La artesanía de los sueños

Por Ana Lozano*

Ana Lozano triunfo Lille

Ana Lozano levantando sus brazos tras ganar en el 5000m del campeonato de Europa por equipos en Lille

Me educaron valorando lo que tenía. La comida que comemos, los libros que disfrutamos, el cine, los viajes… Nada llega porque sí y cuesta ganárselo. Además, todo se deteriora y hay que cuidarlo para que nos dure: los juguetes, los discos, los libros (de nuevo), la ropa,… Y no es malo que sea así, es la naturaleza de los procesos en esta vida, que también aprendí que es maravillosa. Hay mucho por conocer y disfrutar, y, cuanto más se aprende, más se disfruta: países, sabores, paisajes, monumentos, música, plantas, libros (otra vez),… Y yo desde pequeña cuidé lo que tenía y traté de hacer bien lo que me tocaba hacer entonces: estudiar, y fui aprendiendo a disfrutar de muchas cosas, con la libertad que siempre me dieron.

Por todo ello, y aunque nunca me faltó nada, nunca pedí más de la cuenta y siempre trabajé bien para dar lo mejor de mí en mis estudios y procurar aspirar siempre a las más altas calificaciones. No lo hacía persiguiendo un objetivo concreto a largo plazo, sino, más bien, ganando mis pequeñas batallas más inminentes y, así, sentirme bien conmigo misma y saber que iba por un buen camino, cuyo destino resolvería más adelante. Sin embargo, si bien no tenía idea de a dónde me llevarían esas buenas acciones presentes, siempre soñé alto con un futuro en el que viviría aventuras muy lejos y llevaría una vida apasionante por todo el mundo, descubriendo y viviendo gracias a una forma de vida que así me lo permitiese.

Racionalidad, esfuerzo y sueños grandes. Como la masa madre del pan artesano, ésta es la mezcla de ingredientes, o caracteres personales, que, lentamente, darían consistencia y forma a uno de los ejes centrales de mi vida actual y del que trata este pedacito de mí en forma de escrito. Lo realmente curioso es que el germen de este eje no estaba en la receta inicial, sino que llegó como una espora intrusa que cayó en la masa casi por azar y arraigó en ella con más fuerza que algunos de los ingredientes originales.

Aparcando las metáforas por un momento, el deporte llegó a mi vida de manera natural pero no premeditada, al menos no por mi parte. Siempre estuvo presente en mi casa, pero no en la tele, sino en la forma de vida de los seres de los que yo empecé a aprender a vivir, mis padres. Supongo que por eso, por mi edad y porque me divertía, lo acepté como natural en mis actividades extraescolares, si bien es cierto que, cuando empecé, el atletismo tampoco me ocupaba más horas ni pensamientos de los que invertía durante las dos horas semanales que me llevaba entrenar.

Se trataba de una realidad nueva para mí. Entrenar (al principio, jugar) en grupo para luego, el día de la competición, enfrentarme a todas las participantes en base, únicamente, a cómo me encontrase ese día y a cómo me había preparado yo para ello. Entonces no tenía en mente a ninguna estrella a la que tratar de imitar. Sin embargo, tenía herramientas: esos principios que ya estaban en mí desde antes de conocer el atletismo: racionalidad, esfuerzo y sueños grandes. Mi parte racional me decía que, de la noche a la mañana, no se me podía dar bien hacer algo que nunca antes había practicado. Además, sabía que, con esfuerzo, se pueden abordar objetivos que, antes de ponerse a ello, parecen demasiado grandes. Y, por último, mi parte soñadora me hacía evocar grandes recompensas a ese esfuerzo que, por suerte, o por naturaleza, yo ya sabía soportar.

Para alguien exigente consigo misma, como yo, no hay mayor recompensa, además del universal reconocimiento de los demás, que ver superadas tus propias expectativas. Y este ha sido el mayor aliciente para seguir corriendo desde que empecé, junto con el disfrute de esa satisfacción personal y del aspecto social, tan enriquecedor. No obstante, pienso que, sin la exigencia personal, ni el disfrute ni lo social son lo suficientemente potentes para llegar hasta donde hoy estoy.

Acabé el instituto con matrícula de honor y solicitando la carrera de Biología. Durante ese periodo no dejé de correr ni un año mientras pude. No pudieron conmigo ni las periostitis, ni las anemias. Mi mejor puesto en un campeonato de España de campo a través, la disciplina que más practicaba, había sido la 43ª. En pista logré ser campeona regional juvenil de 800m y 1500m y hasta pasé a la final de 1500m del campeonato de España juvenil, donde llegué la última. Clasificada para campeonatos nacionales y la mejor de toda una comunidad autónoma en ciertas modalidades… Resultados sin relevancia fuera de mi pequeño universo en Guadalajara pero, para mí, eran motivos más que suficientes para seguir explorando mis capacidades en un deporte del que aún sabía poco pero del que empezaba a enamorarme.

Mi lenta progresión, lejos de frustrarme, le indicaba a mi razón que el esfuerzo estaba dando pequeños frutos, y alimentaba mis sueños con futuras y mayores progresiones. En la etapa universitaria tuve que adaptarme a nuevos horarios para poder entrenar. Logré buenas notas, que pude compaginar con experiencias propias de esta etapa como viajes y festivales, pero que no turbaron mi discreta pero decidida persecución de objetivos deportivos. En esta etapa comprendí que las verdaderas amistades sobrevivirían pese a mi cada vez menor presencia en las fiestas nocturnas del fin de semana guadalajareño, que no me llenaban tanto como un entrenamiento bien hecho o una buena competición. En campo a través fui, cronológicamente, la 32ª, 15ª, 8ª y 4ª de España, y en pista pasé de hacer 4:58 a 4:28 en 1500m.

Es inevitable evocar la famosa fábula del burro y la zanahoria para explicar qué me hacía perseverar en mi lenta y, quizá solo perceptible para mí, imparable progresión, pues, si me sobrevenían lesiones o etapas duras en la universidad o en mi vida social, siempre tenía alguna imagen del último discreto logro que hacía revivir mis sueños, suficientes para retomar el esfuerzo. Pero la razón me habló al terminar esta etapa: eran tiempo de crisis y yo era una recién graduada que invertía gran parte de su tiempo en un deporte en el que aún no tenía ni un gran resultado que la avalase, y que además sabía que fuera de España había un camino mucho más esperanzador para su crecimiento académico y vital.

¿La decisión? Un primer año como senior (se acabaron para mí las categorías inferiores) apostando un poquito más por el atletismo y, al año siguiente, pasase lo que pasase, me iría fuera a estudiar un máster para el que me prepararía durante todo ese año. El aval y la confianza de mis padres fue muy importante para llevar a cabo este año atípico y, aparentemente, un poco excéntrico, en el que yo era la primera inundada de dudas, que acallaba dedicándome con más ahínco que nunca a aquello por lo que yo, como guiada por una visión del futuro aún indefinida y que no podía describir, tanto quería luchar. Y salió bien. Aunque, de nuevo, eso solo lo percibí yo y unas pocas personas más.

Pasé la criba de selección para un máster en Biología Evolutiva que, sin saber muy bien cómo iba a afrontarlo vital y económicamente, prometía grandes aventuras y una sólida formación. Corrí en 4:24 el 1500m con una 6ª posición en el Meeting Iberoamericano de Huelva que ya llamó la atención del responsable de medio fondo nacional. Y, entre tanto, a las pistas de atletismo de Guadalajara regresaba quien nunca debió marchar. Javier Cañadillas y yo nos conocimos al inicio de esa temporada, que terminó con mi clasificación como finalista en 1500m en el campeonato de España absoluto de pista en Alcobendas y unas ganas locas de seguir corriendo donde fuera y como fuera. Las mismas, y con el mismo toque de locura, con las que Javier, ‘Caña’, quería estrenar su titulación como entrenador nacional, llevando a alguien en quien veía una proyección que, para él, saltaba a la vista.

Unas palabras entre Jesús Peinado, mi entrenador hasta entonces, y ‘Caña’, mi nuevo entrenador, y la promesa con éste de trabajar duro pese a la nueva e incierta vida que se me venía encima, fueron suficientes para lanzarme, no sin mucho vértigo, a la mayor aventura de mi vida hasta la fecha. El esfuerzo estaba a punto de elevarse a un nuevo nivel, desconocido para mí hasta la fecha, de llevarme a un viaje de autoexploración y retos que iban a cambiarme para siempre. Los sueños grandes serían mi motor, sobre todo en los días más oscuros, y me guiarían a través de esta experiencia, haciéndola más emocionante y plena de lo que ya era por sí sola. Y la razón, bueno, a veces tuve que dejarla de lado para tomar decisiones aparentemente imposibles, y a veces fue la que me salvó recordándome que yo tenía un plan, que no había saltado al vacío, sino que estaba apostando a largo plazo por grandes objetivos académicos y deportivos que, como todo lo grande y sólido, requerían mucho tiempo y mucha paciencia… lentitud.

Como este relato, que, para llegar a donde realmente quería llegar, ha necesitado poneros en situación, esbozar pacientemente el contexto y los antecedentes. Sin ellos, lo que viene a continuación no se entiende. Las decisiones trascendentales, aunque en ocasiones puedan parecer accidentales, llevan detrás unos rasgos primordiales de la persona que las toma, y así he querido reflejarlo en este relato sobre mis inicios en el atletismo y, sobre todo, los motivos que me llevaron a continuar. A mí me ha costado digerir mis propios movimientos en este juego. El deporte es a veces concebido por mí como un juego también, comparado con la vida, en la que nuestros actos determinan nuestra propia vida y la de los demás.

Sin embargo, si consideramos el deporte como un simulacro de la vida, donde los espectadores disfrutan, no solo del propio juego, sino de ver cómo se ponen a prueba los principios y la integridad moral de los deportistas a la hora de decidir y comportarse dentro y fuera del terreno de juego, donde están sometidos a múltiples y diversas presiones, llego a la conclusión de que el deporte tiene relevancia vital para mí, como deportista, y para la sociedad, como grupo de seres que necesitan confiar entre sí y encontrar pruebas de que ello es posible. Quizá esta idea, que aún me cuesta expresar, es la que, implícita y escondida entre mis valores, me ha movido a perseguir lenta e incansablemente, y con mimo también, artesanalmente, unos sueños grandes, brillantes, que me han hecho vivir las experiencias más emocionantes de mi vida y que, afortunadamente, he podido compartir con tantísimas personas. Espero que, todas ellas, todas vosotras, os hayáis quedado con tantas ganas de leerlas como yo de escribíroslas próximamente.

Ana Lozano atletismo*Ana Lozano del Campo (Guadalajara, 1991), es graduada en Biología por la Universidad de Alcalá y tiene un máster en Biología Evolutiva por las universidades de Munich y Montpellier gracias al programa MEME Erasmus Mundus que cursó durante dos años por Europa. Desde hace catorce años practica atletismo, deporte que, en el último año, le ha llevado también por distintos países representando a España con la selección. En su año de debut como atleta internacional se ha proclamado sexta de Europa en 3000m en pista cubierta (Belgrado, Serbia), campeona del 5000m del campeonato de Europa por selecciones (Lille, Francia), campeona de España de 5000m, subcampeona de España de 3000m en pista cubierta y de campo a través y, además, ha sido mundialista de campo a través (Kampala, Uganda) y de 5000m (Londres, Reino Unido). Su gran pasión es correr, pero su vida siempre está enriquecida por viajes a la vista, libros y experiencias.

 

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Reina de España

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Ana Lozano España

Ana Lozano cruzando la meta de Barcelona como campeona de España | Foto: RFEA

Ana Lozano es la historia de un ultimátum. 2017 era el todo o nada. La excelente bióloga alcarreña regresó a España en octubre del pasado año tras completar su Máster en biología evolutiva y apostó al 100% por el atletismo. En el recuerdo, cada gota de sudor derramada bajo la lluvia en Holanda, Alemania y Francia. Sola, abandonada a su suerte. Demasiado sufrimiento como para no animarse a intentarlo. El tiempo y su elocuencia le dieron la razón. Ana volvió a Guadalajara y, al lado de Javier Cañadillas, llegaron los éxitos. Sin despegar los pies del suelo, Ana Lozano desplegó sus alas y empezó a volar.

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Un sueño real

Por David Gómez

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Histórico. Memorable. Inolvidable. Cuesta encontrar calificativos para describir la carrera con la que Ana Lozano emocionó a España y, especialmente, a su Guadalajara natal. La atleta alcarreña de 26 años se ha propuesto romper cada barrera en este 2017 y volar. Volar hacia la cima, hacia la gloria. Nadie puede detener a esta joven bióloga, de un talento y una inteligencia proporcionales a su humildad. Pero ella, como diría Bruce Springsteen en una de sus célebres canciones, nació para correr. Su constancia y su astucia para leer las pruebas está llevando a la pupila de Javier Cañadillas a conquistar el continente. Ayer, en el Campeonato de Europa por equipos en Lille (Francia), Lozano dio una auténtica exhibición sobre el tartán al imponerse en el 5.000 con un tiempo de 15:18.40. Un tiempo que no mejoró el 15:18.07 logrado en la Diamond League de Roma, pero más que suficiente para imponerse con casi 12 segundos de ventaja sobre Shmatenko.

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Atletismo y agua

Cebrián

Gerardo Cebrián, en la Gala del Atletismo celebrada en la sede del COE el 19-01-2013 // Foto: J. A. Miguélez

Por Gerardo Cebrián *

El atletismo en Guadalajara tiene tan poco contenido como agua el pantano de Entrepeñas, de ahí el títular de este artículo que tiene por objeto desvelar el recorrido por Guadalajara del deporte más universal del mundo, del rey de los deportes olímpicos. Por fortuna, no siempre fue así. Hubo un tiempo donde el pantano rebosaba salud, y el atletismo destilaba éxito en nuestra ciudad. Pero con el transcurrir de estos últimos años, mi deporte, el que he practicado desde joven, se ha ido diluyendo en las pistas de atletismo Fuente de la Niña, en la misma proporción que se va secando el pantano de la cabecera del Tajo y se va sacando el preciado líquido elemento de nuestra tierra. Atroz destino.

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Crece la familia

Por Ana G. Hernández

Los alcarreños no pudieron superar el muro defensivo irundarra. Foto: Mariano Viejo (Luis Polo).

Los alcarreños no pudieron superar el muro defensivo irundarra. Foto: Mariano Viejo (Luis Polo).

Es increíble cómo al Deportivo Guadalajara se le escapan partidos en los que se muestra superior al rival y, en cambio, saca victorias en partidos, relativamente, más mediocres. Porque ayer, el Depor hizo un gran partido ante un grandísimo equipo como lo es el Real Unión de Irún. Lo hizo en defensa (con la sanción de Moyano, Gonzalo Verdú volvía al once inicial), a pesar de dos pequeños errores puntuales de Rangel al sacar el balón jugado, y lo hizo en ataque con Chema Mato al control de las máquinas y Borja Yebra, muy correcto durante gran parte del duelo, guardándole las espaldas. Pero así es el fútbol y su inescrutable destino. De ahí el enorme mérito de aquellos equipos que además de ganar, juegan de forma excelsa. Sigue leyendo