Alivio descomunal

Por David Sierra

Fue un alivio descomunal. Decenas y decenas de personas invadieron el espacio público haciendo uso de su derecho a ocuparlo, a disfrutarlo. A tener esa preferencia que nunca debieron perder. El 2 de mayo, el Gobierno de España levantaba la mano para permitir algunos paseos al aire libre tras más de cincuenta días en el más estricto confinamiento con el propósito de frenar la pandemia vírica que se ha cebado con más de 25.000 almas. A pesar de que la población de todos los municipios del país ha cumplido de manera estricta, en líneas generales, con las normas impuestas durante el Estado de Alarma, era de esperar que un momento tan ansiado como éste fuera tomado como la recuperación de esa libertad, rebanada en beneficio de la salud pública.

Guadalajara no fue menos. Los turnos de salida a la calle impuestos para los diferentes tramos de edad fueron respetados entre dosis de temor por contraer la enfermedad y el riesgo a ser emprendidos por la autoridad. Sin embargo, para la franja horaria reservada a deportistas aficionados y paseantes la ciudad no estaba preparada. Lo cierto es que esta urbe, como casi todas, nunca lo ha estado para poner en primera línea de preferencia al peatón. Y tampoco la administración local lo previó. Por eso, hubo imágenes de calles, de paseos y vías en las que fue inevitable que hubiese apelotonamientos, colapsos y atascos de viandantes que trataban por todos los medios de mantener esa distancia prudencial recomendada por las autoridades sanitarias, sin muchas veces conseguirlo. El abordaje de asfalto para tráfico rodado fue la decisión que adoptaron muchos, por cuenta y riesgo. Y esa situación se ha venido manteniendo en los días siguientes sin atisbos de reacción institucional.

Una ocasión única se va a perder para que los transeúntes ganen la batalla en la ciudad a las cuatro ruedas. La ausencia de medidas en este extraño tiempo de pandemia lo ha puesto de manifiesto. Ni tan siquiera una calle cortada para que los viandantes pudieran disfrutar con tranquilidad de ese espacio que les pertenece por derecho. Aceras ocupadas por árboles, parquímetros, farolas, buzones, bancos, contenedores, bolardos, señales o papeleras entre otros elementos reducen la zona destinada al peatón de tal forma que hacen inviable esas marchas multitudinarias cuando se requiere desapego.

aceras

Como decía, Guadalajara ha perdido en este mes y medio esa oportunidad para fomentar un cambio de tendencia acorde con los nuevos tiempos que demandan una mayor participación de los medios de locomoción amables con el medio ambiente. Ha desperdiciado la oportunidad de convertirse en el foro de las nuevas tendencias en movilidad que demandan espacios con menos humos, más transporte público y ganarle terreno al empedrado en detrimento del asfalto. La propuesta de Aike de peatonalizar el casco hasta el Infantado, hecha pública en campaña poco antes de las últimas elecciones municipales, hubiera sido poco ambiciosa si en ese tiempo hubiese sucedido esto. Y sin embargo, por ser la única, lo sigue siendo.

Reordenar el espacio urbano en favor de una movilidad sostenible debe ser una prioridad en cualquier administración municipal más aún ahora si cabe, por dos razones fundamentales. La primera, ya conocida, porque ello contribuirá a mejorar el planeta en la lucha contra el cambio climático, reduciendo los niveles de contaminación de manera ostensible. La segunda, – más en boga en tiempos de pandemia -, porque repercute de manera muy positiva en la salud humana. En este sentido apuntan informaciones como la recientemente publicada por el periódico británico The Guardian, que pone de manifiesto la relación de la contaminación con el aumento de muertes ligadas al Covid y la difusión de la enfermedad. Aprovechar la modificación de los comportamientos y las actitudes en esta dirección que se están llevando a cabo en la actual coyuntura es indispensable para hacer efectivo ese cambio que, sin duda alguna, debería ir de la mano de un fortalecimiento integral del transporte público.

Esta crisis sanitaria nos ha permitido vislumbrar cómo puede cambiar nuestro entorno con menos vehículos y un aire más limpio. Probablemente, en la mayor parte de las ciudades estas recomendaciones caerán en saco roto. Cuando pase la pandemia recuperarán su decrepito color grisáceo y la ‘boina’ de gases cubrirá las azoteas cegando la visibilidad del porvenir. Las menos, convertirán sus espacios en más habitables y confortables para sus ciudadanos y más allá de recuperarse, saldrán fortalecidas y prosperarán tanto como quienes las disfruten. Guadalajara aún está tiempo de elegir el camino que quiere recorrer. Veremos.

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