ese decálogo ni se suele tener en cuenta por lo que económicamente supone. Se trata de los sistemas de movilidad y de transporte, tanto públicos como privados. Hoy día, residir en un pequeño pueblo implica la necesidad de disponer de vehículo propio. El catedrático de la Politécnica de Madrid y Director del Centro de Investigación del Transporte, Andrés Monzón, aseguraba en una ponencia reciente que a menor tamaño de una ciudad, mayor es el uso de los vehículos particulares.

En los municipios pequeños, el coche particular es el único medio de transporte disponible para realizar la mayor parte de los trayectos dado que el transporte público existente, fundamentalmente el autobús, continua rigiéndose en términos de eficiencia económica y despreciando su función social y vertebradora del territorio. Y en esta situación, aquellos colectivos que se quedan fuera del acceso al vehículo privado, tal como los menores de edad y adolescentes, las personas mayores y aquellas que no han aprendido a conducir, entre las que se incluye un alto porcentaje de mujeres de mediana edad que nunca tuvieron esa posibilidad, son los grandes perjudicados. A ellas se suma otro grupo, el de la inmigración procedente de países donde no se aplican las convalidaciones del carnet de conducir y que, por tanto, tienen verdaderas dificultades para obtener uno nuevo.

No se trata, como sucede en la actualidad, de disponer de un sistema de movilidad público que conecte las poblaciones más grandes con la capital provincial, sino que esa red de transporte enlace cada comarca y sea nexo de unión de los municipios que las integran favoreciendo la interconexión de unos con otros a través de unas rutas y frecuencias acordes a esa configuración territorial y no tanto a una demanda que, a priori, es tan inexistente como el propio sistema.

La situación se tornó inaguantable. En tiempo y para el bolsillo. En apenas un año conviviendo entre calles desoladas en invierno y rebosadas en verano, el robusto vehículo familiar había sufrido varios cambios de neumáticos, otros tantos de aceite y alguna parada imprevista en el taller. El gasto en combustible se había disparado hasta el punto de que las cuentas ya no salían. Y la necesidad de disponer de otro vehículo como solución alternativa a paliar la situación tampoco les atraía. El tiempo gastado al volante no ayudaba y todo se complicó cuando la ‘vieja’ falleció y había que buscar empleo en otra población. La otra opción finalmente se impuso. Vinieron para quedarse y acabaron marchándose. Como todos.

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